Por Cherquis Bialo / Infobae

Nos reencontramos en un lugar abyecto, la cárcel de Batán.

Su rictus había perdido la altivez de sus tiempos pasados; parecía una criatura insegura y temerosa. Sabía que la condena por el homicidio de su pareja Alicia Muñiz sería larga y humillante.

Hablamos alrededor de diez cigarrillos; más tiempo que el permitido.

Me preguntaba hacia adentro frente a quién estaba, ¿ante una gloria deportiva?, ¿frente al niño pobre y marginal que cerraba la parábola de su vida regresando a su trágico destino? o ¿junto al hombre que me contó orgulloso su vida confiando en un futuro con la felicidad asegurada que jamás logró?

Ya en los últimos mates agonizantes de la yerba vencida, comenzamos a evocar todo cuanto grabamos para escribir allá por 1974 su biografía. El libro se titularía «Mi verdadera vida» y El Gráfico me pidió que lo escribiese para la Editorial Atlántida.

Fuimos recorriendo los momentos de la vida en los cuales me confesó ser feliz a partir de su nacimiento:

«Dice mi madre que aquella noche la lluvia se escuchaba más fuerte sobre el techo de paja. Por suerte la tormenta venía del norte y no había peligro de que el agua se metiera en la casa. Algunos vecinos se habían acercado por las dudas de que hiciera falta algo. Pero todo estaba arreglado: de un lado el brasero con bastante leña para mantener las dos ollas con agua, del otro la manta en el piso de tierra para que mi vieja se acostara en el momento del parto. Yo de esto no sé nada, pero vale la pena saber por qué las mujeres abandonaban la cama y se disponían a tener familia en el piso: el piso de tierra bien apisonada, como dicen que era el de mi casa, es más duro y ayuda mejor; en cambio la cama se hunde. Yo nací el 7 de agosto de 1942 sobre un piso de tierra. Las primeras manos que me tocaron fueron las de Norberta Flores, una baqueana del pueblo que murió hace poco cuando tenía más de 100 años. Dice mi madre que doña Norberta no tuvo que trabajar mucho para ayudarla a parir: salí sin esfuerzos ni complicaciones a pesar de que todas las vecinas se asombraban porque decían que era el bebé más largo que había nacido en San Javier».

En el apogeo como campeón mundial, siendo uno de los mejores cinco pesos medianos de la historia, el deportista argentino más famoso del momento en Europa requerido por el Madison Square Garden de Nueva York y tras haber salido en la tapa de las principales revistas deportivas del mundo, llegaría a su vida un momento culminante: aceptar ser actor en una película de la que participaría la joven estrella Susana Giménez. Fue antes de la pelea contra Mantequilla Nápoles en París bajo la organización de Alain Delón.

Está grabado lo que me contó Monzón. Y es lo siguiente:

— «Desde «La Mary» en adelante comenzaría otra etapa. Y quiero contar todo en detalle. Fue así: Me afeité, me vestí y me fui para el Sheraton.

Cuando subí al auto me puse a pensar en Susana. A ella la conocía por los afiches, las propagandas de televisión y las revistas de chimentos sobre los artistas, pero nada más. No sabía nada de su vida y lo que siempre me gustó es que en las fotos, al menos en las fotos, parecía una «mina» bárbara. Buen físico, un poco flaca, pero vistosa. Como esas que se ven en la calle y que si uno no se para a mirarlas es porque no sabe nada de «minas». Habíamos charlado unos minutos el día que firmamos el contrato en las oficinas de Tomasewsky y Cervantes Luro, los productores de «La Mary». Y ahora la vería por segunda vez. Dejé el auto en la playa de estacionamiento del hotel. Había una conferencia de prensa en donde se iba a hacer el anuncio del comienzo de la filmación.

Subí hasta el salón del primer piso, lleno de gente. Fotógrafos, periodistas, los actores de la película, Daniel Tinayre –el director- y algunos curiosos que nos perseguían pidiéndonos autógrafos. Susana no había llegado todavía. Un tipo bajito se me acercó con una libreta en la mano:

— Hoy, 8 de marzo de 1974, ¿empieza una nueva vida para usted?
— Sí… –fue lo único que se me ocurrió decir, pero el tipo parece que tenía una imaginación grande como una casa, porque llenó varias hojas de la libretita con declaraciones mías. Tal vez sabía que las cosas con mi mujer Pelusa no andaban bien y que pensaba en dos cosas: divorciarme y dejar de boxear.

Tuve ganas de preguntarle qué había escrito pero me callé: en ese momento entraba Susana. Miré el reloj: eran las 8 de la noche en punto. Todos corrieron hacia ella. Tenía un vestido ajustado y estaba tremendamente llamativa. Cervantes Luro (ademas de productor un locutor, presentador y conductor de televisión de época, un número uno) se me acercó con ella del brazo. Los fotógrafos le pidieron que nos dejaran solos. Creo que sentí vergüenza.

