La campeona mundial habló sobre el boxeo como deporte femenino, la desigualdad y su faceta social

Por Fiorella Lotti / Diario Popular

Como todas las mañanas, Yesica Bopp se dedica a su entrenamiento diario en el gimnasio que fundó en Avellaneda. A sus 34 años, exhibe orgullosa su cinturón y sus medallas, ya que con apenas 1,50 de estatura, logró llegar a lo más alto: hace diez años es campeona mundial de boxeo femenino, en la categoría minimosca.

“Empecé sin querer ser boxeadora. Estaba en la secundaria y tenía ganas de hacer algún deporte. Un amigo me invitó a un gimnasio, cuando me acerqué comencé a adaptarme y a la semana me di cuenta de que me gustaba”, recuerda entusiasmada.

En aquel momento, la historia era diferente. No había muchas mujeres practicando este deporte “de hombres”, por lo que su familia no la apoyaba cuando luego de seis meses de entrenamiento quiso competir. “La única mujer era la Tigresa Acuña, pero ella era profesional. Mi guía y mentor fue Delfino Pérez, mi entrenador, y juntos creamos el boxeo femenino amateur”.

Es así como Bopp allanó el camino para las mujeres, y formó parte de la primera selección femenina de boxeo, las primeras en traer medallas mundiales a Argentina.

EL BOXEO COMO DEPORTE FEMENINO

La “Tuti” nunca descuidó su parte femenina. “Siempre entendí que era un deporte de hombres pero a su vez cuidé toda la parte linda y estética, en la entrega de premios y en los eventos, dando una imagen bien femenina”. Por eso hay quienes la llaman “la niña bonita” o “la novia del boxeo”.

Las reglas del juego siempre fueron diferentes, planteando una desigualdad entre los hombres y las mujeres: “La mujer competía 2 minutos por 1 y el hombre 3 minutos por 1. Con respecto a las bolsas, no cobramos lo mismo que los hombres”, precisa.

Si bien asegura que nunca le importó eso porque lo hacía por una pasión, “con el tiempo, cuando ya hace 10 años sos campeona del mundo, vivir siempre el mismo manoseo, y que las entidades no se hacen cargo, lo vas notando. Pero mientras tanto la pasión es lo que te empuja”.

“El entrenamiento es igual al de un hombre. No hay diferencias”, precisa Yésica. “En mi caso hago la parte física a la mañana y el boxeo a la tarde”, cuenta. En lo físico, se realizan ejercicios para trabajar la resistencia, la fuerza y musculación. Y luego lo que es la técnica del boxeo, guanteo, entrada en calor y combate. “Entreno seis semanas en dos turnos enfocada en el objetivo”, dice acerca de cuando se prepara para una pelea.

Con respecto a la alimentación, tiene un nutricionista de cabecera que la asesora y acompaña, ya que “el rendimiento es un 80% de la alimentación”. Y asegura: “El trabajo en equipo surge cuando entendés que cada uno es profesional en su materia, y haciendo bien las cosas, todo funciona”.

A diferencia de sus inicios, hoy hay más inclusión de mujeres en el boxeo. “En cada gimnasio hay mujeres que entrenan con este deporte. Sé que tuvo mucho que ver Maravilla Martínez en en Bailando, eso empujó un montón en el boxeo argentino”, comenta, y agrega: “Al practicarlo, las mujeres elevan su autoestima, se empiezan a liberar y eso está bueno porque pueden hacer frente a esos miedos que te imponen en la calle”.

Con respecto a su relación con los hombres en el deporte, explica que “ellos no se tuvieron que adaptar a nosotras sino nosotras a ellos, entender que es un deporte de hombres y una tiene que ser lo más parecido, ya sea si se va a enfrentar o va a entrenar”. Ella siempre buscó ser reconocida y encontrar su lugar, por lo que “sabía que tenía que traer resultados y por eso con el tiempo me fueron respetando y aceptando”.

En cuanto a su vida personal, siempre tuvo novio. Y, entre risas, asegura: “Cuando decís que sos boxeadora es como una tapa y te hacen chistes pero no te sacan a bailar, porque tienen esos prejuicios de que enseguida les vas a pegar”.

De todas maneras, sostiene: “La sociedad no te discrimina sino que depende de cómo vos te pares enfrente. En mi caso siempre fui triunfadora, me mostré positiva, ni mendigando ni criticando el deporte en que estoy, sino desde el otro lado de ‘acá estoy, traje medallas y defiendo mi corona’, desde ese lado me gané mi lugar”.

“Nunca sufrí violencia de género”, arremata. “Yo creo que la violencia de género pasa por otro lado, no solamente por la agresión física, sino que empieza con un tema psicológico y termina con el golpe”, explica la boxeadora, que además es psicóloga social.

“Adentro de los gimnasios las mujeres se sienten más seguras y eso hace que se lidere y desde ahí opera. Es una herramienta para defenderse. La mujer cuando tiene autoestima no hay nada que la detenga ni la frene, sabe qué hacer porque está segura de sí misma. Y el deporte hace eso: te hace coordinarte, liderarte y entender qué hacés y por qué lo hacés”, reflexiona.

EL DEPORTE COMO ELECCIÓN DE VIDA

Bopp se recibió de psicóloga social al mismo tiempo que se convirtió en mamá. En 2014 comenzó la carrera y a los pocos meses quedó embarazada. “Fue hermoso porque me dediqué netamente a hacer la carrera y eso me ayudó a ocupar mi cabeza, ya que no iba a ser fácil el paso de ser una deportista a estar parada”, relata.

Ese tiempo lejos del cuadrilátero también lo aprovechó para devolverle a la sociedad algo que de lo que le había dado: “Me puse a hacer eventos a beneficio, sacando mi parte social. Logré que se sumen muchas empresas y de ahí surgió la ‘Huella Weber’”.

Huella Weber es un programa que contiene diferentes actividades focalizadas en la transmisión de valores a través del arte, el deporte y el compromiso social. A través de deportistas de elite se generan acciones para ayudar a diferentes instituciones y dejar una “huella”. “De esta forma el deportista le devuelve a la sociedad un poco de lo que la sociedad le brinda”, explica.

En 2015 nació Ariadna y su vida cambió. Los primeros dos años se dedicó completamente a su maternidad. “Gracias al deporte y todo lo que le dediqué, pude ser mamá de tiempo completo hasta que me decidí a entrenar de vuelta y volver a empezar”, relata. Y convence: “Amo lo que hago, es una elección de vida, y entendí que era lo que me llenaba. Cuando ella empezó a caminar, yo estaba corriendo de vuelta”.

 

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