La sorpresa mundial que protagonizó Andy Ruiz al derrotar Anthony Joshua reivindicó a los gordos, que supieron destacarse sobre el cuadrilátero. Porque un gordo es capaz de ser un Pesos bien pesadosartista del engaño y del desconcierto

Por Adrián Michelena

La peor jugada de la noche del 2 de junio se registró en William Hill, Nevada. Un tipo le jugó 100.000 dólares al triunfo de Antonhy Joshua. Lo que se dice confianza ciega. La ganancia era exigua en relación al capital arriesgado: “solo” 5.000 dólares si acertaba el pronóstico. Pero perdió. Como el 96 por ciento de los apostadores que creían en la victoria del británico. De hecho, la proporción de favoritismo era de 32 a 1 para el defensor. Pero Andy Ruiz Jr. dio un golpe histórico y ganó tres títulos mundiales en una noche, los de la Federación Internacional de Boxeo, Asociación Mundial de Boxeo y la Organización Mundial de Boxeo.

Su caso todavía sigue siendo motivo de análisis. No por el batacazo en sí, sino por la contextura física con la que engrupió al mundo. Y la expresión se queda corta. Porque un gordo es capaz de ser un artista del engaño y del desconcierto. “Ya nadie puede pasar por alto que un gordo, rechoncho y desaliñado, puso en jaque a un sistema de negocios, donde se construyen campeones para hacerlos máquinas de generar dinero”, expresa una voz autorizada, que pide reservas porque, curiosamente, le toca trabajar dentro de esa industria.

El caso de Andy Ruiz Jr. explotó en el Madison Square Garden, en pleno corazón de Nueva York. Fue un atentado contra el sideral negocio de las apuestas. Porque ese barril que para muchos era cervecero, en realidad estaba cargado de pólvora. Y el cimbronazo destrozó la credibilidad de los campeones del momento de los grandes promotores, dañó la economía de los involucrados en este circo y puso en duda también los métodos de entrenamiento que se utilizan en la actualidad en el boxeo. “No puedes jugar boxeo”, es el nombre del programa de Ernesto Amador, uno de los pocos periodistas que visitó el campamento del mexicano por adopción (nació en California el 11 de septiembre de 1989) en la previa del bombardeo. El lema del barón francés Pierre de Coubertin “Citius, altius, fortius (Más rápido, más alto, más fuerte”), no tiene asidero dentro del cuadrilátero. El combo ganador en el boxeo, al parecer, es otro.

El primero en tomar la palabra es Raúl Paniagua, mentor del ex campeón mundial superwelter y mediano Sergio Maravilla Martínez. “En los deportes en los que tienen que correr, los gordos casi que no figuran. Pero el boxeo es una disciplina en la cual no se debe correr. Y si se corre, se corre para atrás. De igual modo, nada se mide con los músculos. La cinta métrica no existe en el deporte. No importan la altura, ni lo ancho, ni la cantidad de músculos que tengas. El boxeo es defensa, ataque, ciencia y eficacia”, explica. Y trae el recuerdo de un gordo que marcó una época, porque casi logró una hazaña dentro de la categoría primigenia. Se refiere al ítalo-norteamericano Tony Galento, ex rival del mítico Joe Louis, el 28 de junio de 1939. Su estilo era zapallero, un clásico peleador de taberna. Así y todo le alcanzó para hacer trastabillar a Louis en el tercer asalto, con un cross zurdo -el árbitro entendió resbalón-. Luego Galento sería noqueado en el cuarto asalto. Era comprimido y redondo. Pesaba alrededor de 105 kilos y medía 1,75 metros.

En la antinomia gordos contra musculosos, la historia tiene algunas encerronas que son dignas de rescatar del archivo. La pelea con mayor diferencia de peso de la historia se dio en 1934, en el viejo Madison. El pesado Primo Carnera le ganó -pero sin noquear- al semicompleto Tommy Loughran, que le llevaba largamente más de 30 kilos ventaja; aunque no existen estadística confiables para dar precisiones, sólo relatos de época. En el 2005, en Alemania, el ruso Nicolay Valuev (144,129 kilos) venció por primera vez al estadounidense John Ruiz (108,408), en un combate en el cual hubo 35,720 kilos de diferencia en la balanza. Otro que peleó con el gigante Valuev (2,13 metros) es el porteño Marcelo Domínguez, ex campeón crucero del CMB. El Toro da clases de boxeo en Atlanta, y recuerda aquella situación de pelear ante un rival 40 centímetros más alto y 43 kilos más pesado, sin título mundial en juego: “Le dí una clase de boxeo, pero le dieron la pelea a él”. “El boxeo empezó a ser muy físico en los pesados porque los hermanos Wladimir y Vitali Klitschko impusieron su estilo. Pero a hora los americanos-mexicanos están recuperando poderío”, comenta al referirse al caso Andy Ruiz Jr.

A propósito de los kilos de más, nadie se anima a decir, justamente, que ese tejido adiposo colgante en algunos boxeadores se trate de un sobrante. Porque la preparación física es un combo. El doctor Walter Quinteros, quien estuvo al lado de Roña Castro, Domínguez, la Hiena Barrios y tantísimos campeones mundiales argentinos, dice que en el boxeo hay una multiplicidad de variables a tener en consideración: “No sólo cuenta lo físico. También está la habilidad técnica y la velocidad, que generan una potencia diferente. La forma de aplicar el golpe, la base de sustentación. Uno siempre tiene el concepto de que si el porcentaje de grasa es menor y el porcentaje de masa muscular es más alto, el resultado será mucho mejor. Pero hay otras variables. Con ese criterio, un fisicoculturista sería un excelente boxeador”.