Un beso, dale un beso a Susana –pidió uno.

La miré, me hizo señas con los ojos aceptando la propuesta y le di un beso en la mejilla. Ella aprovechó el momento para decirme al oído:
Aflojate y reíte, Carlos.
Todo salió bien. Era el primer consejo que me daba. Se fue media hora más tarde, sola. Los periodistas preguntaron y se enteraron de todo; por ejemplo que ella y yo íbamos a cobrar 25 millones de pesos cada uno (cerca de un millón de dólares al cambio de la época). Me fui del Sheraton y en el auto volví a pensar en Susana. Se me ocurrió que era una mujer fantástica y que nos íbamos a entender bien para trabajar juntos.

Dos días después, Cervantes Luro me pasó a buscar por casa y me llevó hasta los estudios San Miguel, en Bella Vista. Llegamos casi al mediodía. Detrás nuestro, Susana, sola en su auto. Traía un bolso grande y una cara de cansada que mataba. Un rato después, Tinayre nos llamó a los dos y nos reunió en una habitación para que habláramos. Un periodista se metió y él lo autorizó para que nos hiciera algunas preguntas. Luego nos fuimos cada uno a su camarín. El mío era grande, tenía un espejo con bombitas de luz a los costados. En la pared más amplia había cosas escritas. Me llamó la atención una palabra, «merde». Estaba repetida muchas veces. Después me enteré que es un deseo de buena suerte entre los actores.

Entró Alicia, la maquilladora. Seguro que me notó nervioso, porque empezó a hablarme:

— Hoy solo vas a hacer una o dos escenas de prueba. Quedate tranquilo que todo va a salir bien.
— Me tengo confianza. Pero esto es nuevo. A mí dame un ring, de cine no sé nada.
— ¿La conocés a Susana?
— Hasta ahora la vi tres veces y charlamos muy poco. Pero parece «piola» y buena compañera.

Por fin fuimos al estudio e hicimos las pruebas: de frente, de perfil, de adelante, me filmaron de todos lados. Cuando terminamos, Tinayre me pidió que volviera a leer el libro y me dijo que nos íbamos a ver el viernes 22 de marzo para comenzar la filmación.

Así empezamos a trabajar juntos unas seis horas por día. Entre escena y escena comenzamos a conocernos:

— Siempre me pareciste una mujer sensacional, pero ahora que te veo todos los días me parecés más linda… No sos tan flaca como salís en la televisión.
— ¿Y eso es mejor o peor?
— Para mí es mejor, no me gustan mucho las mujeres tan flacas.

Ricardo, el mozo del buffet, nos trajo un par de jugos y guiñando un ojo, nos dijo:
Ustedes hacen realmente una linda pareja.

El día que tuvimos que filmar el primer beso, a mí me molestó hacerlo delante de todo el mundo. Me la tuve que bancar, después uno se acostumbra. Para todos los que miraban, el beso habrá pasado como un hecho común, propio del oficio. Para mí, no: la boca de Susana, su piel, su suavidad, me encendieron una sensación que nunca había sentido. Me di cuenta de que estaba frente a una mujer maravillosa, distinta. Cuando en aquella escena –la del beso- puse por primera vez las manos en su cuerpo, me pareció atrapar un cristal transparente. No era solo su físico lo que me atraía: cuando volví a casa retuve el olor de su perfume, el diseño de sus manos, su voz tierna. No sabía cómo hacer para decírselo. Mientras filmábamos era imposible: no tenía más remedio que llamarla. Si no lo hacía me iba a volver loco ese mismo día, miércoles 10 de abril.

Creo que estuve medio «boludo» cuando levanté el teléfono y me puse a hablar:
— ¿Susana está?
— ¿Quién le habla?
— Carlos… Carlos Monzón…
— ¡Qué hacés! Habla Susana…
— Mirá, te llamo porque me gustaría que nos encontráramos esta noche para charlar un rato.
— ¡Bárbaro! ¿Qué te parece si me venís a buscar al teatro? Te espero después de la función.
— Bueno, te espero en mi auto. Voy a estacionar en la puerta.
Colgamos.

Llegué con mi Torino Comahue a la puerta del Astros quince minutos antes de que terminara la función. Me sentía impaciente. Me levanté las solapas del saco y me puse los anteojos oscuros para que la gente no se avivara. Me quedé mirando hacia la puerta: se iban juntando curiosos esperando la salida de los artistas. Cuando apareció Susana me di cuenta enseguida, se armó un revuelo bárbaro. Abrí la puerta y se metió en el auto de cabeza.
— ¿Vamos a cenar?
— Sí, después de dos funciones estoy muerta de hambre.

Fue una charla bárbara. Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta que había hablado como una hora yo solo. Empecé contándole mi vida de boxeador, las diferentes circunstancias, todo lo que me había pasado y cómo había ganado mi última pelea con Mantequilla Nápoles.

