Antes de convertirse en campeona sudamericana, su expareja la golpeó hasta casi matarla. Llegó a Córdoba haciendo dedo, con su hija en brazos. Esta es su historia.

Por Andrés Mooney

Contrariada con la vida, un día se cansó, armó un pequeño bolso y apostó a sus manos: con una alzó a su hija y con la otra hizo dedo hasta llegar a Córdoba. A los 17 años, decidió dejar atrás su Recreo natal, a un padre alcohólico y a un novio que le pegó desde el día en que la conoció: cuando ella tenía 12.

Pero la villa El Fachinal de Estación Juárez Celman no le dio la estabilidad que Julieta, que aún no había cumplido 2 años, y su joven mamá necesitaban. No pudieron contenerla José, el vecino de Guiñazú que les prestó una pieza para dormir, ni los trabajos en el taller de chapa y pintura y en la fábrica de tutucas. Así, después de algunos años de deambular sin rumbo y de continuar consumiendo las drogas que descubrió cuando tenía 9, volvió en su nuevo terruño a un viejo y peligroso vínculo.

“Me vine hace más de siete años porque tenía muchos problemas. Recreo es un lugar que quiero, pero al que no volvería, porque me han hecho mucho daño. Sufría con mi familia, con el papá de mi hija, y sentí que era el momento de volar. Cuando llegué, di vueltas por todos lados, andaba en cualquiera, me drogaba. La primera vez que fumé, en la placita de Recreo, no sentí nada; la segunda, me gustó, y, después, no paré nunca más hasta probar de todo. Pero cuando Juli, mi hija, estaba por cumplir 4 años, me di cuenta de que tenía que empezar otra vida y la iba a tener que llevar a la escuela. Entonces me encontré acá con Carlos, el papá de ella, me dijo que tenía trabajo y no sé qué más, me ofreció volver y acepté, porque yo no tenía nada. Después me quedé embarazada de Maia, mi hija más chica, y al año y medio me separé, cuando casi me mata”, relata con la mirada penetrante y con gesto enajenado Nazarena “la Capricho” Romero, boxeadora profesional que acaba de consagrarse campeona sudamericana gallo.

Dos patos, una gallina ponedora, una chancha, una jauría de pájaros “y un montón de giladas más” copaban el patio de la casa de Villa General Savio.

“Tenía, además de todos los animales, jilgueritos y catitas australianas en un jaulón. Una tarde nos fuimos al río y, cuando volvimos, los perros me habían matado todas las catitas. Así que fui a Casa Fioretti, porque me dijeron que ahí vendían pájaros y, cuando entré, vi fotos y todo sobre boxeo. Yo ya había ‘hecho cagar’ a un par en la villa, porque apenas llegué me buscaron lío. ¡Les metía unos cagadones! –confiesa quien hoy marcha invicta con siete triunfos y tres nocauts–. Cuando vi esas fotos, pensé que el hombre que atendía (Oscar Fioretti, empresario cordobés vinculado al boxeo) había sido uno de esos boxeadores grosos. ‘Don, yo quiero ser boxeadora. ¿Puedo?’, le dije. Y se rió, y me dijo: ‘Sí, ¿por qué no? ¿Cuántos años tenés?’. ‘20’, le dije, y me contestó: ‘Uhh, estás en la edad justa encima. Con este papelito, andá al CPC Rancagua y preguntá por Mario y Manuel; deciles que vas de mi parte’”.

–Claro, y ahí arranca tu historia en el boxeo…
–¡No! Si el papá de las chicas no me dejaba ni vestirme como yo quería, ¡mirá si me iba a dejar ir a entrenarme! ¡Menos que menos!

Hasta que, como algún tiempo atrás lo había hecho para llegar a Córdoba, se cansó de esperar la aprobación del resto y decidió por sí misma. “Un día agarré la bicicleta, la cargué a la Juli y me fui al CPC. Entré y fue como si hubiera visto un palacio. ‘Busco a Mario y a Manuel. Vengo de parte de Fioretti. Soy rebuena para las piñas, pónganme con el mejor que tengan ya’, les dije, y se me quedaron mirando, sorprendidos, y mientras se reían disimuladamente me dijeron: ‘Vení mañana’”, recuerda mientras esboza una mueca pícara.

–Entonces ahí, sí, arrancaste y no paraste más.
–Todavía no. Fui, el profe me puso a caminar y se olvidó de mí. Cuando terminó la clase, yo seguía caminando. Pero al final me dejaron “hacer guantes”. El chico que me pusieron me tocó la cara y lo agarré del cogote, lo volteé al piso, me le subí encima y lo empecé a cagar a piñas (risas). Después, los entrenadores se quedaron sin gimnasio, por un tiempo no los vi más hasta que me enteré de que se habían mudado justo a cuatro cuadras de mi casa. Como yo ya había pagado los 100 pesos de cuota, fui de una. Pero a veces no iba porque mi novio me hacía recagar y, como yo estaba marcada por todos lados, me daba vergüenza.El origen del apodo
Otra vez su destino dependía del deseo de un tercero violento, que imponía su voluntad a fuerza de cobardes golpizas. De él había que lamentar las negativas, y a él había que agradecer las aprobaciones.

