De niño trabajó junto a su padre y a su hermano en el campo. Pegaba tan fuerte que noqueó a un toro y también enfrentó a un oso de 270 kilos. Se hizo boxeador y fue figura mundial. Una historia increíble

Por Chequis Bialo / Infobae

Todo comenzó escuchando la transmisión de una pelea por la radio.

El niño había terminado sus tareas de cada mañana en el tambo junto a su padre y a su hermano mayor Víctor. Después del ordeñe, que por entonces era manual, llegaba la hora del mate en la rueda de los peones del campo.

 

Uno de ellos, el mas chico, que por entonces tenía 11 años y parecía extasiarse al escuchar las voces de los relatores, pedía silencio pues no se quería perder ningún detalle sobre una pelea que se disputaba en Tokio. Fue la mañana del 12 de diciembre de 1968 cuando Nicolino Locche ganó el campeonato del mundo tras vencer magistralmente a Paul Fujii.

 

A ese niño fuerte, bien alimentado, criado en la humildad de una familia unida y con tránsito por la escuela primaria, parecía seducirlo más la historia de héroes que los propios héroes ya que los periodistas de la radio lo emocionaban al elevar sus voces con términos tales cómo: histórico, épico, inigualable, epopéyico, maravilloso, inolvidable… Esta experiencia ya la había vivido un año antes cuando Bonavena derrotaba a Karl Mildenberger en Alemania. Y hasta lagrimeaba imaginando el regreso al país de ese campeón a quien esperarían en Ezeiza con la bandera Argentina para llevarlo entre la multitud al Luna Park en un carro de bomberos…

 

El niño proyectaba a través de las voces de la radio su propio sueño: llegar algún día a Freyre su pueblo natal y abrazarse con cada uno de los 5.000 vecinos mostrando su cinturón de campeón.

 

Sabía que pegaba fuerte pues alguna vez en esas apuestas divagantes de la siesta entre jóvenes ociosos demostró que pudo noquear a un toro pegándole un derechazo en el hocico. Aunque su hazaña más conocida fue cuando aceptó enfrentar al oso Bongo del Circo Monumental que pasó de gira por su pueblo. Juan Domingo Roldán –nacido el 6 de marzo de 1957- tenía 16 años cuando un sábado fue con su hermano Víctor a ver la función de la tarde. Y mientras desfilaban magos, payasos, ilusionistas, acróbatas y equilibristas, el locutor preguntó si había alguien entre el público que se animara a enfrentar al oso y aguantar seis minutos sin caer. “Yo”, dijo Roldan y bajando de las gradas fue hasta la pista donde se hallaba el oso de 270 kilos junto a su domador.

El éxito fue tan rotundo que a partir de ese instante se mistificó la valentía del peoncito que le aguantó al oso. En realidad, según nos contó Roldan, su mérito fue estratégico pues cada vez que el oso se verticalizaba elevando sus patas delanteras, Roldán le apretaba los testículos y lo hacía desistir de su ataque. Así y todo había que meterse en una jaula con un oso…

 

Para entonces el dueño del campo había improvisado un precario gimnasio en el cual los Roldán se entrenaban. Y un día cualquiera de 1976 el padre los llevó en el Ford A desde Freyre hasta Fraga, un pueblito vecino, en donde los hermanos pudieron hacer un match exhibición ante los paisanos como parte de un festival de boxeo.

 

La etapa profesional fue luminosa y ascendente. De tal manera que el periodista Gregorio Goyo Martinez del diario La Voz de San Justo de San Francisco (Córdoba) lo bautizó Martillo, tal la potencia de su pegada. En esas primeras 27 peleas lo dirigió Don Gregorio Yost hasta que en el gimnasio de Amílcar Brusa pasó a las manos de su ayudante Guillermo Gordillo. Fue así que Martillo puso en marcha su sueño de héroe. Después de ganar los títulos argentino y sudamericano de peso mediano, Tito Lectoure, el promotor del Luna Park, lo convirtió en su propia causa –ya alejado del grupo Brusa– pues construir la campaña de Martillo y conducirlo hasta hacerle disputar el título mundial era como tener a su propio Monzón quien se había retirado con gloria hacia cuatro años.

 

Lectoure lo fue cuidando, llevándolo de a poco y eligiéndole prudentemente a cada rival. Soñó que Roldan podría llegar hasta donde llegó Monzón. Pero Monzón y Martillo no tenían puntos en común pues éste era un hombre bien criado y alimentado con más razonabilidad que instinto para quien el rival era un adversario y no un enemigo; por lo tanto perder era una consecuencia y no una vergüenza.

 

Martillo se consagró internacionalmente cuando fulminó a Frank The Animal Fletcher en el 6° round (10/11/83) en el Caesar’s Palace de Las Vegas. Fletcher, a quien le auguraban un gran futuro, cayó boca abajo tras un derechazo en cross a la mandíbula y pudo ponerse de pie cinco minutos después. Fue la misma noche en la cual Larry Holmes venció a Marvis Frazier por KO.

