Por Adrián Michelena

El Piri García tenía que escribir una crónica para definir el baile que Nicolino Locche le había dado al brasileño Sebastián Nascimento. “Lo hizo pasar de largo toda la noche, no lo pudo tocar”, pensó el periodista de El Gráfico. “Parece invencible, es indetectable, más bien es… Es intocable, ahí está, El Intocable”, agregó el cronista, sin saber que acababa de encontrarle el verdadero nombre a la leyenda. Según cuentan, lo de Intocable viene de la exitosa serie de Eliot Ness (The Intouchables), pero Nicolino era de carne y hueso. Y más de una vez se comió un lindo mandoble porque Locche elegía siempre jugar con fuego. Sin ir más lejos, en su primera defensa de título mundial, el Morocho Hernández lo enganchó con un derechazo voleado que lo mandó a la lona. Enseguida Locche se recuperó y ganó esa pelea con autoridad de maestro.

Nicolino Locche tenía un vicio, boxeaba sin lastimar. Esquivaba los tortazos y, de vez en cuando, devolvía alguna que otra cachetada. “Te estoy perdonando la vida”, parecía decir con la mirada. Peleaba en una zona de guerra, peligrosa como la Franja de Gaza que enfrenta a Israel y Palestina. Pero ni se inmutaba, es un misterio, tal vez tenía un radar escondido que detectaba los misiles un segundo antes. Tal vez veía a sus rivales en cámara lenta. ¡No saben cómo los hacía errar el sinvergüenza! Ese viejo de nariz ñata y frente descubierta, llena de ideas, era capaz de hacer magia sin varita, ni galera. Su único truco, cuentan quienes lo vivieron de cerca, era fumarse un pucho que escondía dentro de la bata, quince, veinte minutos antes de subirse al ring. “Me duele la panza, Paco”, le mentía a su entrenador. Y enseguida se metía en el baño a encenderse un cigarro.

Entiendan la licencia, porque a los genios no se los puede explicar con adjetivos, sino más bien con ejemplos o anécdotas. Locche jugaba al gato y al ratón arriba de un ring profesional, cuando Tom y Jerry ni siquiera habían llegado a los televisores de los hogares argentinos. El Luna Park, al principio, no lo entendía. Un boxeador que no ataca por elección es un rara avis, un anti sistema, un revolucionario, un provocador, un ilusionista. Porque como un mago, borra o confunde el límite entre la fantasía y la realidad. Resignar el nocaut, evitar un final trepidante, es pararse en un lado de la vida que no seduce. De las 117 peleas que ganó, sólo 14 fueron por la vía rápida. Nadie se explica porque no pegaba. Tal vez entendía que la belleza estaba en otro lado. Por ejemplo, en el camino y no en el desenlace. El nocaut era un cuento que Locche nunca quiso escribir. Piazzolla hizo tango sin cantar; Locche, boxeo sin pegar.

Según cuentan los especialistas, una vez sola se puso el chip de ataque: contra Paul Fují, cuando ganó el título Mundial en Japón, allá por 1968. Ernesto Cherquis Bialo contabilizó un promedio de 60 golpes por rounds para el mendocino, que ganó por nocaut técnico en el décimo, porque el local no quiso seguir peleando contra un fantasma. “Ese Nicolino no pega ni estampillas”, le gritaba la crítica despiadada en sus comienzos. Luego, el maestro enseñó que el golpe que más duele es aquel que no llega a destino. Sus peleas estaban llenas de trucos de magia, pero no eran coreografías preestablecidas. Cuanto más riesgoso, más real, ahí estaba la magia. De hecho, lo rozaban ráfagas de vientos que nadie más que él podía sentir, golpes bobos que perforaban los aires.

Ahí está Locche, no usa el clinch, ni traba al rival, lo suyo es cintura,visteo y balanceo. Tampoco camina, ni se desplaza demasiado, a veces, hasta habla con la tribuna en pleno combate. Es como verlo pelear en un ascensor. Esquivando y esquivando. Devuelve un golpe de vez en cuando. Para cumplir con el reglamento y el espectáculo.
Un campeón de boxeo, que supo esquivar piñazos como nadie, abona a la teoría que Locche venía de otra dimensión, que este señor estrafalario tenía una visión reptileana, y que era un extraterrestre buenudo que vino a regalarnos un poco de ilusión en este mundo sangriento, con guerras insensatas. Vaya paradoja, ¿no? Un extraterrestre humanizando el boxeo. Si era de otro planeta o no tal vez nunca lo sepamos. A Nicolino lo compararon hasta con Chaplin y Gardel. Pero él fue otra cosa, nadie sabe bien qué.

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