Por Eduardo Lamazón
Sábado 30 de julio de 1977.

Habían pasado algunos minutos desde el final de la pelea y el dramatismo continuaba en el Estadio Louis II de Mónaco, en el número 7 de la Avenue des Castelans, en la comuna de Fointvieille.

En ese escenario ya acostumbrado Carlos Monzón acababa de vencer por segunda vez al colombiano Rodrigo Valdés, y si era el adiós, como él estaba seguro que era, lograba retirarse de algún modo invicto. Invicto como campeón.

Tres derrotas muchos años atrás sólo eran una anécdota, y además habían sido vengadas.

Catorce defensas exitosas. Es récord. Ya está, no se lo quita nadie.

Del ring instalado en el centro de la cancha de fútbol, en el estadio monegasco construido en 1939, al camarín de Monzón, mediaban sesenta metros, que fueron recorridos como exhalación por el grupo del campeón nomás terminado todo en el cuadrilátero incluyendo los saltos y los abrazos inmediatos al anuncio del ganador.

Al cuartucho que era ese camarín entraron los que pudieron, y una que pudo fue la Condesa Branca, del Fernet muy afamado, el de la receta secreta, inveterados patrocinadores del santafesino.

Yo llegué antes que nadie al vestidor gracias a que el promotor italiano Rodolfo Sabbatini me había dado una acreditación para un lugar infame, muy lejos de las luces del ring y muy cerca de las duchas. Era yo un jovencito y mi peso como periodista, aunque fuera de Santa Fe, la tierra del campeón, era irrelevante, y a Sabbatini la gente irrelevante no le interesaba.
Ahí aparecieron, en ese pequeño hoyo caótico y tumultuoso, el inolvidable Ernesto Misray, de la revista Goles, y Cacho Fontana. No sé cómo llegaron ellos. No recuerdo a nadie más del grupo argentino. Los periodistas compatriotas no tuvieron acceso porque una vez que entró Monzón el lugar se cerró con el hermetismo de un búnker de guerra.

Monzón desnudo, sudoroso, sofocado a perpetuidad, boca arriba, echado todo lo largo de su humanidad en una camilla de madera, dura, más indicada para recibir masajes que para el descanso de un guerrero, lloraba sin control y le decía una y otra vez a su hijo “no vuelvo a pelear, Abel, no vuelvo a pelear”.

En un silencio imperfecto, y perplejos, atestiguábamos la Condesa Branca y los demás. El aire era denso y asfixiante, el momento una puesta teatral irrepetible. La podría haber pintado El Greco que pintó hombres desnudos en El Tormento del Laocoonte.

“No vuelvo a pelear, hijo, Abel, no vuelvo a pelear…”

Y el llanto de la emoción crispada, el asombro de haber sobrenadado una vez más el sacrificio del ring.

Era la cima de la curva de la vida para un sobreviviente. El triunfo a su manera, seco y rabioso, sin diplomacia y sin garbo, despiadado. Había nacido en la periferia del mundo, en esos arrabales que paren a los marginados de la sociedad, había sido un condenado al desamor de los hombres, e inopinadamente, por sus méritos y atributos, trascendido en lo suyo hasta convertirse en el mejor.

“No vuelvo a pelear… no vuelvo a pelear…”

A los 35 años, que cumpliría una semana más tarde, ya no es lo mismo… el cuero duele donde antes no dolía.

La curva comenzaba a recorrer su descenso ahora. La curva que un día, como a todos, lo convertirá en polvo y lo desaparecerá de la memoria de la humanidad. Los hombres somos olvido, y de olvidar nos encargamos siempre.

Pero fatalmente hubo un antes y hubo un después.

Carlos Monzón había nacido hacía 35 años en la alcantarilla. No hay abogados ni médicos ni arquitectos boxeadores. Es una tarea reservada a los desheredados de la sociedad, a los que no encuentran ninguna puerta abierta, a los que no hallan atajos para evadir el dolor del vivir. El que fue a la escuela no es un cliente del ring. El boxeador es el único hombre al que le pegan mientras trabaja.

Nadie está más solo. Nadie.

