Por Osvaldo Principi / La Nación

Se trata de una hazaña deportiva sublime, de la que ya pasaron 50 años. Sólo él, un boxeador distinto a todos, pudo realizarla. Para muchos amantes del deporte, ningún otro atleta la equiparó. Ni siquiera Jorge Newbery, Juan Manuel Fangio , Guillermo Vilas , Diego Maradona o el que sea. Sentida hasta las lágrimas por aquellos nacionalistas que se estremecían cuando la bandera argentina flameaba victoriosa lejos del Obelisco. Probablemente indiferente para los pibes «rollingas» de hoy que quizá se pregunten «¿Y el coso éste quién fue?».

Nicolino Locche es el gran protagonista de este guión festivo, receptor de una crónica narrativa que admite terminología literaria como si fuese un cuento de hadas con final feliz. Su combate con Paul Fujii se convirtió, para los aficionados y expertos, en la pelea favorita de toda la historia del boxeo nacional. Esto implica que Locche vs. Fujii es la página pugilística más querida por los argentinos. La más popular. Sobre cualquier otra. Más que Bonavena-Alí o Monzón-Benvenuti. ¡Inmodificable afirmación!

Todos dieron su opinión al respecto. Desde el arte, el escritor sampedrino Abelardo Castillo, reflejó en 2003: «Ha sido una de las grandes contiendas mundialistas. Y para nosotros fue excepcional. Es un fenómeno rarísimo: un campeón admirado que no gana por KO. Siempre digo, un poco en chiste y a veces me lo creo, que a los alumnos todos los 25 de mayo, en las fiestas escolares, en vez de ridiculizarlos con disfraces de época deberían pasarles el tape de Locche ante Fujii».

Aquel célebre 12 de diciembre de 1968, en el Kuramae Arena, de Tokio, Japón, nacía la leyenda del máximo ídolo del pugilismo nacional: Locche, un boxeador veterano con apariencia de hombre grande, de 29 años y 106 peleas, de las que sólo había perdido dos.

Una imagen atrapante

Su rostro era indiferente a todo. Arriba y abajo del ring. Siempre fue así. De joven y de viejo. Cara de gringo, blanco y con nariz de boxeador, ancha y llamativa. Sabía moverse en el cuadrilátero, a veces en puntas de pié, sacando pecho y cola a la vez, tal si fuese una paloma. Su cuerpo distaba al de un atleta ideal, pero era realmente fuerte. De mucho torso y poco músculo. De una concentración absoluta y una percepción fantástica del deterioro del rival. Sobre todo el psíquico.

Pega Locche y el ojo derecho de Fujii ya empezaba a mostrar signos de deterioro. (AP)

Manejaba el visteo y el movimiento de su cintura con la precisión de un radar. En sus tiempos, la defensa «cotizaba» en la puntuación de este deporte y alimentaba los valores del arte. Y Nicolino era un virtuoso. En las cuerdas, con el bloqueo y el barrido para anular al pegador. Pasó a llamarse «El Intocable».

A todo esto, algunas veces, le agregó sacrificio e intensidad. Como cuando batió a Paul Takeshi Fujii, un hawaiano que nunca tuvo el amor de los japoneses pese a vivir allí. Y que con 28 años y 33 peleas, con el aval de dos tremendos KO sobre el italiano Sandro Lopopolo y el alemán Willi Quatour, pintó el aire del ring durante esa noche con su cara de kamikaze condenado a la hoguera y con sus ojos que se iban achinando round tras round por un trabajo formidable de Locche con su jab y su gancho de izquierda. No le hizo falta usar la derecha, más allá de sus precisos uppercuts que hacían saludar al asiático tal si fuese el hombre más educado del planeta.

Juan Carlos «Tito» Lectoure, que fue su promotor durante toda su carrera y secundó a Don Paco Bermudez, director técnico de Nicolino, en el rincón durante esa velada, sostuvo alguna vez: «Locche-Fujii es una puesta perfecta que debiera exhibirse obligatoriamente cada seis meses en todos los círculos ligados al boxeo. Fue una obra de arte. Un combate perfecto. Si hubiese transcurrido en Las Vegas veinte años más tarde, Locche hubiese vuelto locos a los norteamericanos. No lo dudo».

Una transmisión inolvidable

La consagración implicaba llegar al sol naciente, allí donde Pascual Perez había ganado la primera corona mundial para el boxeo argentino ante Yoshio Shirai, en 1954, y donde Horacio Accavallo apuntaló la siguiente ante Katsuyoshi Takayama, en 1966. Y desde allí, el imperio deportivo de Radio Rivadavia le puso música a su obra.

Quizá parte de la magia de este combate estuvo respaldada por la inspiración que por entonces le puso al relato el gran Osvaldo Caffarelli, el ritmo de Cacho Fontana y los dramáticos vaticinios de Ernesto Cherquis Bialo, que a modo de premonición , entre el 9º y 10 º round, prologó su frase célebre: «¡Si a Fujii le preguntan si se va o se queda.ya mismo quiere irse de este infierno!».

