Floyd Patterson, Sonny Liston y Muhammad Ali fueron dioses de los cuadriláteros durante una época en la que Estados Unidos aplaudía sus éxitos deportivos, pero no les permitía entraren los restaurantes y los hoteles de los blancos.

Esta es una historia de orfandades. De ruido y de furia. Y de seres fieramente humanos que se abrieron camino a puñetazos. Como Sonny Liston, un expresidiario condenado por atraco y reconvertido en campeón mundial de boxeo: 97 kilos de intransigencia y músculos en sus mejores días. Ganó combates en 58 segundos y les rompió el tímpano a varias de sus víctimas. Wayne Bethea fue uno de los púgiles que muy a su ­pesar comprobaron en carne propia su descomunal fuerza: perdió siete dientes, que quedaron incrustados en el protector bucal.

Liston no sólo derrotaba a sus oponentes con golpes fulminantes, sino que “les hacía daño, los lisiaba”. Fue el único rival capaz de asustar al mismísimo Cassius Clay, “el más electrizante de los personajes estadounidenses, patrón y reflejo de su época”, como explica David Remnick en una biografía que vale su peso en oro: Rey del mundo: Muhammad Ali y el nacimiento de un héroe americano (Debolsillo).

Cicerones así permiten viajar a los años sesenta, para muchos el final de la época dorada del boxeo. Tres púgiles de aquel entonces podrían estar en el panteón de la mayoría de los aficionados: Floyd Patterson, Sonny Liston y Muhammad Ali. El primero fue dos veces campeón de los pesos pesados, entre 1956 y 1959, y entre 1960 y 1962. El segundo reinó entre 1962 y 1964. Y el tercero, Cassius Marce­llus Clay, abrazó el islam y renació como Muhammad Ali después de alzarse con el primero de sus tres títulos mundiales, en 1964.

“Vuela como una mariposa, pica como una abeja”. Clay/Ali es el único bailarín que deslumbró en un ring, con permiso del semipesado estadounidense Willie Pastrano y de una leyenda de los superligeros, el argentino Nicolino Locche, el Intocable.

Antes que ellos hubo otros grandísimos campeones, como Jack Johnson, el primer negro que conquistó el título de todos los pesos y del que se vio desposeído por mantener relaciones sexuales con mujeres blancas. O como el longevo Joe Louis, que retuvo la corona entre 1937 y 1950. Y qué decir de Rocky Marciano, uno de los pocos blancos que peleaban como un negro y el único que se retiró invicto, sin conocer la derrota en sus seis defensas del título: algunos le llamaban la Perforadora. Después de ellos y de Muhammad Ali también hubo –y habrá– dignos sucesores, pero el boxeo profesional, que siempre fue un negocio, ya no tiene ni un atisbo de épica, si es que alguna vez la tuvo.

El cronista ha acudido a viejos gimnasios de barrio, como el DKSR de Barcelona, propiedad del luchador Luis Jaime Escudero (cuarto dan de kick boxing y duodécimo khan de muay thai). En lugares como este, donde la pasión no está contaminada por el dinero, se puede invocar los fantasmas de los difuntos Patterson (1935-2006), Liston (1932-1970) y Ali (1942-2016). Aquí se respiran las esencias de La dulce ciencia (Capitán Swing), de A.J. Liebling, periodista y maestro de periodistas. El suyo es sin duda un excelente libro de deportes. O habría que decir un excelente libro a secas. El boxeo, “la dulce ciencia de los moratones”.

A diferencia de otras grandes firmas deportivas de su época, A.J. Liebling (1904-1963) gana con el paso del tiempo. Nada que ver con su coetáneo Jimmy Cannon, uno de los pocos del oficio que figura en el Salón Internacional del Boxeo por sus crónicas. Otro periodista y escritor, Damon Runyon, le dijo un día: “La mejor forma de ser un desgraciado y, sin embargo ganarse la vida, es escribir de deportes”. Cannon, que se tomó el consejo al pie de la letra, es autor de frases memorables. La mejor, sin duda, es: “El negro Joe Louis es un honor para su raza, es decir, para la raza humana”. Lástima que también escribiera cosas impresentables: “Se meterá en graves problemas todo hombre que se enamore de una mujer a la que no pueda noquear de un único golpe”.

A.J. Liebling (las iniciales corresponden a Abbott Joseph) fue el precursor del nuevo periodismo y jamás se manchó con tamañas indignidades. Para él, el boxeo era –además de la dulce ciencia– la molienda. Se reía de sí mismo y aseguraba que podría haber llegado lejos, “si se hubieran permitido asaltos de menos de nueve segundos”. También decía con ironía que para ser un gran campeón había que empezar pronto, aunque conocía casos insólitos, como el extraordinario Tony Canzoneri, campeón del mundo de los pesos pluma, ligero y welter, y que no se calzó un guante “hasta la tardía edad de ocho años, claro que para entonces ya había peleado muchísimo en las calles”.

