El 12 de abril de 1989, hace 30 años, falleció Sugar Ray Robinson, para muchos, y de lejos, el mejor boxeador de todos los tiempos. Nacido en el racismo y la opresión de la primera mitad del siglo XX, el campeón mundial welter y mediano tuvo una vida de película, que a nadie se le ocurrió producir ni filmar. Esta es su historia de cumbre y de ruina.

Por Juan Carlos Ortecho

Decir con certeza quién fue Sugar Ray Robinson es una tarea difícil. Fue tan polifacético y enigmático, tan querido y sospechado, tan feliz y atribulado, que todos tienen una versión distinta de él. Por eso, el periodista Bert Randolph Sugar lo llamó alguna vez “la versión pugilística de Rashomon”. Nació en un pueblito somnoliento de Georgia –como Martin Luther King Jr. o Ray Charles– con el nombre Walker Smith Jr., pero para subir al ring a los 15 años en Nueva York se transformó en Ray Robinson, usando la identidad de un compañero de gimnasio. Un genio con lado oscuro, un talentoso bailarín que encontró en el cuadrilátero su mejor escenario, un artista y un negociador. Libra por libra, golpe por golpe, el mejor boxeador de todos los tiempos.

Es difícil también creer que vuelva a nacer otro boxeador como Ray Robinson si reparamos en el momento y el lugar que le tocó vivir. Ray, como Joe Louis o Archie Moore, fue hijo de la Gran Migración del siglo XX, el fenómeno social en el que más de 6 millones de negros fueron desplazados de las zonas rurales del sur de Estados Unidos hacia las grandes ciudades del norte. El ring –el lugar más solitario del mundo, en palabras de Frank Bruno(1)– era el único refugio al racismo y la opresión. Por eso, sin un Ray Robinson no existiría un Muhammad Ali. Por eso, si Hollywood hubiera hecho una película de su vida, esta tendría que haber incluido una escena de la noche de 1933 en la que Walker Smith Jr. llegó en autobús al terminal Grand Central de la Calle 42 con 12 años y de la mano de su madre y hermanas, tras los pasos del padre que los había abandonado por otra mujer en Harlem. Seguro tendría de fondo alguna canción de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong.

Entre 1940 y 1951 subió al ring 132 veces y perdió una sola pelea por puntos ante Jake LaMotta –el ‘Toro Salvaje del Bronx’, cuya historia Hollywood sí llevó al cine–, derrota que Ray vengó cuatro veces y sentenció en la llamada ‘Masacre del Día de San Valentín’, el 14 de febrero de 1951. “Peleé tantas veces con Sugar, que debería tener diabetes”, bromeó LaMotta alguna vez. Ray fue campeón mundial welter y mediano, pero no hay registros en film de su apogeo, lo cual es como si nunca hubiéramos podido escuchar los discos de Duke Ellington grabados en los años 30. Solo tenemos las crónicas que dicen que Robinson noqueaba con un solo golpe, sostenido en un ritmo, sincronismo y juego de piernas jamás visto. La combinación más perfecta de velocidad, potencia y gracia de la historia.

Durante la Segunda Guerra Mundial se enlistó en el ejército e hizo exhibiciones con Joe Louis para las tropas que iban a zarpar hacia Europa. Pero cuando le dijeron que tenía que subirse en un barco rumbo a Calais y el frente occidental, se hizo humo como cuando los oponentes buscaban golpearlo. Unos años después, apareció en París con peluquero personal, profesor de golf y un Cadillac rosado con chofer incluido, alquiló un piso en el hotel Claridge de Les Champs-Élysées –morada recurrente de Marlene Dietrich, Edith Piaf y Salvador Dalí– y contrató los servicios de un enano árabe que hablaba cinco idiomas. Fue amigo de Miles Davis, Nat King Cole y Frank Sinatra, y como sucede tan a menudo, todo lo que ganó en el ring lo perdió y terminó peleando a los 45 años contra desconocidos en una plaza de toros de Tijuana. Se retiró con 201 combates, acompañado hasta el final por una quijada de hierro, gracias a la cual nunca fue noqueado.

Algunos historiadores hablan de Willie Pep, el eximio campeón mundial pluma, como lo más puro que dio el boxeo. W. C. Heinz (2) escribió alguna vez que, si bien Pep fue el artista más exquisito en el ring, Sugar Ray Robinson fue el mejor. “Pep fue un poeta, que insinuaba más de lo que decía, pero Robinson fue el maestro de la prosa pulida en el ring, el que no desperdiciaba una sola palabra”. Si Hollywood hiciera su película, la última palabra la tendría Sugar Ray: “Pelear me hace evocar los tiempos de barbarie en los que los hombres luchaban en un foso y la gente les tiraba dinero. Realmente no me gusta”. Georgia On My Mind y el piano de Ray Charles cerrarían el soundtrack y Walker Smith Jr. reiría.

Fuente: El Comercio (Pe)

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