 

Ese combate cambió el destino de Roldan pues con los 180.000 dólares de bolsa que le pagó Bob Arum se compró el campo de 80 hectáreas en el que habían trabajado como peones él, su padre y su hermano Víctor a quien apodaban Tenaza en su breve paso por el boxeo.

 

Fue en esa época –la de los 80– que la categoría de los medianos, la de Roldán, tenía a los “cuatro ases”, cuatro figuras que hoy casi 40 años después se incluyen en el ranking de los diez mejores medianos de la historia. Y ellos eran Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Mano de Piedra Durán y Tommy Hearns. Todos fueron campeones del mundo y Roldán podía ser retador de cualquiera.

 

Para decantar los cruces y una vez que Leonard venciera a Hearns se esperó a que Hagler le ganara a Durán. Fue así que Martillo –esta vez con la corona en juego y por 300.000 dólares– pelearía con el enorme Hagler en el hotel Riviera de Las Vegas el 30 de marzo de 1984 y Monzón como ilustre huésped de la Top Rank, la empresa organizadora.

 

La despedida la hicieron en la localidad de Quebracho Herrado –pegadito a San Francisco– en el restaurante del matrimonio Priotti: salame y ravioles caseros de inolvidable color y sabor –dignos de un brindis lleno de moderada esperanza.

 

Roldán perdió por nocaut en el 10° asalto luego de una pelea extraordinaria y valiente. Más aun, fue el único boxeador que derribó a Hagler. Esto ocurrió en el 1er asalto y aunque el golpe visible, el último, fue una izquierda pasada que terminó impactando en la nuca, lo que Hagler sintió fue un derechazo previo, corto y al mentón. Nadie lo podía creer. Y el asombro se prolongó hasta el round siguiente en el cual Martillo se lo llevó por delante con una actitud agresiva, veloz, sostenida y vigorosa con dos ganchos impecables que Hagler sintió. Pero el 3° Roldán salió de un cuerpo a cuerpo y fue víctima de un foul evidente para todos menos para el árbitro Tony Pérez. Hagler con incuestionable experiencia dejó que Roldán se aproximara al cuerpo y al levantar el gancho desprendió el dedo izquierdo de su guante hasta introducirlo y lesionarle el ojo derecho. Martillo se lo advirtió al arbitro: “No veo, no veo nada”, le dijo sin que éste lo escuchara. Y después de un uppercut de Hagler cayó. La infracción fue tan visible que el entrañable Miguel Diaz –quien se hallaba en la esquina como curador de heridas– apeló a su experiencia y le gritó a Adolfo Robledo –segundo de Roldan– “¡quitale los guantes Robledo, quitale los guantes, ya está, ya está, descalificación, eh referí, eh Tony…!”. Fue en vano ya que el combate continuó.

 

Desde allí hasta el final la pelea fue un martirio pues el ojo se cerraba cada vez más, la cara se transformaba en una máscara, no tenía visión directa ni periférica, la órbita era una estrecha ranura sangrante y el esfuerzo de Roldán era tan grande que para atacar lo hacia lateralizando el cuerpo desde su perfil izquierdo, bien de costado para poder ver lo que le permitía ese ojo; fue así que cayó en el 3°.

 

Después de cada asalto llegaba al rincón y le decía a Tito que no veía. Y la respuesta era increíblemente recriminatoria: “No te entregues, no seas cagón, tenés aire para veinte rounds…”. Esta escena se repitió hasta el final del 9°. Roldan tenía el rostro muy congestionado por hematomas violáceos y un profundo corte en el puente de la nariz. Lectoure lo presionaba, le seguía exigiendo lo imposible e invocaba a Galindez y su estoico triunfo en Sudáfrica ante Richie Kates en el últmo round: “Acordate de Galindez que estaba peor que vos y ganó… A este tipo lo podes poner nocaut, poné huevos”. Fue en vano pues lo obligó a salir en el 10° y Hagler le pasó la zurda en todo su recorrido hasta golpearlo en el ojo lesionado. Roldán cayó resignado hacia atrás y le dijo al referí que no iba más.

 

Leonard, quien comentaba la pelea para la HBO junto a Barry Tomkins, pidió para su siguiente combate contra Hagler que se modificara el diseño de los guantes y que el dedo pulgar no quedara suelto, que se pegara al resto y que todo el guante fuera una sola pieza anatómica. Las autoridades lo escucharon y desde la derrota de Martillo frente a Hagler se cambió la reglamentación. En la actualidad y desde el dedazo de Hagler a Martillo hace 36 años, los guantes de boxeo tienen el espacio del dedo pulgar adheridos a la empuñadura.

 

No hubo llegada triunfal a Freyre, ni carro de bomberos; no hubo cinturón para lucir ni vecinos para abrazar. Por suerte quedaron más noches en el restaurante de los Priotti donde celebrar la vida con salame casero color rubí, ravioles humeantes y manuales acompañados por un vino de amistoso sabor. Pero las inversiones continuaron y aunque la confianza en algún depositario haya sido defraudada, algunos bienes quedaron y el boxeo siguió.