Ella, después de que yo hablé, charló sobre las distintas situaciones en la vida de un artista. Tuvo una clara intención al contarme mucho sobre su hija, los proyectos que tenía para ella y la pasión que sentía como madre.
Nunca me había pasado una cosa igual: dos horas y media hablando con una mujer y verla diferente. No reparé en lo que hubiera pensado antes, más bien tenía ganas de seguir escuchándola. No tuve más remedio que llevarla a la casa. Me dio un beso frío y desapareció detrás de la puerta sin darme tiempo a nada.

Volví a mi departamento de la avenida Díaz Vélez, y empecé a contar las horas que faltaban para verla de nuevo ya que a la mañana siguiente filmaríamos en la Isla Maciel.

Había terminado un día más. Nos fuimos juntos en el Mercedes Benz de ella; esa tarde hicimos la escena debajo del puente Nicolás Avellaneda. Mientras volvíamos la gente nos gritaba cosas sobre el «Cholo» y la «Mary». Nos divertíamos mucho escuchándolos. Decidimos ir hasta la casa de Susana. Cuando entré por poco me muero: sillones tapizados en telas brillosas, cuadros y retratos de ella, alfombras que dan la sensación de pisar sobre nubes, un balcón enorme, lleno de plantas y faroles. Todo muy bien puesto, de gran gusto, confortable. Una escalera hacia la cocina y los dormitorios. Susana fue a cambiarse y yo me quedé revisando todo con los ojos. El comedor, con una mesa larga, enorme, como para quince personas. Un tocadiscos estereofónico, un televisor como de juguete, ceniceros y adornos de porcelana. Y en una pared, casi cubriéndola por completo, una inmensa foto de ella. Estaba mirando ese cuadro cuando escuché su voz gritando desde arriba:
— ¿Te gusta la casa?
— Y qué te parece, es de película.
— ¿Tomamos un café?

Le dije que sí. Tenía ganas de hablarle, de decirle que estaba empezando a quererla. Mientras ella hacía el café, pensé cómo encarar el tema. Me costaba, porque siempre fui medio torpe para hablar; esta vez, mucho más todavía. Bajó con un pocillo en cada mano y nos pusimos a charlar.
— Quiero darte las gracias –le dije.
— ¿Por qué?
— Y bueno, porque sí. Vos me ayudaste en esto del cine, evitaste que meta la pata muchas veces… Me ayudaste mucho.
— Y es algo lógico… ¡Cómo no voy a ayudarte! Todo esto del cine para vos es un mundo nuevo, desconocido. Y ya que teníamos que trabajar juntos lo lógico es que, al menos, te explique las cosas más sencillas.
— Sos una mujer fuera de serie. Mis amigos me preguntan siempre cómo sos…
— Y vos, ¿qué les decís?
— Que sos un fenómeno…

Tenía que decírselo de una buena vez: estaba enamorado, sin trampas, sin oscuridades. No era una simple calentura. Lo sabía muy bien y tenía que convencerla a ella para que me lo creyera.

— Mirá Susana, te lo digo con frialdad para que no creas que lo que busco es «joder»; quiero vivir. Y sé que al lado tuyo voy a aprender lo que es querer de verdad, vivir de verdad, amar de verdad. Yo sé lo que vos estás pensando… mi familia. A mí lo único que me importan son mis hijos. Mi matrimonio terminó antes de conocerte a vos, así que no te hagas problema por eso. Con vos o sin vos pienso abrirme de mi casa. Lo único, eso sí, nunca dejaré a los pibes.

Ella me miró fijamente. Me clavó los ojos mordiéndose los labios. Parecía que estaba a punto de llorar. Simplemente me dijo:
Lo nuestro va a ser una hermosa historia de amor.

Apagamos la luz. Aquel 15 de abril de 1974 nacía nuestro romance.

Desde ese día me pasaba las noches en el camarín del Astros. Mientras ella actuaba yo jugaba al truco con Tito, el hermano de Jorge Porcel. En su camarín, Susana puso una foto mía y le daba un beso antes de salir al escenario. A veces me pedía que le hiciera masajes y los muchachos me cargaban. Lo que más nos preocupaba era que los periodistas se enteraran de nuestra relación. No quería –y ya se lo había dicho varias veces a Susana– que la gente pensara que todo eso era parte de la promoción de la película. Los sábados a la mañana me iba a Santa Fe a ver a mis hijos, a mi gente. Me volvía el domingo a la noche y me iba directamente al teatro.

El 8 de agosto se estrenó «La Mary». Me entrené al mediodía y a la tarde, tempranito, me fui con Susana a ver la película. Fue una forma de verla tranquilo, sin los líos que –me imaginaba– se iban a producir a la noche, en el estreno oficial. No me equivoqué. Pasó de todo. Yo la vi sentado entre Brusa y Tito Lectoure. Susana llegó al final porque tenía función en el teatro. Después nos fuimos a cenar a «Fechoría» con un grupito muy pequeño: los artistas que habían trabajado en la película. Nos sentamos juntos. Susana me agarró la mano por debajo de la mesa. Terminamos la noche en su casa. Allí me presentó a su mamá y eso me gustó mucho.

