Casi que le bastaba una mano para sostener a su beba de un año, cuya llegada lo había sorprendido cuando él tenía apenas 19. Cuando a la nena, llamada Naieya, le diagnosticaron espina bífida, un defecto de nacimiento que impide el correcto desarrollo de la columna y de la médula espinal, Deontay Wilder se sintió acorralado. ¿Cómo podía hacer para brindarle no sólo una vida digna sino también un tratamiento adecuado? La respuesta estaba donde no la esperaba: en el boxeo.

Una charla con un amigo hizo que Wilder pensara en ese mundo del que se convenció, en realidad, que no sabía nada. «Entré a un gimnasio por primera vez a los 20 años. Era completamente ignorante de cómo funcionaba ese deporte», reconoció alguna vez. «Sabía que tenía herramientas, buenas manos y calle, pero nada más», agregó.

Tanta potencia tenía en sus manos que la entrenó a pleno hasta consagrarse campeón mundial de los pesados del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) en 2015 y tener un récord de 41-0-1, con 40 triunfos por nocaut y 30 en los primeros tres asaltos.

En Tuscaloosa, Alabama, la mayoría de los chicos depositaban los sueños y las esperanzas en el fútbol americano o, a lo sumo, en el básquetbol. Para el final de la vida escolar, sin embargo, el tren del deporte parecía ya en estaciones lejanas. Y un trabajo en una cadena de mariscos y otro como chofer de una compañía distribuidora de bebidas apenas si le alcanzaban para lo básico a Wilder.

Todo cambió cuando conoció al boxeo. «Fue amor a primera vista», dijo. También admitió que antes de entrar a ese escenario del que se enamoró, sólo tenía un objetivo: «Lo único que me importaba era el aspecto económico». Pensaba en la pila de cuentas que tenía que pagar por el tratamiento de su hija.

Enseguida hizo sentir sus puños en cuanta velada lo tuvo sobre el ring. Su apellido (Wilder en inglés significa «más salvaje») pareció hecho a la medida de su boxeo. Ganó el bronce olímpico en Beijing 2008, lo cual le valió el apodo Bombardero de Bronce, y los combates se sucedieron en la misma medida que los nocauts. Un alto porcentaje de sus rivales no llegaban al cuarto round.

En 2015, diez años más tarde de aquel inicio casi casual, le llegó la chance mundialista. La coyuntura lo puso también en un lugar que tenía una gran veta para explotar si las cosas salían bien: el reinado de los pesos pesado, una categoría que -a excepción de los hermanos Wladimir y Vitali Klitschko- no había tenido muchos nombres rutilantes en la década anterior.

Su triunfo sobre Bermane Stiverne, quien se había quedado con el título dejado vacante por Vitali K., fue el único que llegó por puntos, pero le dio el cinturón del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Era el campeón del mundo de la categoría más emblemática y el primer estadounidense en lograrlo en casi una década.

Hubo un secreto para llegar a ese punto: Wilder fue habitual sparring de Wladimir en un campus del ucraniano. «Hice más de 50 rounds con él. Aprendí mucho», confesó.

Si bien lleva 10 defensas, con 9 triunfos, 8 antes del límite, y un empate, muchas veces se le cuestionaron los nombres elegidos. No parece culpa suya la falta de contendientes de jerarquía. Él, al cabo, dio la talla en cada combate a fuerza de nocauts.

Su gran desafío llegó contra el ex campeón Tyson Fury, en la que resultó la primera pelea profesional que no ganó (fue empate). Se esperaba una revancha para este año, pero la misma no ocurrió. En su lugar, peleó con Dominic Breazeale, a quien liquidó en el primer round el fin de semana pasado.

La facilidad para derribar contrincantes va de la mano con una durabilidad que no todos los pesados de mano dura han tenido. Wilder llega en buenas condiciones a los cierres de pelea: defendiendo el cetro ha noqueado en los rounds 1, 4, 5, 9, 10, 11 y 12. Si bien no es un gran púgil a la hora de combinar golpes, lo cierto es que no parece necesitarlo: un impacto le suele bastar.

Ahora, el ambiente todo aguarda la reedición del duelo con Fury o, mejor aún, la unificación con el monarca de las otras tres entidades (AMB, FIB y OMB), Anthony Joshua. En el medio hay numerosos intereses comerciales: el británico peleará con Andy Ruiz el 1° de junio en lo que será su debut en suelo estadounidense y tiene contrato con la plataforma de streaming DAZN, pero Wilder tiene vínculo con Showtime.

De todos modos, se descuenta que más temprano que tarde esta fiesta del boxeo que supondría un Wilder-Joshua ocurrirá. Algunos aventuran que sería en la segunda mitad de 2020. El mundo del boxeo y la renacida división de los pesados aguarda con ansias ese momento.

Deontay espera tranquilo. Asegura ser «el elegido» y sueña con meterse en el mundo de la actuación cuando se retire: hizo hace algunas semanas una breve aparición en «Billions», una de las series del momento que produce, precisamente, Showtime.

Y hoy disfruta también de la buena salud de la que goza Naieya, ese amor por el que empezó a boxear.

Fuente: Mauricio Codocea / Clarín

error: Content is protected !!