Trepó hasta el cielo, acarició el infinito, porque a diferencia de otros pibes compañeros de su primera infancia en San Javier o en Barranquitas Oeste,a él lo aguardaba un trueque gigantesco del destino, un cuento de hadas, un milagro difícil de creer.

Algunos boxeadores son deportistas y otros son personajes. Marvin Hagler y Archie Moore fueron guerreros solemnes, implacables, pero nunca crearon un alter ego que los representara allende el cuadrilátero. Sólo unos pocos logran ese arrebato triunfal que reúne al gran peleador con una personalidad que permea en el ánimo de la gente: Jack Dempsey, Muhammad Ali, Roberto Durán, Julio César Chávez, Mike Tyson, Manny Pacquiao, Carlos Monzón fueron de esos. Deportistas y tipos seductores, militantes del deporte pero también de la mundana vida.

El día de 1970 cuando en Roma el réferi alemán Rudolf Drust le levantó el brazo triunfador contra Nino Benvenuti, estaba marcando un hito en su vida, seguramente el más importante porque se convertía en campeón del mundo, pero nadie imaginaba que su historia de peleador estaría entrelazada perenne con su historia personal, y su historia personal sería conmoción, vesania e incesante agonía.

Monzón fue un hombre sin brújula.

Monzón fue un hombre sin paz.

¿Sería acaso un pacto entre Dios y el diablo compartiendo una criatura? ¿O de qué modo pueden entenderse estas vidas ora sacudidas por el más cruel destino, ora adornadas con placeres, dinero, popularidad, euforia, desenfreno? Quizá porque los humanos acabamos muriendo siempre en el escalón social en que nacimos, nos deslumbran tanto los cuentos de los pocos que habiendo sido lumpen se convierten en estrellas de su propio firmamento..

Monzón fue al boxeo argentino lo que Gardel fue al tango, y lo que Borges fue a la literatura, y lo que Maradona fue al fútbol.

Monzón fue la carne y la entraña de un campeón sin límites y exhibió que sobre un ring de boxeo para un argentino también todo es posible. Fue lo que fue sin proponérselo.

No programó ni lo bueno ni lo malo porque esos protocolos no formaban parte de su esencia agreste y hostil.

Hay siempre mucho para decir sobre una vida así de errática e intensa. Dejo aquí sólo unas pinceladas de memorias de veinte años compartidos con el mayor pugilista de Sudamérica.

Me gustaría señalar, eso sí, por si no queda claro en otras líneas, que Carlos Monzón fue el más utilitario de los boxeadores, entendiéndose con esto que no desperdiciaba nada. De haber sido cocinero hubiera aprovechado las cáscaras de huevo. No tiraba un solo golpe que no llegara a destino, estaba en la distancia siempre correcta. La famosa distancia para pelear que es un concepto caro a la ortodoxia del boxeo. Monzón se orientaba con un radar infalible. Véalo usted en cualquier video y hecha esta advertencia quedará sorprendido.

¡Carajo! Fallaban golpes Robinson y Willie Pep, pero Monzón no fallaba jamás.

Esa fue quizá su característica personal exclusiva, y compartió otras con otros. La disciplina y preparación de Marvin Hagler, el desmadre y la temeridad de Stanley Ketchel, la determinación de Bernard Hopkins, la durabilidad de Harry Greb, el valor de Jake LaMotta, la perspicacia de Charley Burley y la dureza de Mickey Walker, por citar a algunos pesos mediano inmortales, como él.

En agosto de 1979 asistió a una despedida que me hicieron en Santa Fe -porque yo venía a vivir a México- en el célebre ‘Quincho de Chiquito’, el comedor de pescado que era la casa de la gente del boxeo. Lo acompañaba su flamante pareja, Alicia Muñiz, la uruguaya a la que los amigos conocimos esa noche. Después sería su esposa y madre de Maximiliano. El 14 de febrero de 1988 ella murió en Mar del Plata. En una riña de una madrugada de alcohol y locura, cayó desde el balcón de un primer piso. Monzón fue acusado de homicidio y encerrado en la cárcel de Batán, cerca del lugar de los hechos.