A la semana –el 14 de agosto– fuimos como de costumbre a cenar a «El Tropezón». Ernesto, el mozo, no preguntó el menú: como siempre, bife de chorizo para mí, pata de pollo asada para Susana. Vino y Coca-Cola. A ella le gusta mezclarlo. Lo que pasó al final no me lo voy a olvidar más. Susana me dijo:
—Carlos, me alcanzás la cartera por favor…
— Tomá…

La abrió y sacó un paquetito. Me lo dio. Me miraba y se reía. Lo abrí despacito y vi el encendedor: un Dupont de oro. Era el primer regalo de Susana. Brindamos. Le dije gracias.

Faltaba menos de un mes para mi pelea con el australiano Tony Mundine. El trabajo en el gimnasio era cada vez más intenso. Ya iba menos al teatro. El profesor Bubby Russo me pasaba a buscar todos los días con su Fiat 600 a las seis de la mañana. Me llevaba a la Costanera Sur y me hacía correr de 18 a 30 minutos, después la gimnasia y algún picadito de fútbol. Todo bajo la mirada de don Amílcar Brusa, (su maestro, su manager, su segundo «padre»).

Una de esas noches el teléfono sonó como a la una de la mañana. Atendí y era Susana. Parecía como si estuviera llorando:
— Carlos, pasó algo tremendo: tu mujer vino a buscarme a la salida del teatro y cuando me vio empezó a los gritos: «Vos no me vas a sacar a mi marido». «Dejá a Carlos tranquilo, él es mi esposo, es el padre de mis hijos». Es infernal, Carlos, no puedo más. Perdoná que te llame a esta hora, pero es que no puedo más. ¡Ya no sé qué hacer, te lo juro, no sé qué hacer!
— Quedate tranquila, andá a tu casa y tratá de descansar. Mañana hablaremos con más tiempo.

Cortamos. Prendí un cigarrillo y no me pude dormir más. Pensé en un montón de cosas que Pelusa (Mercedes Beatriz, su primera esposa) tenía que comprender. Lo nuestro ya estaba gastado, no había amor. Sí, estaban los chicos como decía ella, pero a los chicos no iba a dejar de quererlos nunca y eso Pelusa lo sabía mejor que nadie. Debía entenderlo: Susana no tenía la culpa de nada. Ella me quería y yo también. ¿Qué más?

Al otro día me encontré con Susana. Estaba mal, pálida. Fuimos a comer a «Fechoría» y Pepe –el dueño– se nos acercó diciéndonos:
Hace un rato vinieron un montón de periodistas preguntando por ustedes.

Le propuse a Susana salir de allí e ir a su casa. No teníamos ganas de andar explicando nada. No comimos, apenas tomamos un café y nos quedamos sentados en el living hasta la madrugada. Tenía bronca, necesidad de quedarme callado, de no darle «bola» a nadie. Me preguntaba: ¿hasta cuándo va a durar esto?… Cuando ya me iba, Susana me dijo:
Carlos, tenés que hablar con tu mujer. Tenés que explicarle las cosas como son en realidad. Quizá de esa manera se arregle todo definitivamente. No podemos vivir con la angustia de que puede aparecerse en cualquier momento y armar un escándalo. Yo comprendo que esté dolida, a ninguna mujer le gusta que su marido la deje…
— Pero vos sabés que entre ella y yo hace tiempo que no pasa nada.
— Sí, ya lo sé. Además estoy segura de que no le robé nada a nadie, tengo la conciencia tranquila. Pero creo que debés hablar con ella.

Me fui de la casa de Susana. Eran las cinco y media de la mañana, hacía frío. En la esquina, dentro de un auto, había dos periodistas de guardia, esperándome. El fotógrafo apuntó y me sacó una foto. Me mordí los labios y «puteé» para adentro. Cuando se me acercó el que me iba a hacer las preguntas, lo paré antes de que hablara:
— ¡Por qué no se dejan de «joder»! ¿Por qué no respetan –al menos– mi vida privada? No quiero problemas, déjenme tranquilo, por favor…

Se fueron sin decir nada. Al entrar a casa ya era de día.

Con ese estado de ánimo llegué a la pelea con Tony Mundine. Susana, por supuesto, quería ir a verla aprovechando que era por la tarde y ella empezaba en el teatro a las nueve y cuarto de la noche.

Yo deseaba que la vieran mis hijos y mi ex mujer me dijo que vendrían –únicamente– si ella los traía. Otro problema para evitar que se encontraran Susana y Pelusa.El jueves a la tarde me fui a la oficina de Tito Lectoure (dueño del Luna Park, organizador del boxeo). Faltaban dos días para la pelea, le conté todo. Me contestó:
— No te hagas problema. A Susana la voy a ubicar en el sector «B» y atrás para que no la molesten los periodistas; a tu señora en el «A» y adelante para que tengas a los pibes cerca del ring.