Háganse un favor: lean a Liebling, el más británico de los periodistas estadounidenses, tan dandy o más que Gay Talese y tan innovador o más que Norman Mailer. Pero a él nunca ningún boxeador lo llamó “el borrachuzo ese que trató de arruinarme una rueda de prensa”, como Liston dijo de Mailer. Sobrecoge imaginar qué opinaría Liebling hoy de las redes sociales. Fue un visionario, enemigo acérrimo de la televisión, un invento que “si no se controla puede llevarnos de vuelta a un estado social pretribal”.

El autor de La dulce ciencia siempre tuvo claro que, como le dijo un colega, “el boxeo consiste en que dos seres humanos se golpeen por dinero hasta que uno gane o deje grogui al otro”. Hablar de la épica del cuadrilátero es como hablar de la épica de la guerra, un tic en que suelen incurrir precisamente quienes nunca han ido a la guerra ni se han subido a un ring.

Quizá las conclusiones de Geoffrey Regan se podrían extrapolar al boxeo. Dice este historiador, autor de obras como Historia de la incompetencia militar y Guerras, políticos y mentiras (ambas editadas por Crítica), que en un campo de batalla no queda nada heroico, sino “sangre, dolor y el rastro de múltiples esfínteres sueltos”.

Lo que vale para la guerra vale para el boxeo. “La vida se parece al boxeo, pero el boxeo sólo se parece al boxeo”, afirma Joyce Carol Oates en un ensayo magistral, Del boxeo (Alfaguara). Y si algo caracteriza tanto una cosa como la otra son las personas singulares. Una vez, antes de una pelea, el malogrado Perico Fernández aprovechó las cámaras de televisión para enviar un mensaje de ánimo a un amigo que acababa de enterrar a su padre: “Quiero decirle lo que se dice en estas circunstancias: enhorabuena… o lo que sea”.

En otra ocasión, en plena tormenta, el exlegionario Dum Dum Pacheco se giró hacia su rincón y preguntó a su preparador: “Oye, ¿a este tío le debemos dinero? Porque me está atizando como si me reclamara una deuda”.

Más recientemente, Policarpo Díaz, Poli, el potro de Vallecas, sostenía antes de enfilar la imparable cuesta abajo: “Tengo ayuda divina. Mi cuñado es Dios porque mi hermana es monja y ha consagrado su vida a Él”.

Las dieciséis cuerdas tienen miles de personajes así. Floyd Patterson, Sonny Liston y Muhammad Ali son sólo tres más, ¡pero qué tres! Floyd Patterson ha sido posiblemente el ser humano más educado y condescendiente dando mamporros a un congénere. Era tan introspectivo que muchos le llamaban Freud Patterson. Durante la defensa de su reinado, dejó de atacar a un contrincante desarbolado y a su completa merced para ayudarle a buscar el protector bucal, que salió despedido. También convenció a un árbitro para que parase una pelea y le ahorrase un castigo innecesario a Tommy Huracán Jackson.

La piedad, sin embargo, no era la principal virtud de Sonny Liston. Un rival, Marty Marshall, recordaba años después: “No hay derecho a que te golpeen así. Me duele sólo de pensarlo. Dos partes de mi cuerpo jamás lo olvidarán: mi oído y mi estómago”. La vida fue muy injusta con este campeón, que tuvo una infancia misérrima junto a sus 24 hermanos. Han leído bien: 24 hermanos. Un senador le dijo una vez, cuando ya era una estrella y lo investigaban por sus conexiones con la mafia: “Vaya, su padre sí que era todo un campeón”.

Y no sólo la vida. La historia también fue muy injusta con él. Liston vivió un breve interregno entre dos soberanos que acabaron gozando del fervor y del favor popular: Patterson y, sobre todo, Ali. La prensa nunca perdonó que un negro malo como él arrebatara el título a un negro bueno como Patterson. Aunque los dos tuvieron unos comienzos difíciles, estaban en las antípodas. Uno era educado, refinado y tenía aspecto de buena persona. El otro –analfabeto, expresidiario, revientapiquetes y matón de la mafia– ni siquiera sabía con exactitud el año de su nacimiento y dio por buena la que constaba en su ficha policial (“mis padres grabaron la fecha en un árbol, pero luego lo talaron”).