Nunca olvidaré la furia de Tito Lectoure después del combate. Todos –Monzón incluido– aprobaron la esforzada faena de Roldán, menos él. El promotor Bob Arum lo felicitó y le prometió una nueva pelea por el título: “Tu muchacho peleó fantástico, es la primera vez que el público se le dio vuelta a Hagler”, le decía. Lejos de aceptarlo, Tito siguió insultando por lo bajo y ya de regreso a la suite 3130 del Hotel Riviera le pegó un puñetazo a la puerta de un baño químico a la que traspasó con su puño derecho lleno de ira. Rodeado por reporteros internacionales que habían tomado fotos de la puerta perforada, Lectoure insistió con sus maldiciones en la habitación con tanta mala suerte que al intentar traspasar la pared de durlock para el show fotográfico su mano se estrelló contra la única viga de cemento que había en la habitación. De hecho terminamos junto a él y al doctor Roberto Paladino en el University Medical Center de Las Vegas a las 3 de la mañana con una fractura de escafoides y un yeso que lo habría de acompañar por los 60 días siguientes

 

Hubo que recomenzar todo nuevamente con Martillo y tres años después, superando a grandes rivales como André Mongelema, Hugo Pastor Corro y James Kitchen, se venía otro monstruo: Tommy Hearns por la corona de la WBA en el Hilton de Las Vegas, (29-10-87) y por 500.000 dólares de bolsa.

 

Sigo recordando perfectamente todo lo anterior a aquella pelea. Nunca un boxeador estuvo tanto tiempo analizando a un rival como Roldán respecto de Hearns. Nos pasamos tardes enteras en la habitación 302 del Hilton estudiando cada movimiento. Los videos hacia atrás y hacia adelante. Aparecían allí grandes rivales de Hearns como Pipino Cuevas, Wilfredo Benitez, Ray Sugar Leonard, Marvin Hagler, Mano de Piedra Durán… Una y otra vez. Y las instrucciones fueron: “Hagamos una pelea larga, cuanto más se prolongue mejor porque él va de mas a menos y debemos invertir nuestra lógica e ir de menos a más, sin atacarlo, sin presionarlo de entrada ni gastar energías; cada partida de zurda debe tener un rédito, si contragolpeamos es para castigar en las zonas blandas y quitarle piernas, si contratacamos es para descargar dos golpes, uno recto o jab y otro cruzado, dejarlo venir, salir enseguida sin prenderse ni darle distancia; después del 5° aceleramos y después del 8° atacamos, abrimos con la izquierda extendida y mandamos el derechazo cruzado si tenemos espacio, de lo contrario repetimos la izquierda y salimos ¿entendiste?”.

 

El sí de Roldán no era un sí entusiasta, ni enfático. Me pareció que lo aburría o que estaba ausente, con la cabeza en otro lado. Con el tiempo, mucho después, supe que estaba en otra cosa ya que antes de viajar se había separado y la despedida con su primera esposa fue traumática: “Acordate de mí por que le voy a pedir a la Virgen que pierdas…”, le dijo.

 

Subió sin convicción. En realidad de haber podido se hubiese ido sin pelear. Tan pronto comenzó el match hizo todo lo contrario a lo indicado: salió a pelearle desenfrenadamente, cayó dos veces en la vuelta inicial, una en la 2° y en el 4° metió enceguecido un cross de derecha que hizo zapatear a Hearns hasta tenerlo sentido, a un golpe del nocaut. En lugar de buscar espacio para obligarlo a caminar como se le había indicado se prendió tomando riesgos innecesarios y recibió el gancho que lo sacó de la pelea, de ese infierno y de tan temido momento. Al llegar a su camarín, llorando me confesó: “Se terminó la vida para mí”. Y no era porque había decidido colgar los guantes, era otra pena aquella que lo agobiaba, la misma que lo impulsó a rifar la pelea contra Hearns pues su corazón y su mente también habían perdido por nocaut.

El final de la campaña fue contra Michael Nunn en el Hilton de Las Vegas, otro campeón mundial contra quien Martillo consiguió el alivio final de no boxear más a cambio de 100.000 dólares.

 

Hoy, su rostro de luna llena expresa la felicidad alcanzada junto a Maria Elena, su mujer y la cuarentena de este tiempo –solo eso– le impide disfrutar de sus tres hijas y de sus seis nietos. Disfruta de su casa de San Francisco y alquila su campo de Freyre.

 

En los amaneceres con el primer rayo del día Martillo evoca al peoncito del tambo, al adolescente que no le tuvo miedo al oso, al joven que se emocionaba escuchando el boxeo por la radio, al muchachito que se fue del pago a la ciudad, al boxeador que conquistó al Luna Park, al soñador llegó a Las Vegas y se fajó de igual a igual con Hagler y con Hearns dejándole a esos monstruos la huella de su temible pegada.

 

No Martillo, no hubo carro de bomberos, ni cinturón de campeón; no hubo epopeya ni estoicismo, te faltó un golpe, un miserable golpe… Sos un recuerdo, un digno y agradable recuerdo. Pero hay paz en la redondez de tu cara buena, amor en la casa familiar y tranquilidad para dejar que llegue serenamente la vejez.

 

Todo valió la pena Martillo…

 

Archivo: Maxi Roldán