Cuando entré al Luna Park me olvidé de todo. Subí al ring y lo primero que hice fue saludar a mis hijos con la mano. Ellos me contestaron. Después me di vuelta y le tiré un beso a Susana.

La pelea terminó en el séptimo round. Le metí un cross de derecha y cuando el árbitro le fue a contar, me di vuelta sabiendo que Mundine no se levantaría más.

Después don Amílcar me acompañó hasta el Sheraton. Yo me concentraba allí porque Susana me lo había pedido. Me acuerdo que una noche me dijo:
Un número uno como vos no se puede concentrar en cualquier lado.

Ella tenía razón. Los periodistas comentan todo eso y la imagen vale mucho. Dormí dos horas. Después fui al hotel Jousten –en Corrientes y 25 de Mayo– a festejar el triunfo. Estaban todos: don Amílcar con su esposa y una hija, Juan José Camero, el doctor Paladino, Lectoure, el profesor Russo, Cabrera, Pelusa, mis hijos, algunos amigos de Santa Fe. Cuando la cena terminó, yo me fui al teatro a ver a Susana. Nos dimos un abrazo. Era el primer triunfo compartido. Le dediqué la victoria.

Casi a fines de octubre –unos días después de la pelea– Susana terminó la temporada en el teatro. Le propuse que hiciéramos un viaje, a los dos nos iba a hacer bien escaparnos un poco de ese clima que nos tenía tan nerviosos. Ella aceptó y como sabía mucho más que yo del periodismo y sus persecuciones, me indicó lo que había que hacer:
— La idea de que estemos unos días solos es bárbara, pero… no se lo comentés a nadie. No digas ni una palabra que pensamos viajar. Tenemos que hacer todo sin que se enteren, porque si no nos van a seguir por todos lados.

Tenía razón. Charlamos un poco y por fin decidimos irnos a Miami y luego hacer un crucero por el Caribe.

Reservé los pasajes con nombres falsos e incluso hice un cambio de avión en Lima. Mientras realizaba los trámites, me preguntaba por qué hay que hacer tanto lío para tomar unas vacaciones, por qué no podíamos ser una pareja más, como tantas otras…

Así, en el medio de un gran misterio, viajamos el 30 de octubre. Fue en el vuelo 360 de Aerolíneas con destino a Miami. Mirtha –una empleada de Aerolíneas– fue la única que sabía nuestro secreto. Susana se puso una peluca y anteojos oscuros. Trató de quedar aislada de la gente que espera embarcar. Yo llegué después que ella –a mí me costaba más disimular– y cuando avisaron para tomar el avión, aparecimos nosotros. Tuvimos que hacerlo a escondidas: ¿qué otro camino teníamos? Era la única forma de tomarnos vacaciones sin problemas.

Llegamos a Miami . Después nos embarcamos en el «Federico C» para hacer una gira por las islas del Caribe. Fueron doce días maravillosos. El mundo giraba a nuestro alrededor, por primera vez podíamos mirarnos tranquilos a la luz del día, sabiendo que los que nos rodeaban no se acercarían para meterse en nuestra vida… En esos días no hablamos de nuestros problemas, hicimos una especie de convenio: vivir para nosotros, olvidar el resto… Nos quedamos dos días en Nassau, Bahamas. Eso fue el paraíso. De regreso a Miami hicimos algunas compras: Susana compró telas, dos esculturas típicas de las islas y juguetes para los chicos; yo me llevé una filmadora, algunos cortes de tela, varias camisas de jean y un televisor chiquito, parecido al de Susana. Llegamos a Buenos Aires el 16 de noviembre y al día siguiente viajé a Santa Fe. Estaba dispuesto a hablar definitivamente con Pelusa.

En el avión, mientras estaba llegando a mi ciudad, recordé las cosas que habíamos hablado y planeado con Susana; sus consejos, mis deseos de terminar con esa pesadilla constante. Repasé todo lo que pensaba decirle a Pelusa. Mi decisión ya estaba tomada y nunca me vuelvo atrás.

Cuando llegué a Santa Fe había periodistas esperándome. Yo estaba nervioso, me sentía mal, tenía miedo de reaccionar feo en alguna respuesta, hubiera querido escaparme pero no pude. Lo primero que les pedí es que pensaran en mis hijos, ellos no tenían nada que ver. Me daba cuenta de que todo era inútil, no podía hacer otra cosa. Todos querían que contestara a la misma pregunta:
¿Se va a separar de su mujer?
— No habrá separación legal ni juicios ni abogados ni escándalos. Hemos resuelto de común acuerdo separarnos sin dramas ni tragedias. Un abogado me asesorará en todo, haremos las cosas bien, nadie podrá decir más nada…

Pero la bronca, las ganas de «putear» no me las sacaba nadie. Fue un momento especial de mi vida, cuando yo sentía que todos estaban en nuestra contra, que querían separarnos a Susana y a mí, que estaban usando nuestras vidas para su propio provecho. Hasta Pelusa había hablado cuando yo no estaba, justo ella, que en los 12 años que pasamos juntos jamás habló ni una sola palabra de más.