Cuando tenía 18 años y aún no se había cambiado el nombre, Cassius Marcellus Clay ganó el oro olímpico en la categoría semipesada en los Juegos de Roma. Cuatro años después, en 1964, Liston le dio la oportunidad de disputarle el título de todos los pesos. El campeón destrozó literalmente a su predecesor, el bueno de Patterson: lo destronó en el primer asalto y también lo machacó a las primeras de cambio en el combate de revancha.

Todo el mundo pensaba que haría lo mismo con aquel jovenzuelo que desesperaba a los puristas por su guardia, o mejor dicho por la ausencia de guardia, siempre en movimiento y con las manos colgando. “El bocazas”, lo bautizó la prensa, sorprendida por su incontenible verborrea.

A Liston, que según algunos críticos hubiera sido capaz de ganar a Tyson, los micrófonos le daban pavor y apenas sabía expresarse. Otros grandes campeones, como Joe Louis o el propio Floyd Patterson, respondían con un “sí, señor” a los periodistas blancos, que se referían a ellos como “buenos morenos”. Y entonces llegó él. El quinto Beatle, el rey del mundo, el más grande, el hombre que sólo era más rápido hablando que golpeando…

Para muchos lectores, sobre todo para los más jóvenes, Muhammad Ali es aquel señor hierático y tembloroso, ya muy castigado por el parkinson, que encendió el pebetero olímpico en los Juegos de Atlanta’96. Fue la mejor manera que su país tuvo de congraciarse con él, de pedirle perdón, de reconocer que es uno de los grandes iconos de Estados Unidos del siglo XX, como los Kennedy, Marilyn Monroe y Malcom X.
Enfermo y cerca de su prematuro fin, al menos Ali pudo desquitarse en vida de todos sus sinsabores. Otros no tuvieron tanta fortuna. El perdón presidencial póstumo no le llegó a Jack Johnson hasta el año pasado, casi un siglo después de que fuera condenado por una infame ley, la Mann Act, cuyo único fin era impedir las relaciones interraciales.

Ali estaba preparado para el mundo, pero el mundo no estaba preparado para un rebelde que nunca pidió perdón por el color de su piel y que no entendía las contradicciones de su país. Estados Unidos lo agasajaba por sus éxitos deportivos, pero no le dejaba entrar en los restaurantes y los hoteles de los blancos. Su victoria de 1964 contra Liston fue inapelable y aún más la de 1965, cuando lo noqueó en el primer asalto de la revancha.

Su reinado podría haber sido tan largo como el Joe Louis, si en 1967 su negativa a ir a la guerra de Vietnam no le hubiera privado del título. Lo condenaron a cinco años de cárcel. Aunque el Supremo revocó la sentencia en 1971, se vio expulsado de los cuadriláteros durante casi cuatro años en el apogeo de su carrera. No recuperó el cetro mundial hasta 1974 contra Foreman en Kinshasa, Zaire (hoy República Democrática de Congo). La pelea de la jungla pasará a la posteridad, entre otras cosas, gracias a El combate (Contra), de Norman Mailer.

Pero ya no era el de antes. Su velocidad no era la misma. Y él, que basaba sus éxitos en la agilidad y la velocidad, que le permitían esquivar los golpes de los contrarios, aprendió a encajar la tortura y a mantenerse de pie. Siempre de pie, pero condenado a padecer los problemas neuronales que acortaron su vida. El 15 de febrero de 1978 perdió el título contra Leon Spinks. Justo siete meses después, regresó al trono y aún tuvo fuerzas para retener un año más su tercer reinado mundial.

El 3 de junio del 2016 se fue y nos dejó huérfanos. Soberbio, insolente y genial, nadie lo recordaría si sólo hubiera sido un showman lenguaraz y ególatra, que vaticinaba incluso en qué minuto ganaría. A veces se pasó de frenada, como cuando dijo que George Foreman era “un tío Tom que querría ser blanco”, pero por encima de todo fue un Aquiles del cuadrilátero. Pocas personas como Floyd Patterson –más Freud que nunca– calaron sus bravatas y excesos verbales. “Todas sus fanfarronadas –le dijo a David Remnick– no eran más que un medio para convencerse a sí mismo de que podía hacer lo que decía que iba a hacer. Tardé mucho en descubrir a quién le hablaba Cassius Clay: era al propio Cassius Clay”.

Qué curioso y paradójico que un rival a quien le costaba tanto hablar haya resumido ahora mejor que nadie la vida de Ali y la de todos los púgiles. El epitafio de una tumba olvidada en un cementerio de Las Vegas dice: “Sonny Liston, un hombre”.

Por Domingo Marchena | magazinedigital.com

 

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