El Pumita, campeón nacional súper mosca, se ilusiona con enfrentar al Huracán, que sería el paso más grande de su carrera. A la vez, repasa su historia familiar: hermanos presos y la mala junta

Por Mauro Mariani

En los guantes de Fernando Martínez (récord profesional de 8-0, 5 KO) no solamente están sus propios deseos de ser campeón, sino que se esconden los de toda una familia que la pelea a diario. Cuarto de una familia de 12 hermanos, el campeón argentino súper mosca nacido en La Boca, en su casa, es el referente de los más chicos. Mientras todos miran su esfuerzo y dedicación para seguir soñando con dar pasos en el mundo de los puños, él, de 27 años, mira al cielo y recuerda a su viejo Abel, quien lo inició en el deporte, más allá de nunca haberlo practicado. Fue quien lo llevó a los 11 años a un gimnasio en Pompeya para que Fernando arrancara su carrera.

“Ese día fuimos a Constitución a comprar una botinera, un short y una musculosa. Además, llevé mi toalla. Desde ese momento no paré más”, le asegura a Olé el Pumita, quien heredó el apodo de un primo asesinado.

-¿Cómo fue el camino hasta llegar a ser campeón argentino?
-A los 14 me saqué la licencia, a los 16 me anotaron en los campeonatos argentinos y después entré a la Selección. Con 19, después de haber ido al Mundial de Italia, me convocaron para representar al equipo de Miami en la World Series. Fue una experiencia bárbara, en la que subí como tres escalones. Le gané al campeón del mundo en ese momento, un búlgaro (NdeR:Detelin Dalakliev). Al otro año me fracturé un dedo gordo haciendo guantes y tuve que volver. Estuve seis meses en recuperación, ahí decaí, me bajoneé mucho. Después llegué a Los Cóndores, los Juegos Olímpicos, antes de hacerme profesional.

-A tu familia le gusta el boxeo. ¿A quién mirabas cuando eras chico?
-Mirábamos mucho a Tyson. Nos juntábamos todos y lo esperábamos a él. A veces algunos se iban y quedábamos mi viejo, mi vieja y yo mirándolo. Era chiquito, pero nos quedábamos despiertos como hasta las 3 de la mañana. El negro, una bestia. Esas peleas nos gustaban mucho. Me encantaba su estilo, la potencia, las manos que pegaba. Era un fenómeno. Yo quería ser como Tyson desde chico. Los profes ahora me comparan con Manny Pacquiao, porque tengo un estilo similar, ir al frente, sofocar al rival. Es un orgullo que me comparen con él.

-¿Tenías algún referente del país?
-Omar Narváez. Con mi viejo lo mirábamos y admirábamos. Para nosotros fue el más grande de su peso. Yo quiero pelear con los mejores, por eso Narváez es mi objetivo, sería un paso enorme para mí, un orgullo. Tener la posibilidad de enfrentarlo me llena de felicidad, ojalá mi papá pudiera estar conmigo.

-¿Qué tan importante son tu entrenador Rodrigo Calabrese y los hermanos Rodríguez, tus promotores?
-Muchísimo, solo tengo palabras de agradecimiento. Ellos me dan todo para que yo solamente me concentre en boxear, no necesito trabajar. Rodrigo llegó en el momento justo, hace cuatro años y medio. Yo estaba a la deriva. Para mí significa más que un profesor, es mi familia. Estuvo en las buenas, las malas, pasamos mil y una.

-El momento en que falleció tu viejo en 2014 fue duro.
-Yo tenía 22 años y me descontrolé. Estuve unos meses muy mal, no quería saber nada con nadie. Agarraba el auto a los chapazos, me iba y lloraba todo el día, tomaba mucho. Rodri y mi mamá me venían a buscar cuando yo estaba tirado… Fue una etapa muy dura, su muerte me bajoneó la vida. Mi entrenador estuvo muy presente en la peor etapa y se lo agradezco mucho. A mi vieja y mis tíos también, me rescataron de la mala junta. Además, mis tres hermanos mayores estaban presos, me sentía solo. Me alentaron a entrenarme para la APB, lo que hizo que volviera. Me ayudaron a no bajar los brazos. Con sacrificio y voluntad se puede llegar al objetivo que uno quiere. Hay que ponerse las pilas y tener conducta.

-En 2016 cumpliste el sueño de estar en unos Juegos Olímpicos. ¿Cuál te desvela hoy?
-Ser campeón del mundo, es lo que siempre soñé. Quiero levantar el cinturón y ver a mi viejo. Sería para toda la gente que me apoya, mi familia, mi hija Alma, de seis años, todos lo que me acompañan.

Los peores años de su vida los entierra en el pasado. El Pumita mira al futuro.

Fuente: Diario Olé

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