Así –después de esa conferencia de prensa, de los nervios pasados– llegué a mi casa. Pelusa estaba en la peluquería. Me puse a jugar al fútbol con los pibes. Pensé que mi vida cambiaba, que yo no podía evitarlo y que esa nueva forma de actuar y vivir me gustaba…

Por fin llegó Pelusa. Yo ya tenía idea de lo que le ofrecería: dos millones de pesos por mes y ver a los chicos todos los fines de semana. Pelusa me saludó con una voz muy baja, me llevó a la cocina y empezó a hacer un café. Estuvimos un rato muy largo en silencio.

Después, hablamos largamente, hubo acuerdo, aceptó mi propuesta.

Ya se terminaba 1974. Los diarios se habían olvidado un poco de nosotros, por suerte. Susana estaba contenta, se acercaba el buen tiempo, yo me sentía libre. Fue así que decidí pasar unos días en casa de Susana. Muchas tardes me quedaba a preparar el té mientras ella iba hasta la confitería «Steinhauser» de la avenida Quintana a comprar masas de almendras.
Y así pasábamos hasta dos horas tomando el té y charlando… Otras veces íbamos a lo del modisto. Ahí sí que me aburría porque yo de trapos no entiendo nada… Para mí es mucho más fácil ir a Ted Lapidus en París y comprar pilchas para toda la temporada.

Fue por esos días cuando Lectoure me invitó a viajar a México: el 14 de diciembre Mantequilla Nápoles peleaba con Horacio Saldaño, la idea me gustó y fui. El viaje de ida estuvo bárbaro, porque también venía con nosotros Víctor Galíndez que acababa de ganar el título mundial –fue el 7 de diciembre en el Luna con Len Hutchins–. En Lima, nos encontramos con Sandro y, por supuesto, estuvimos recordando anécdotas y hablando de todo un poco. Fue la primera vez que me separé varios días de Susana. La extrañaba mucho, estaba impaciente por volver. El domingo 15, al otro día de la pelea, regresaba a Buenos Aires porque el lunes se hacía la Cena de los Campeones de «El Gráfico». Ella me esperó en Ezeiza. Me gustó mucho.

La situación que yo vivía con Pelusa llegó al límite en febrero de 1975. Yo había ido a la cantina «Spadavecchia» en La Boca con Susana y muchos amigos para festejar el cumpleaños de Mirtha Legrand. Fue el 25 de febrero. Y aunque quisimos escaparnos de los fotógrafos, no pudimos. En una de esas se me ocurrió darle un beso a Susana y un fotógrafo nos pescó justo. Al otro día, la foto apareció en un diario. Tres días después, Pelusa inició el juicio de divorcio por abandono de hogar e injurias, y además le pidió al juez en Santa Fe que me embargara todos los bienes, incluyendo la caja fuerte que tengo en un banco de la ciudad. Otra vez el lío, otra vez todo el mundo hablando de nosotros, otra vez las ganas de mandarme a mudar a cualquier parte. Cuando me enteré del juicio, la llamé a Susana; eran las 9 de la mañana:
— ¿Leíste los diarios? Ahora me piden toda la guita…
— Me enteré hace un rato, recién me despierto. Tenés que calmarte, Carlos.
— ¿Cómo querés que me calme? Ahora hay un juicio de por medio. ¿Te parece que viaje a Santa Fe?
— Mirá… Esto tenés que tomarlo con mucha suavidad, no hagas ningún disparate… ¿Qué te parece si nos vamos unos días afuera? Yo tengo una oferta de Venezuela, si querés mando un telegrama confirmando todo y nos tomamos el primer avión. ¿Te gusta la idea?

Enseguida le dije que sí. Ella siempre encuentra una solución para todo.
Cuando fui a buscarla para almorzar, estaba en medio de montones de ropa y valijas abiertas:
— ¿Qué hacés? ¿Cuántos días vas a estar afuera? ¿Para qué te llevás todo eso?
— Ah, mi amor… Tenés que acostumbrarte a mi coquetería. Hay que ir varias veces a la televisión, hay que estar siempre diez puntos… ¿Cuándo traés tus cosas?
— Enseguida, yo me arreglo con poco. Qué sé yo, la traigo esta noche…
— ¿Cuándo salimos? ¿Arreglaste?
— No, pero mañana creo que ya tenemos la respuesta.

Al otro día me confirmaron el viaje y el 3 de marzo, a las dos de la tarde, estábamos en Ezeiza esperando para embarcar. Aquella vez tomé a Susana del brazo y me quité la máscara. Ya no me importaba que me vieran con ella, ni que me fotografiaran. Estaba dispuesto a decirle al mundo: esta es mi mujer, aquí está, vengan y saquen todas las fotos que quieran.

