Es el campeón superligero de la Organización Internacional de Boxeo, a la que la FAB no reconoce. Cuenta su historia de lucha y explica por qué después de cada combate se abraza con su rival.

Por Luciano González / Clarín

El alemán Rico Müller, con el rostro tumefacto y una media sonrisa, lo abraza. Apenas un rato antes, esos dos hombres intercambiaron golpes durante 36 minutos en el ring del Verti Music Hall de Berlín. La imagen, publicada en la cuenta de Instagram de Jeremías Nicolás Ponce, está acompañada por una definición: “El deporte más noble”. Ese deporte, el boxeo, es desde hace casi una década el eje organizador de su cotidianidad. Antes de descubrirlo, los puñetazos tenían otro sentido en su vida.

“Cuando era chico, era medio terrible. Solía jugar a la pelota en la plaza y ahí siempre me agarraba a piñas. Me peleaba de puro calentón e incluso era yo el que buscaba problemas”, recuerda Ponce, campeón superligero de la Organización Internacional de Boxeo (IBO). Ahora el adversario con el que ocasionalmente se enfrenta no es un enemigo, sino un colega.

“Cuando arranqué con el boxeo, empecé a pelear por un sueño. En cada pelea me acerco un poquito más a ese sueño. Y cuando termina cada pelea me abrazo con mi rival porque sin él no podría boxear. Nos necesitamos mutuamente”, explica, reflexivo.

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El clic le llegó a los 14 años, cuando encontró en el pugilismo la herramienta para canalizar su energía. Después de probar durante un mes en un gimnasio de su barrio, José Mármol, en el sur del Conurbano bonaerense, llegó a la recién abierta Escuela de Boxeo Santos Zacarías, a cargo de Alberto y Patricio Zacarías, hijo y nieto del legendario entrenador que condujo a la gloria a Sergio Víctor Palma y Juan Martín Coggi. Arrancó y ya no se detuvo. “El boxeo te va atrapando a medida que te van saliendo las cosas. Todos los días se aprende algo nuevo y se va perfeccionando”, afirma.

Una sólida carrera amateur, un precoz debut en septiembre de 2015, con apenas 19 años, los títulos argentino y sudamericano de su categoría y un serie de 24 victorias consecutivas (16 por nocaut) lo pusieron a la puerta de esa chance mundialista que no desperdició frente a Müller, al que venció por puntos en fallo mayoritario en septiembre del año pasado en la capital alemana. “Fui con la idea de noquear. No pude, pero gané muy claramente. Hice 12 rounds a un ritmo que no imaginaba que podría hacer. Fue la mejor pelea de mi vida por lo que me representó emocionalmente”, sostiene.

Pese a que ese triunfo lo hizo acreedor a un cinturón verde con una placa dorada que incluye la leyenda “world champion”, el bonaerense no es considerado monarca mundial por la Federación Argentina de Boxeo, puesto que el ente rector del pugilismo nacional no otorga admisión oficial a los títulos fiscalizados por la IBO, un organismo en el que reinó Sergio Maravilla Martínez y que actualmente tiene entre sus campeones al británico Anthony Joshua (pesado) y al kazajo Gennady Golovkin​ (mediano).

“Yo me considero campeón. Me gustaría que la Federación reconociera el título como sucede en todo el mundo. Pero seguramente ya llegarán otros”, se ilusiona Ponce, quien tuvo ofertas para radicarse en Estados Unidos y también para realizar combates en la Meca del pugilismo, de la mano de la promotora Top Rank.

-¿Por qué no se concretaron esas posibilidades?

-Seguramente las ofertas no habrán sido suficientemente buenas. Alberto y Patricio Zacarías manejan eso y son los que deciden. Esto es un equipo y cuanto mejor me vaya a mí, mejor les va a ir a ellos. Yo me entreno para pelear y de lo demás se encargan ellos. Siempre estoy dispuesto a hacer lo que me digan.

El paso siguiente debía ser la primera defensa de su título durante marzo y seguramente en Alemania, como parte del contrato por dos combates que firmó con la promotora teutona CP Boxevents & Matchmaking. Pero la pandemia de coronavirus ​puso todo en pausa. “Me estoy entrenando un poco en casa, pero no estoy yendo al gimnasio. Hago algo para no perder tanto el ritmo, pero poco”, cuenta. “Estoy encerrado todo el día. Tratamos de ir a comprar una vez bastantes cosas para no andar saliendo mucho. Dentro de todo, estoy bien, aunque extraño a mis viejos y mis hermanos, que están en su casa y no puedo ir a verlos”, añade.

Si bien un parate extenso no es lo ideal, sobre todo para un boxeador acostumbrado a pelear seguido (hizo seis peleas en 2017, ocho en 2018 y tres en 2019), el calendario lo ayuda: con apenas 23 años, Ponce es bastante más joven que los otros campeones mundiales de su categoría: el británico Josh Taylor (29), monarca de la AMB y la FIB, y el estadounidense -de familia mexicana- José Carlos Ramírez (27), dueño de los cinturones del CMB y la OMB.