Roña Castro, quien subió hasta categorías poco recomendadas para su salud, se caracterizó por su odio a la balanza y el gimnasio. El talento y el coraje lo sacaron a flote. “Yo no entrenaba, solo saltaba 45 minutos la soga y hacía 15 rounds de guantes. No le pegaba a la bolsa, ni nada. Ah, también hacía treinta minutos de escalera. Sí, claro, me sentaba media hora en la escalera a descansar, ja. La única vez que me entrené en mi vida fue para pelear en Japón, con Shinji Takehara, y me sacó el hígado por la boca”, dice y ríe por teléfono. Entonces, viendo que hay casos de boxeadores no marcados, que llegaron a lo más alto en categorías pesadas: ¿Por qué la industria insiste en fabricar músculos de laboratorio?¿Será que el negocio, la sociedad, el mundo, los patrones imperantes no toleran físicos que no sean vistosos? ¿Son modismos?

“Ojo que yo tenía músculos, eh. Eran músculos en reposo, ja, ja. Yo siempre fui gordito, pero el gordito tuvo la suerte de embocar la mano en México y ganarle a John David Jackson por nocaut”, recuerda Castro sobre su hazaña en Monterrey de 1994. Yagrega: “Muchos dicen que si hubiera entrenado hubiera llegado a más, pero ya te digo, cuando entrené, la pasé mal. El tema es que yo era grandote de arriba. Mucha caja y piernas finitas, ese el físico ideal para el boxeador. Por ser gordo, fui subestimado muchas veces. Recuerdo que en 1989 gané una eliminatoria internacional en la FAB porque me vieron así y se confiaron, pensaron que era uno del montón”.

El boxeador mexicano Héctor Velázquez atiende el llamado de Enganche y abre otro frente de análisis: “Los boxeadores de ahora son más flojos, tal vez por la cabeza, cuestiones mentales. Antes se peleaba a quince rounds, daba la sensación que la raza humana en general era más dura, ahora los boxeadores parecen más débiles creo yo”.

Gustavo Turco Gadea es preparador físico y director técnico de boxeo recibido en la FAB. Lleva años entrenando campeones argentinos y siendo personal trainer de famosos. Diferencia a Ruiz, un campeón de gimnasio, de Joshua, un campeón de laboratorio. “En la categoría de los pesados, no incide tanto la puesta a punto. Joshua y Holyfield tienen cuerpos trabajados, armoniosos, pulidos y embellecidos. Pero si te preocupás más por la estética, ahí estás en problemas. A Joshua no le faltó presencia física, le faltó estado físico. No tuvo aire, piernas, ni puntería, tampoco balanceo ni fortaleza. Ruiz aprovechó el momento en el que Joshua se prendió en la corta distancia”, analiza. En una férrea defensa de los gordos, Gadea explica porqué no hay que adelgazar a los que pegan duro aún estando excedidos: “Podés tener un boxeador no marcado atléticamente, sin la tablita de abdominales, como son los casos de Castro y Domínguez, pero sí llegar con un trabajo de absorción, de asimilación y de contragolpe. Lamentablemente hoy se preocupan más por ser modelos que por ser campeones del mundo. No sirve cortar a un boxeador en el peso, ni marcar todo a un tipo que lo ves ágil, potente, con huevo, corazón y garra como lo es Andy Ruiz Jr.”.

Cada vez que se habla de alto rendimiento, aparecen los fantasmas del doping. Gadea, especialista en suplementación deportiva, explica porqué los estereoides perjudican a los boxeadores. “Los esteroides te dan una masa muscular inflada, te embellece, pero no te da dureza. Un tipo puede estar lavado, pasado de peso, pero puede tener una dureza abdominal impresionante, mejor que cualquier atleta preparado. El anabólico te aporta vascularización dentro del tono muscular, te permite inflarte de una forma asimétrica, pero no te da dureza muscular. Hacé la prueba: le pegás a un tipo que tomó esteroides y es como pegarle a un globo. Le irá a doler la mano que le embocás porque no presenta una buena capacidad de asimilación”. Por su parte, el neuquino Matías Vidondo, ex retador al título mundial AMB de los pesados y ex estudiante de medicina, agrega: “Los jabalíes son gordos, pero también son fuertes y rápidos eh, ojo con eso. A no confiarse. Se habla mucho de físicos, pero mucho más importante es la potencia que tengas para pegar”.

Sea como fuere, sobran ejemplos también de gordos que no fueron ejemplos de grandes boxeadores. La lista no entraría en esta cobertura. Eduardo Lamazón, historiador argentino naturalizado mexicano, apunta en su libro “El boxeo en números” sobre el récord de peso arriba de un ring. Lo tiene Eric Esch, más conocido como Butterbean. Llegó a subir al ring con 189 kilos. Fue todo un showman en los noventa y dos mil, pero cuando lo agarró Larry Holmes lo sacó a pasear. De todos modos, el ejemplo de Andy Ruiz Jr. todavía tiene en jaque a los apostadores. El mundo del boxeo ansía la revancha con Joshua. Ya se dice que el campeón pidió 50 millones de dólares para esa pelea.

“He sido un perdedor toda mi vida, La forma que tengo. La forma en la que me veo. Pero estoy preparado para ser el primer campeón pesado de México”, había dicho Ruiz Jr, en la previa. No lo oyeron. O, tal vez, no quisieron escucharlo. El “Niño Gordo” llegó a pesar 170 kilos en su adolescencia. Hoy tiene 29 años y un pedazo de gloria a su merced. Pero no cambió en nada. Ama jugar al beisbol y es fanático del combo más exitoso de la historia: el de las hamburguesas con papas fritas y gaseosas de un dólar. Esta es la historia del verdadero triple G del boxeo. Andy Ruiz Jr. Gordo, grande y ganador.

Fuente: Enganche.com.ar

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