Más que eso, estaba dispuesto a afrontar las situaciones legales que me creaba Pelusa con su juicio y defendería a muerte mi derecho a la felicidad. Lo otro, el dinero, era cuestión de abogados.

Cuando llegamos al aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, había unos diez periodistas esperándonos. Todos querían hacer sus preguntas, tomar sus fotos, filmarnos. Uno de ellos se descolgó con una pregunta insólita:
¿Es cierto que vienen a Venezuela para casarse?

Por poco lo mato. Era lo único que faltaba. Menos mal que Susana tiene siempre una respuesta a mano:
— No, no es cierto. Lo del casamiento es otra de las muchas versiones que se dicen sobre nosotros. Estamos aquí porque vamos a trabajar y descansar. Lo del casamiento es un invento. Yo lo quiero mucho a Carlos, pero de ahí a casarme con él hay un camino muy largo por recorrer…

Después fuimos al hotel Tamanaco. Nos alojamos en la suite 730, una de las más lujosas. Era como un departamento chico con vista a los jardines y a la pileta de natación. Alfombras mullidas, sala de estar con muebles de estilo –inglés clásico, según me dijo Susana–. También tenía un escritorio, dos baños, televisión en colores y una heladera llena de bebidas. No faltaba nada, por suerte. Bárbaro. Cuando el pibe que nos llevó las valijas se fue y nos quedamos solos, le pregunté a Susana:
— Decime. ¿Es muy largo el camino ese que tenés que recorrer para casarte conmigo?

Se empezó a reír. A mí me quedó la espina desde que ella le había contestado al periodista. Nunca sé cuándo Susana habla en serio o en broma. Dejó las cosas que tenía en la mano sobre la cama, me abrazó y me besó diciéndome:
No siempre se le dice la verdad a los periodistas…Esa misma tarde empezamos a ir a la pileta. A los dos nos encanta el sol. Al rato cayó un tipo de uniforme azul con un telegrama. Nos invitaban para el estreno de «La Mary» en el festival de Cartagena. Por supuesto, aceptamos. Dos días después fuimos a la televisión en donde Susana ensayó –y después grabó– dos programas espectaculares.

El viernes 6 de junio llegó la confirmación de una pelea que yo estaba esperando y para la que me entrenaba desde hacía casi un mes: la de Tony Licata en el Madison de Nueva York. La fecha era el 30 de junio y cuando se lo conté a Susana lo primero que dijo fue:
— Yo voy, esa pelea no me la pierdo por nada…
— ¿Cómo vas a ir si tenés que trabajar?
— ¿Y qué tiene? Falto dos días y chau…

No quise convencerla de que no viajara. Después de todo, yo también quería que estuviera a mi lado.

La pelea con Licata fue especial para mí, porque fue la primera actuación en toda mi campaña que hice en Estados Unidos. Hubo muchos comentarios sobre mi estilo, mi récord y mi potencia. Quería impresionar bien, vencer ampliamente, sin dudas, ganarme el aplauso de un público nuevo para mí. Cuando subí al ring y la vi gritando, aplaudiendo, quise ganar mejor todavía. Licata fue un tipo guapo que se la jugó hasta que pudo. Yo no anduve bien y tardé en rematarlo, pero le di piñas por todos lados. No sé cómo se aguantó, y suerte para él que la pararon.

Después de la pelea nos fuimos a cenar juntos, tranquilos. Me contó cómo había sufrido viéndome y cómo me había aplaudido cuando gané. Al otro día –martes– nos volvimos.

En Buenos Aires el clima seguía igual: Pelusa me atacaba por todos lados, seguían los artículos en todos los diarios, no tenía un minuto de tranquilidad. ¿Qué podía hacer? Lo hablé muchas veces con Susana. Nos sentíamos más juntos que nunca, ella me ayudaba, y un día decidí: había que ir a hablar con Pelusa. Era la única solución.

En esos días firmé el contrato para pelear en París con el francés Gratien Tonná. Eso significaba que pronto tendría que empezar a entrenarme. Necesitaba la cabeza fresca. Había que terminar de una vez por todas. Entonces me fui a Santa Fe.