“A mi edad, muchos boxeadores recién están debutando como profesionales o ni siquiera lo hicieron. Yo debuté a los 19 años y pude hacer peleas muy seguido porque siempre me entrené durante todo el año y estaba listo cada vez que surgía una posibilidad”, explica.

-¿Te sentís todavía un boxeador en formación?

-Sí, claro. Si bien tengo muchas peleas y soy campeón del mundo, siento que recién estoy arrancando. Tengo mucho tiempo para aprender y lo que te permite aprender son las peleas. Es necesario superar pruebas y etapas para ir madurando.

-¿En qué considerás que tenés que progresar?

-Físicamente me falta mejorar mucho. Si bien en la última pelea se me vio muy bien en ese aspecto, todavía tengo que ser más fuerte. Y también tengo que trabajar en la técnica. Todavía no llegué a mi techo.

La ventaja para este hincha fanático de Lanús es que el gimnasio, ese que ayudó a acondicionar cuando la Escuela Santos Zacarías se mudó a su sede actual en Rafael Calzada, no es un lastre, sino su segunda casa. “Soy un boxeador responsable que cada día intenta aprender algo nuevo. En mi vida, lo primero es el boxeo. A veces estoy cansado o preferiría quedarme en casa mirando la televisión o ir a la plaza a tomar un helado, pero tengo que entrenarme. Y una vez que estoy en el gimnasio, las ganas aparecen”, sostiene.

Esa disciplina en el gimnasio, que le permite seguir dando sin problemas los 63,500 kilos aun con una altura inusual para la categoría superligero (mide 1,78 metro), y la acumulación de horas de vuelo sobre el cuadrilátero lo ayudaron a llegar tan rápido a este punto y a ser señalado como una de las grandes esperanzas del boxeo argentino, un cartel que no le pesa: “No es una responsabilidad que digan eso. Al contrario, me gusta porque me da ganas de seguir progresando”.

Las riñas callejeras ya son parte del pasado. La pelea como forma de descarga quedó archivada. El deporte al que se acercó cuando era un rebelde estudiante de la Escuela N° 7 de José Mármol y al que terminó abrazando es hoy algo bien distinto para Jeremías Ponce: “El boxeo consiste en dos hombres tirándose golpes, pero en cada uno de esos golpes hay años de entrenamiento. Y en cada pelea se da un conjunto de situaciones que se debe resolver en fracciones de segundo arriba del ring. Si bien es un deporte que requiere fuerza, la cabeza es la que maneja todo. Por eso el boxeo es un juego de ajedrez, pero con las manos”.

Tras los caminos de Látigo Coggi

Los recorridos de ambos tienen algunos puntos en común. Juan Martín Coggi llegó a los 15 años al viejo gimnasio del Luna Park, donde lo recibió un hombre que lo condujo a ganar el título argentino superwelter y, pocos meses después, el cetro mundial de la AMB (se lo arrebató al italiano Patrizio Oliva en 1987 en Roma). Jeremías Ponce comenzó a boxear a los 14 años de la mano de un entrenador que lo moldeó desde cero, obtuvo la corona nacional de los 63,500 kilos y, meses después, la de la IBO. Los dos campeones están unidos también por un apellido: Zacarías.

Santos fue el maestro de Látigo. Alberto, su hijo, es el entrenador y manager de Ponce. Patricio, tercera generación de los Zacarías vinculada al pugilismo, también integra el equipo de trabajo. “Ellos ya son como parte de mi familia. Muchas veces me dan consejos no solo sobre el deporte, sino también para mi vida. Vivimos muchas cosas juntos y generamos un vínculo muy lindo”, revela Jere.

En cuanto a Coggi, el campeón de José Mármol encuentra en él un espejo en el cual mirarse. Y no solo por su carrera. “Él es una muy buena persona. Hablamos muchas veces y me vino a ver pelear por el título argentino. Eso fue un orgullo para mí. Ojalá pueda seguir sus pasos y repetir su historia”, se ilusiona.

Iara, el amor y los guantes

El boxeo no solo es su oficio y su combustible. Los guantes también ocupan un espacio importante en su vida doméstica: Ponce está en pareja desde hace cuatro años y medio y convive desde hace un año con Iara Altamirano, campeona argentina (en receso) de la categoría gallo.

“Nos conocimos en el gimnasio viejo. Ella estaba en pareja y yo, solo. A veces guanteábamos juntos, yo le decía algún piropo y ella se enojaba. Llevó mucho tiempo, pero nunca aflojé y al final lo conseguí”, cuenta, orgulloso.

Tener una compañera boxeadora, que conoce al dedillo las exigencias y restricciones que impone el pugilismo rentado, fue y es un apoyo enorme. “A veces ella me despierta a la mañana para ir a correr, me acompaña en la dieta o mira conmigo las peleas de mis rivales. Entiende todo lo que estoy viviendo y me ayuda mucho”, explica. Pero también acarrea algunas dificultades.

-¿Te resulta más difícil subir a pelear o verla pelear a ella?

-Uf…. Prefiero que me peguen a mí antes que a ella. Es muy difícil ver pelear a una persona a la que querés porque no podés hacer nada. Desde abajo se ven muchas cosas que arriba del ring no se ven.