La historia de Ariel “Chiquito” Bracamonte. Por las noches descarga medias reses y durante el día entrena para ser campeón sudamericano.

Por Hernan Laurino

mundod.lavoz.com.ar

La escena es digna de una película de Sylvester Stallone, como aquella maravillosa saga que mezclaba boxeo, sueños, caídas y éxito llamada “Rocky”.

Pero todo esto sucede aquí, en Córdoba. El “grandote” de 198 centímetros al que le dicen “Chiquito” se carga una media res de vaca en los hombros que acaban de bajar de un camión de frigorífico, la acomoda con la nuca y la mete en una carnicería.

Es de madrugada, la ciudad está dormida, pero “Chiquito”, que se llama Ariel Esteban Bracamonte y tiene 27 años, está muy despierto.

Ariel es protagonista de esas historias silenciosas y poderosas que tiene el boxeo. Donde se mezcla el sacrificio, el entrenamiento agotador, la humildad y también los sueños de grandeza, de pelear en coquetos escenarios y ser televisado a todo el mundo.

Pero mientras “Chiquito” imagina todas esas cosas, sigue acá: hay otra media res que ponerse en el lomo y seguir.

“Cada día vienen tres camiones de Santa Fe y yo me encargo de repartir. Viene el chofer y yo voy al lado bajando las medias res, los fiambres y las cajas de carnes. A lo Rocky Balboa (risas). Un día estábamos con mi jefe, justo había visto la película de Balboa y me subí al camión a golpear la media res… Nos cagábamos de risa”, cuenta Ariel, que tiene una historia que bien podría haber sido un guión de cine.

Pero no. Es bien real y la va a contar.

“Yo nací en Buenos Aires, en Loma Hermosa. Pero me siento cordobés. Cuando yo era muy chico tuvimos un asalto muy grande en mi casa, llevaron de rehenes a toda mi familia. Yo tenía cinco años y mis viejos tomaron la decisión de irnos de Buenos Aires. Nos vinimos a La Cumbre, donde yo hice toda la primaria y secundaria. A los 12 años mi papá me empezó a enseñar un poco a guantear, ya que él daba boxeo en la biblioteca de La Cumbre. Yo hacía básquet y boxeo juntos. Quise arrancar a los 17, pero mi vieja no me dejó pelear por primera vez. Y, a los 20 años, hice un clic, entrené un mes y debuté como amateur… Ahí arrancó mi carrera y mi historia”, relata “Chiquito”.

En esa carrera amateur, realizó 27 peleas: dos perdidas, seis empates y seis ganadas por puntos. “La mayoría fueron por nocaut”, recuerda.

“Chiquito” fue campeón cordobés de peso pesado, defendió ese título tres veces y llegó a ser campeón argentino.

“Ahí salté al profesionalismo. Hice dos peleas y la tercera fue por TyC Sports que le saqué el invicto a Facundo Ghiglione. En la quinta pelea, me ganó por nocaut Leandro Robutti. Lo tenía sentido y me comí una mano. Peleé por el título cordobés, lo gané y salió la chance de pelear afuera, lo que fue mi debut internacional (en noviembre de 2018). Me tocó enfrentar en Inglaterra a David Allen. Perdí en el octavo round por un corte en la nariz. Fue una pelea cambiante, fue una de mis mejores experiencia”, rememora.

En este duro camino, “Chiquito” también conoció otros países que si no fuera por el boxeo sería imposible de ver por sus ojos, como Francia (perdió ante el francés Raphael Tronché en septiembre de 2019), Rusia (cayó por puntos frente al ruso Evgeny Romanov) o Nigeria.

La guapeza es uno de los atributos de Bracamonte, para los especialistas. Y entre sus mejores triunfos están los logrados ante los púgiles nacionales Mariano Díaz Strunz (cuando obtuvo el título argentino), Facundo Ghiglione y Nahuel Collosi.

“Mi última pelea fue en diciembre de 2019, cuando fui a Nigeria a pelear contra otro invicto, Onorione. Perdí por nocaut en el primero, fue una mano que me comí. Me metió un cabezazo también. Mi carrera es sacrificada por mi trabajo nocturno para el frigorífico descargando carne. No se puede vivir solo del boxeo. Después entreno mañana y tarde. Se hace difícil, porque uno quisiera meterle más horas al gimnasio y estar bien descansado, no se puede. Pero soy feliz haciendo esto y sigo para adelante”, cuenta.

Por estos días, y con el coronavirus en el centro de la escena mundial, Ariel sigue trabajando por un permiso impreso, al ser personal escencial en la industria alimentaria. Además, se las arregla para seguir entrenando con la rutina de siempre, en su hogar.

Hace un año y medio que trabaja en el frigorífico. Pero su vida y la de su familia no ha sido sencilla. Antes, también laburó en una imprenta, como electricista y carpintero (junto a su papá, en el oficio de toda su vida), siempre para llevar la comida a su hogar y poder seguir en el camino de ser boxeador profesional.

Claudio Pérez es su entrenador y PF, y quien lo acompaña en esta aventura. “Ariel es un tipazo, disciplinado, apegado al gimnasio y muy carismático. Siempre digo que es un gigante en el cuerpo de un niño. Tiene hambre de gloria, deja todo en cada entrenamiento”, lo define Pérez.

“Ahora, cuando pase todo esto del coronavirus, voy a pelear por el título sudamericano, la revancha contra (Leandro “La Bestia”) Robutti. Quiero agradecer a mi familia, que siempre están apoyando mi carrera. A mis papás Carlos y Isabel, a mis hermanos Marcelo, Ayelen y Charly. A mi novia Belén y a la familia de ella y a mi entrenador Claudio Pérez, que hace todo por mi. A los chicos del gym y a todo el equipo que está atrás mío”, dice “Chiquito”, que es fanático de Ulises Bueno y tiene un tatuaje en su cuerpo que deja en claro su anhelo: “Voy a triunfar” se puede leer, acompañado de dos guantes.

Es el “grandote” con alma de niño, que se trepa a los camiones del frigorífico en la madrugada y le pega a la media res soñando que está en una velada en Estados Unidos, con los ojos del mundo del boxeo mirándolo.

Como en todo en la vida, sólo es cuestión de creer y jamás bajar los brazos.

Como lo hace Ariel “Chiquito” Bracamonte.