Aquellas voces parecieron convertir el sonido de las gargantas y los golpes en imágenes gloriosas; configurando una transmisión única. Quizá la mejor de toda la historia de la radiofonía deportiva. Sólo la narración del gol de Maradona a los ingleses, por Víctor Hugo Morales, en Radio Continental, pudo lograr tal resonancia.

Locche recibe indicaciones de su maestro: Don Paco Bermúdez. (archivo)

El hawaiano, abatido en su rincón, sentado y sin visión, abandonó cuando sonó el gong para el inicio del 10 º round. Locche ganó por knock-out técnico y se consagró campeón welter jr (Asociación Mundial de Boxeo). Enamoró a los argentinos con su sistema de pelear, en donde el esquive y el contraataque frenaron a los mejores campeones. Hizo de ello un sello personal. Inimitable e irrepetible.

Los nipones no perdieron su pudor y lo aplaudieron como a ningún otro forastero que pasó por sus escenarios. Con una reverencia muy propia que nadie pudo explicar en ese momento.

Dijo Nicolino que fumó desde los 8 años y que pitó en el camarín de Tokio, tras dormitar media hora en la camilla antes de subir al ring. Nunca le importaron los reportajes y siempre le costó terminarlos o brindarle al cronista una revelación primordial. Dos años antes de su muerte y con el cigarrillo encendido, nos confesó: «Mi estilo era así, me salía de acá, de la cabeza. Decían que el boxeo era pensar y yo hacía lo que sentía a cada instante. ¿Un esquive? No se planea, sale solo. No sé si esto fue algo natural que vino desde la panza de mi madre o se ejercitó en el gimnasio de Don Paco. Nunca me burlé de mis rivales. Era parte del trabajo».

Una campaña excepcional

La carrera de Locche tuvo oponentes de mayor valía en el ascenso hacia el título, entre 1958 y 1968, que en su período de campeón, de 1968 a 1972. Aquellos combates consagratorios en el Luna Park con campeones mundiales como el puertorriqueño Carlos Ortiz y el panameño Ismael Laguna, con quienes empató, y frente al italiano Sandro Lopópolo y los norteamericanos Eddie Perkins y Joe Brown, a quienes venció, le dieron un realce total. Rubricado a nivel local con sus clásicos ante Abel Laudonio.

Después vino el «showman», el que inventó el estilo en base al cabeceo y los reflejos para el deleite de los curiosos. El que maravilló a los artistas, que lo consideraron como a uno más de ellos. Sedujo a las damas que asistían como nunca al Luna Park. A todo esto, Locche agregó: «Decían que lo mío era de consumo interno y nada más. Me hubiese gustado pelear en Las Vegas.¿Por qué mi estilo no iba a agradar allí? Ismael Laguna fue mi rival más difícil. Era alto y sabía lo que hacía. Nunca me pesó ser campeón y jamás me la creí. La gente nos cuidaba y protegía nuestra imagen. Nos dejaba vivir la vida. Eran lindas las salidas nocturnas con Aníbal Troilo y Roberto Goyeneche. Pero las cosas van cambiando».

Volvió campeón desde Japón. Con el rito de la época: la autobomba y su sirena por la Avenida Corrientes hasta el Luna Park y una multitud clamando por su éxito. Había tiempo entonces para este tipo de festejos. La «cinta de 35» llegó a Buenos Aires y la pelea se vio por TV en «El mundo del espectáculo» por Canal 13. La calidad de aquel blanco y negro, con algún desgarro fílmico, corroboró las loas del inmortal audio radial.

De Tunuyán al mundo

Nicolino nació el 2 de septiembre de 1939, en Tunuyán, Mendoza, y falleció a los 66, el 7 de septiembre, también en Mendoza. En total, realizó 136 peleas, con 117 victorias (14 por KO), 14 empates y 4 derrotas. Ingresó al International Boxing Hall of Fame de Nueva York en 2003.

La inconfundible estampa de Nicolino. (La Nación)

Fue radical toda su vida y jamás se puso una boina blanca ni cantó la marchita de Irigoyen. Devoto del Papa Paulo IV, ante quien se hincó en Roma, sin cámaras ni fotógrafos. Fue más feliz viviendo al día que con mucha plata, con un cigarrillo encendido y cenando con vino blanco Etchart Privado, con mucha soda. Eso sí, de sifón.

Locche, es el tercer boxeador más importante del historial argentino. Detrás de Monzón y Pascualito Pérez, respectivamente. Su vida fue reflejada en cortometrajes con comparaciones «Chaplinescas», en algunos libros, y en un monumento público esculpido en la ciudad de Las Heras. Tuvo dos mujeres, Ana María y María Rosa, dos hijos y nunca le importó plantar un árbol.

Solamente un milagro pugilístico podría desplazar en los próximos siglos de este sitial de preponderancia su pelea con Fuji. Una pintura magistral surcada por su agudeza y acaecida hace hoy cincuenta años.

Fuente: La Nación (lanacion.com.ar)

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