Ya ni me acuerdo cuánto tiempo hablamos con Pelusa ni todas las cosas que nos dijimos. Pero –eso sí– fue una conversación tranquila. No nos juntamos para hacernos reproches, sino para terminar con algo que nos estaba enfermando a los dos:
Yo no quiero más líos, Pelusa –le dije–; a mí me parece que esto lo podemos solucionar tranquilamente vos y yo. La plata no me importa tanto como poder ver a los pibes, porque los problemas que haya entre nosotros no tienen tampoco que «joderlos» a ellos. Yo quiero tenerlos y pasear cuando pueda, inclusive quiero llevarme al Abel a París. Por eso arreglemos esto de una vez por todas para el bien de todos…

Susana salió del teatro y buscó el auto con la vista, allí estaba yo. Corrió entre toda la gente, olvidada de los autógrafos y de todo. La vi nerviosa en su beso, en sus gestos. Quería saber, quería que le contara todo, palabra por palabra. Y le conté… En todos los detalles, con todas las pausas, con todos los gestos… Cuando terminé de hablar, amanecía… Se veía la ciudad tranquila e iluminada… Nosotros teníamos calma, una calma inmensa…

Si digo que la relación con Susana fue siempre rosa, miento. Hemos tenido algunas discusiones. La mayoría, originadas en el período de mi separación. Ella me convenció que no era necesario usar la fuerza, sino las palabras. Que las cosas siempre tenían un objetivo y que ese objetivo había que lograrlo frontalmente. Otras veces, me recriminó algunos gestos y actitudes; censuró el idioma agresivo de poner malas maneras a cada frase. Durante mucho tiempo me adoctrinó sobre cómo atender al periodismo, haciéndome ver que no se puede ser famoso, millonario, respetado y querido a cambio de nada. Todo tiene un precio y la prensa merece una atención especial. Si ella hubiera estado en París en mi última pelea con Gratien Tonná, seguro que habríamos discutido. Es que cuando ella no está, aparece en mi interior el viejo fantasma de los años pasados: veo en ciertos periodistas extranjeros a verdaderos enemigos que quieren mi derrota. Y, ¿por qué voy a negarlo?, en algunos argentinos, también…

En París, antes de la pelea con Tonná, estaba insoportable. No quería recibir a nadie, ni estar con nadie. Todas las noches me acostaba al lado del Abel y lo abrazaba fuerte. En él veía toda mi felicidad. Nunca como en esa pelea los días me resultaron tan largos y crueles. Tenía que pensar en Tonná y pensaba en Susana.

Cuando el referí me levantó la mano, sonreí. Parte de la tensión se había pasado. Pero necesitaba volver al hotel para escuchar a Susana. Ella había prometido llamarme después de la pelea. Era eso lo que me faltaba para completar la felicidad. Y me llamó mientras leía el telegrama que me envió la presidenta, María Estela Martínez de Perón.
Después de atender a la prensa, de saludar a algunos amigos que estaban en Ezeiza y cumplir con todos los trámites, volvimos al centro. En el viaje le conté a Susana todo lo que había pasado en París y me gustó la cara de satisfacción que puso cuando le dije lo feliz que habíamos sido Abel y yo compartiendo cada minuto. En realidad, una de las cosas que siempre la preocuparon a Susana fue mi relación con los chicos. Ella siempre me aconsejó bien sobre la educación, el tratamiento de algunos temas y la convivencia. Es más: algunas veces logramos que Abel y Mercedes –su hija– compartieran un día de descanso en la casa de algún amigo.

Mucha gente no entendería nuestra relación por más que me ponga de rodillas a explicar mil veces. Al principio, la mayoría pensó que era una cuestión publicitaria. Luego, el tiempo cambió la cosa y lo incluyeron como un clásico idilio de figuras populares, sin mayores perspectivas.

No podré convencer a esa mayoría sobre la sinceridad de nuestra pareja. Somos dos personas: yo hombre, ella mujer. Somos dos frustrados en el matrimonio que queremos rehacer nuestras vidas. Somos dos personas que no queremos molestar a nadie, ¿por qué, entonces, no nos entienden?
No sé cuál será el final de esta historia.

No sé si tendrá un «final feliz» o el tiempo la derretirá. Solo sé que fue sana, que nació pura y que, como en la mayoría de los casos, está condicionada al tiempo… Ni yo, ni Susana podemos anticiparnos a ese tiempo. Tenemos que esperarlo…».

Al despedirnos en la sala de visitas de la cárcel de Batan, Monzón con su mirada melancólica asociaba a Susana Giménez con Alicia Muñiz y aquellas otras mujeres que antes o después de ellas pasaron por su vida. ¿Pudieron terminar igual?

Monzón nunca entendió que las seducía su encanto estético de atleta recio, de hombre épico, que luego sobrevendría un tiempo de relación personal, social. Y por más esfuerzos que hiciera para equilibrar el instinto con la racionalidad siempre prevaleció una reacción emocional primaria sobre el diálogo. No pudo controlar los celos en su relación con Susana Giménez sospechando de cualquier mirada de sus amigos Alain Delon, Jean Paul Belmondo o Mickey Rourke.

La relación fue languideciendo hasta que en Montecarlo (julio de 1977) se agotó la última oportunidad cuando muchos supimos que el ojo tumefacto de Susana no se había producido por una caída contra un mueble de la habitación del hotel L’Hermitage.

En ese viaje no sólo el rival sobre el ring, Rodrigo Valdez, había recibido sus golpes…

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