Lo visité pronto en Batán, y no le pregunté nada, porque las noticias decían que él no hablaba con nadie de lo sucedido. Nunca sabré por qué, sentados solos los dos en un banco color naranja del ancho pasillo que mentía espacios que no eran, me contó todo con una minuciosidad que habría envidiado el juez de la causa. Se mantuvo en que su intención no había sido matar, que tuvieron una pelea como cualquier pareja y que accidentalmente ella cayó para morir.
Tenía una tristeza infinita y el rostro lóbrego y final.

En 1995, tres días antes de su muerte, comí con él en la cárcel, de la que le faltaban pocos meses para salir. Fue conmigo el periodista Ricardo Porta, quien llamó por teléfono a la radio LT 9 y juntos le hicimos la última entrevista de su vida. No se grabó, se perdió. Cuando Monzón murió se pidió por ese documento a los oyentes, pero nadie lo tuvo.

Tres días después de ese encuentro en la ardiente Santa Fe de aquel enero de 1995, yo regresaba a México. Fui a Ezeiza para viajar y lo hice con Amilcar Brusa, quien a su vez volaba a Colombia, donde residía. Al llegar a mi casa en el Distrito Federal oí desde afuera que sonaba el teléfono. Abrí presuroso y atendí. Era alguien de la agencia Télam para preguntarme qué opinaba sobre la muerte de Carlos Monzón. Así me enteré.

Llamé a Brusa a Colombia, y no tuve respuesta durante más de dos horas interminables, hasta que por fin.

– Brusa, malas noticias, le hablo para decirle que murió Monzón.
– ¡Se pegó un tiro! me contestó Amilcar, en un desgarrado grito de sorpresa…
– No, Brusa, se mató en un accidente…

Ser boxeador no es un destino, es una fatalidad. No se busca ni se estudia, simplemente se abraza si la vida aprieta. Se procura torcer el sino a puñetazos cuando de otro modo no se puede. La mayoría de las veces, como en cualquier lotería, se fracasa, o se obtiene un pequeño éxito. Otras ocasiones, pocas, el triunfo es total, desmedido. Por algunos años fue el caso de Carlos Monzón, que se subió a un cohete espacial para recorrer su existencia. No supo qué hacer con el éxito. Con frecuencia sintió que todo lo que le pasaba era un tormento, y los momentos felices no fueron de goce sino sólo una revancha.

Mil veces deseó dar por soñado todo lo vivido.

¿Por qué acabó así una historia que tenía todo para terminar mejor? Será porque empezó tan mal, quizá. O por la fidelidad a ese credo idiota y suicida de vivir pensando ‘La Ley soy Yo.´

Monzón siempre estuvo solo, por su actitud inhóspita, por su guisa inconquistable, porque le era más fácil recibir golpes que recibir amor.

“Monzón lo que quiere lo toma, -escribió el periodista Ernesto Cherquis Bialo- no sabe que debemos pedir lo que no nos pertenece.”

Estuvo solo cuando nació y cuando creció, cuando luchó y cuando triunfó. En París, en Buenos Aires y en Nueva York. No hay aplausos ni multitudes que llenen el vacío cuando muerde por dentro, cuando desgarra la carne hace siglos.

Tarde o temprano, a alguna hora de algún día se le debe haber cruzado un espejo, y entonces fue imposible mentirse y escapar. Poner una mortaja de olvido a tantos fantasmas acechantes.

El niño aquel que nació en San Javier en 1942 eligió vivir esa vida. O quizá no fue así y la vida lo eligió a él. Viajar al cielo sin abandonar el infierno. Sufrir buscando no sufrir. Perdurar como una cádava sin entender su tragedia personal. Todo fue vertiginoso y abrupto. Un grito. Un estallido. Un irrespirable torbellino.

Hace cuarenta y siete años el mundo le quedaba chico. Hace veintidós años se fue al silencio de la nada. Siguió el derrotero inexorable del paso de los hombres por este mundo. Y poco a poco comenzó a dejar de ser.

Ciudad de México
2017