“Llegó un momento en que ‘el loco’ (Carlos) me empezó a apoyar y me dejó entrenarme más tranquila. Hasta pude entrenarme a la mañana: apenas arranqué, escuché que los más experimentados, que ya eran boxeadores, se entrenaban en doble turno, así que le dije al profe que yo también quería hacer doble turno. De ahí nació mi apodo, ‘la Capricho’, porque cuando llegaba decían: ‘Ahí viene la caprichosa’. Y cuando ‘el loco’ vio que yo me lo tomaba en serio, me compró guantes, botitas, de todo para que pudiera pelear. ¡Imaginate! Me sentía la mujer más feliz del mundo. Pero, tres semanas más tarde, pasó ‘eso’”, dice. Y se le apaga el tono de voz.

–¿Qué pasó?
–Debuté, peleé durante cuatro viernes consecutivos y gané todas las peleas. En un mes, peleé todos los fines de semana. Cuando hice mi cuarta pelea, en el club Unión Eléctrica, me acuerdo de que yo estaba chocha, porque veía que estaban todos los chicos del gimnasio, que me apoyaban, y que por primera vez me había podido hacer amigos, porque yo nunca había tenido amistades de verdad: en el colegio, mis compañeros no me querían porque los hacía recagar a todos. Acá había creado un grupo. Pero él (Carlos) estaba enojado, había estado toda la noche con cara de culo. Peleé, gané y encima después teníamos la fiesta de 15 de Melanie, una amiga de boxeo. Yo ya le había avisado a mi entrenador que esa iba a ser mi noche, que me iba a tomar hasta el agua de los pollos, después de tanto entrenarme, de cuidarme. Fuimos a la fiesta, la pasamos de 10, estábamos todos. A la vuelta, Carlos se fue a comprar droga. Después pasaron Marcos y Agustín Vergara (padre exboxeador e hijo boxeador en actividad) porque fueron a llevar a otro chico del barrio, él los saludó desde el auto y yo no alcancé a acercarme a la puerta que me dio un bollazón. Quise salir para avisarles a los chicos, y no llegué. Después, no me acuerdo de nada, porque quedé inconsciente. Lo poco que sé me lo contó mi hija, que vio todo y me dijo que me pegó con un palo y que, cuando el palo se quebró, me lo empezó a clavar en el cuerpo. Parece que después me pude ir, llegué a la casa de una vecina gritando, con la cara ensangrentada, y me abrió una mujer, vio cómo estaba y da la casualidad de que su hija había sido compañera de la escuela de mi entrenador, así que me llevó a la casa de él. Ahí me acosté, me quise bañar y cuando me vi al espejo empecé a llorar: no entendía por qué estaba toda golpeada, por qué tenía la cara ovalada, por qué no distinguía la nariz de los ojos.La denuncia
Para que haya violencia de género debe existir un sistema machista, cómplice de las aberraciones que con frecuencia padecen tantas mujeres.

“Fuimos con mi entrenador (Manuel Albarracín) a hacer la denuncia. Estuve toda la noche en la comisaría, ¿y sabés qué me dijeron? Que ellos no podían meter presas a todas las personas denunciadas por violencia de género. Que la Justicia no funciona así, porque si metieran a todos (los denunciados) presos, las cárceles no darían abasto. Al final, me tomaron la denuncia y en el Polo de la Mujer me mandaron a un hotel, pero por cinco días nomás. ¿Quién consigue un trabajo y una casa en ese tiempo? Se lo dije, y me dijeron que me volviera a Recreo. Por suerte, Fioretti me dio trabajo y me ayudó a alquilar una pieza en barrio General Bustos”.

–Y ahí, ¿lograste acomodarte?
–Me regalaron una colchoneta con una base de somier, y la nuera de Fioretti me dio un colador, una sartén, cubiertos y un termo. Saqué fiado un anafe, así que la primera noche hice fideos. No me olvido más. Estábamos las tres sentadas comiendo en el piso: una en la olla, otra en el colador y yo, en la sartén.

–Estos tiempos encuentran a la mujer más empoderada. Sin embargo, sabés bien que ustedes las boxeadoras ganan mucho menos plata que los boxeadores. ¿Cómo ves a la mujer en el boxeo?
–¿Sabés por qué no hay boxeadoras mujeres? Porque la mayoría son madres, y nos pagan tan poco que ni siquiera vale la pena entrenarse y esforzarse; te conviene mil veces más ir a trabajar para poder llevar adelante a tu familia y mantener a tus hijos. Por eso no hay mujeres boxeadoras. Este año, mi hija comenzó la escuela de chancletas. Nos dan chauchas, y no es justo. No hay boxeadoras porque las están matando. Porque, en vez de entrenarse, están trabajando.

–Sos campeona sudamericana. ¿Qué sueño te queda?
–No quiero parecer arrogante, ni nada de eso. Pero, te soy sincera, a mí un título sudamericano no me genera nada. Mis sueños están lejos, allá. Quiero ser mucho. No sé qué irá a pasar conmigo, pero yo quiero seguir soñando, quiero estar allá arriba. Me imagino cantando el himno, peleando por un título del mundo, contra Jackie Nava (“la Princesa Azteca”, la primera campeona del mundo que reconoció en su historia el Consejo Mundial de Boxeo) o alguna de las “locas” esas. ¡Oíd, mortales, el grito sagrado…! ¿Sabés qué, no? Jo jo.

Fuente:  Lavoz.com.ar
Fotos: Marcos Barseghian

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