CÓRDOBA.- El próximo viernes la vida de Nazarena Romero podría dar un vuelco positivo más, acelerar los cambios que viene teniendo desde hace un tiempo, alcanzar el premio mayor. Ese día, esta chica de 25 años, actual campeona argentina y sudamericana supergallo, peleará por el título de campeona mundial interina de la AMB. La catamarqueña radicada en Córdoba se enfrentará con la jujeña Julieta Cardozo. “Yo pensaba que boxear era nada más que pelear… Pero no. Fue un cambio de vida total. He tenido una vida bastante dura y pienso que Dios me ha recompensado con esto”, dice para LA NACION .

Menciona “bastante dura” y hay que preguntarle varias veces para que cuente a qué se refiere. Va desgranándolo de a poco; primero dice que “de chica” andaba “siempre” en la calle. Nacida y criada en Recreo, una localidad del sur de Catamarca cercana a Córdoba, tiene a sus papás y cuatro hermanos. “Ellos no eran así; yo sí. Me escapaba hasta del jardín de infantes, y la calle es la calle y lleva a que una pase un montón de cosas. No era agradable; mi mamá salía a buscarme a cualquier hora hasta con la policía”.

El “montón de cosas” incluye el consumo de drogas desde los nueve años, de un porro a “de todo”. Un padre alcohólico que complicaba más la situación en una casa donde hubo abusos. A los 12 ya estaba de novia con Carlos; a los 15 se convirtió en la mamá de Julieta. Su novio la golpeaba; ella se iba y siempre volvía. “Mi hermano se enteraba, iba y me defendía, y yo…volvía. No sé por qué; hasta el día de hoy me lo pregunto”, repasa sin tonos ni gestos dramáticos.

Una pelea con su mamá la decidió a viajar a Córdoba. “Pensé que el dicho «cada chancho a su rancho» estaba en lo cierto y me vine a dedo con la nena. Quería encontrar mi vida, mi rumbo”, afirma hablando como si todo fuera de una cotidianeidad absoluta. “Nunca viví con el padre; estaba loco, era un enfermo, y yo estaba como él. Anduve rondando un poco. Había venido un par de veces a Córdoba; fui a una villa que conocía y conseguí trabajo y una pieza en el taller de chapa y pintura de José. No pagaba alquiler y tenía comida, pero me bardié toda la plata. No salía a los bailes ni dejaba a la nena. Andaba en la calle”.

El boxeo se le cruzó de casualidad. Fue a hacer unas compras a la ferretería Casa Fioretti, cuyo dueño, Oscar, es fanático y organizador de reuniones de esa disciplina. En el negocio había fotos de peleas y a Nazarena le salió un “yo quiero pelear, quiero ser boxeadora”. Salió de ahí con un almanaque donde le anotaron una dirección y dos nombres: “Manuel Albarracín” y “Mario Medrán”. Medrán murió al poco tiempo de conocerla.

La salida: un ring

“Ni sabía lo que era. Empecé a entrenarme y en un mes hice cuatro peleas y las gané. Fue mucha gente a verme y empecé a darme cuenta de los cambios”, relata. “Entonces Albarracín me habló de los sueños, de que podía lograr todas las cosas que yo quisiera, de que podía alcanzar lo que otros no, de que podía cambiar, pero que tenía que creer y querer mucho para que se diera”, añade.

De su entusiasmo nació el apodo “Capricho”: quería entrenarse en dos turnos, quería hacer más que lo que le pedían al inicio y les discutía a los entrenadores. “«Capricho», así vamos a decirle. Es una porfiada, una cabezadura”, dictaminó Albarracín.

Nazarena recuerda que cuando Julieta, su nena, cumplió cuatro años ella entendió que no podía seguir “como nómade” y que tenía que cambiar. “Con ella chiquita seguía en la calle, dormía en la terminal, en la plaza, en el parque. Ni volvía al taller”. El destino volvió a cruzar con el papá de su hija, que le aseguró que estaba trabajando “bien” y le pidió volver a estar juntos.

“Sabiendo los riesgos que corría, me dije «prefiero juntarme de nuevo con él»”, recuerda. Al poco tiempo llegó Maia, su segunda hija, hoy de seis años. “Él nunca dejó de pegarme. Todo lo que yo decía le parecía mal. Si caminaba, si opinaba… Todo estaba mal. No me dejaba vestirme como mujer; ahora me doy cuenta de todo eso y pienso «qué loco. ¿Cómo no podía salir?»”.

La última golpiza, la que probablemente la decidió a separarse, la dejó inconsciente. Primero fue un puñetazo a la cara, y después, un palo que terminó quebrado por tanto castigo. Al borde de la muerte llegó a arrastrarse hasta lo de una vecina, que la ayudó. Sus compañeros del gimnasio, el entrenador y el promotor de sus peleas la acompañaron y la asistieron para que saliera del horror.

Hace unas semanas, con la pelea por el título del mundo programada, Albarracín la “abandonó”. Esa es la palabra que usa Nazarena, la forma en que siente la situación. “No sé qué le pasó. Me echó. Fue un golpe muy duro, me sentí abatida, sola, asustada”, narra, ahora sí con una angustia palpable. “No sé. Nunca me dejó tirada, me ayudó a salir del calvario, nunca me dejó sola… y me abandona ahora. Empecé a orar, a pedirle a Dios. Apareció otro gimnasio y ya estoy al 100%”.

Está entrenándose con Virgilio “Pato” Arauz, el mismo que prepara a las hermanas Leonela y Dayana Sánchez . Ya sin su novio al lado, Nazarena va a la peluquería cuando tiene plata. “Me baño, me cambio. No pido permiso a nadie. Vamos a tener una campeona mundial; estoy contenta”, manifiesta. Se tiene fe a pesar del último tropezón.

“Me di cuenta de que también hay otra gente rodeándome y de que aunque el entrenador fue importante, si yo no hubiera querido, no podría haber alcanzado esto. Lo disfruto al máximo”. Repite que ya tiene claro que boxear es “mucho más que pelear. Es disciplina, es la vida entera”. El viernes subirá al ring para conseguir una victoria más, crucial en lo boxístico, pero aun más por sus dos hijas: “Son el amor de mi vida. Por ellas lucho; son las que dan sentido a mi vida”.

Gabriela Origlia / LA NACIÓN