En la misma calle en la que se convirtió en ladrón antes de cumplir los diez años, el flacucho niño de Brooklyn encontró la llave para abrir la puerta que lo conduciría a la gloria y a la depresión: Floyd Patterson descubrió en el boxeo la pasión que lo llevaría a reinar en la categoría más espectacular de todos los tiempos, pero también la que lo dejaría nocaut para el resto de su vida.

Por Carlos Manzoni

Patterson, que pasaría a la historia como “El caballero del boxeo”, nació el 4 de enero de 1935 en Waco, Carolina del Norte, al este de los Estados Unidos . Fue el tercero de los once hijos de Thomas y Annabelle, un matrimonio sin recursos que pronto se mudó a Brooklyn, donde el pequeño Floyd no tardó mucho en convertirse en un ladrón callejero.

A los diez años, sin saber leer ni escribir, fue enviado al correccional de Wiltwyck. Dos años después, de nuevo en la calle, descubrió el boxeo. “Si no hubiera sido por eso, probablemente hubiera acabado en la cárcel o muerto”, contaría al final de su vida.

A los 14 años empezó a entrenar en el gimnasio de un grande entre los grandes, que sería su entrenador y manager: Constantine “Cus” D´Amato, el mismo que tres décadas y media después lanzaría a la gloria a un tal Mike Tyson . D´Amato le enseño lo que mucho después inculcó en “Iron Mike”: la famosa guardia frontal.

En 1952, ganó el oro olímpico en los Juegos Olímpicos de Helsinki ( Finlandia ), en la categoría de mediano. A partir de ahí, Patterson se convirtió en profesional, se convirtió en peso pesado y su comienzo fue espectacular: sufrió solo una derrota en sus 36 primeros combates. Cayó en una velada de Brooklyn, en su pelea número 14, ante Joey Maxim, después de una controvertida decisión de los jueces, el 7 de junio de 1954

El 30 de noviembre de 1956, disputó su primera pelea por el título frente a Archie Moore. En la presentación del combate, Moore, de quien Muhammad Alí aprendería aquella estrategia de desestabilizar a partir de la burla, lo acribilló con cargadas de todo tipo. Patterson no respondió. Un día después, con solo 21 años, lo derrotó en cinco asaltos y se convirtió entonces en el campeón más joven de la historia.

Según cuenta Carlos Irusta, especialista en boxeo y comentarista en ESPN, Patterson era un boxeador extraño. “Era un hombre muy introspectivo, por eso a la era de su reinado en el boxeo se la llamó «la época del psicoanálisis». Pero además, dice Irusta, tenía otras dos características que lo distinguían: “Era muy chico de cuerpo para llegar a peso pesado, categoría en la alcanzó la gloria. Y era un caballero, porque si había dado su palabra, aunque supiera que iba al muere en esa oportunidad, él cumplía y peleaba igual”.

Luego de muchas elucubraciones, D’Amato aceptó que el sueco Ingemar Johansson le disputara el título. El 26 de junio de 1959 cayó en el tercer asalto y perdió la corona. Se lamió las heridas y un año después, el 20 de junio de 1960, recuperó el título de manera espectacular: derrumbó a su rival con un gancho de izquierda que muchos historiadores han llamado “el mejor golpe de la historia del boxeo”.

El sueco, cabeza dura, lo volvió a retar y así fue cómo hicieron una tercera pelea en 1961. Pese a que esa noche Patterson tuvo una caída, finalmente ganó el combate por nocaut en el sexto round y conservó el título.
A los 27 años, Patterson reinaba en la categoría más espectacular del boxeo, era amo y señor del cuadrilátero y dueño de varios millones de dólares. Amado por Sandra, su esposa, aquel hombre que alguna vez había sido ladrón callejero, ahora estaba en su mejor momento. Pero… siempre hay un “pincelazo” que lo estropea todo.

El martes 25 de septiembre de 1962, Patterson se subió al ring para pelear contra un rival que no quería enfrentar: un tal Sony Liston. El bueno de Floyd peleó esa noche en Chicago para cumplir la palabra que le había dado al mismísimo John Fitzgerald Kennedy , presidente de su país. Liston una roca con brazos como vigas lo noqueó en solo dos minutos y seis segundos y le arrebató la corona. Peo eso no fue lo peor.
Diez meses después del fulminante nocaut en Chicago, ambos volverían a verse las caras, en Las Vegas (el contrato inicial así lo estipulaba). La fecha de la pelea estaba fijada para el 22 de julio de 1963, pero en el medio, Patterson se recluyó en un campo, entrenó como un loco e hizo sacrificios increíbles. Resultado: Liston lo noqueó en 2 minutos 11 segundos, solo duró cinco segundos más que en la primera pelea.

Aunque Patterson volvió obtener victorias en los rings, las dos humillaciones que sufrió a manos de Liston lo marcaron de por vida. Tildado de blandengue y perseguido por la vergüenza, cayó en una profunda depresión y nunca más fue el mismo. Esas dos fatídicas peleas, junto con su preparación para la segunda de ellas, son relatadas como nadie por Gay Talese en un extraordinario cuento que se llama, justamente, “El perdedor”. Patterson murió el 11 de mayo de 2006, a los 71 años.

Fuente: LA NACIÓN

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