Había abandonado el ring y estaba radicado en Brasil, hasta que una noticia surgida en Europa lo hizo recapacitar. Es el último representante de la generación de grandes campeones de la Argentina, pero su reinado se vio opacado por las figuras más mediáticas de Carlos Monzón y Víctor Galíndez

Por Cherquis Bialo / Infobae

El boxeador es el llanto oculto de su niñez carenciada. La mayoría de ellos eligen serlo pues mientras dure el sueño de llegar “algún día” sus vidas son mejores, son más dignas.

Recuerdo con estimulante precisión la noche del 8 de octubre de 1976 en la cual Miguel Angel Castellini le ganó el campeonato del mundo de los pesos mediano junior al español José Durán en el Palacio del los Deportes de Madrid. Es que yo era uno de los que estaban junto a su mejor amigo, Víctor Emilio Galíndez, quien había peleado y triunfado en Johannesburgo tres días antes ante el sudafricano Kosie Smith en el Rand Stadium que lo ovacionó como nunca.

En el vuelo de Iberia entre Johannesburgo y Madrid –unas 12 horas– iba Galíndez para alentar a su inseparable amigo el Loco Castellini. También viajaban Tito Lectoure, el médico Roberto Paladino, varios colegas y quien sería el referí y uno de los tres jurados del combate, el sudafricano Stanley Christodoulou, el recordado árbitro de la Galíndez-Kates cuya ensangrentada camisa aún se exhibe en el museo del boxeo de Sudáfrica.

Qué maravilla fue ver pelear al Castellini de esa noche. Evoco sus desplazamientos simétricos, la mirada concentrada, los lanzamientos de preciso recorrido que provocaron la caída del español en la tercera vuelta, la estética de su perfecta anatomía, una respiración melodiosa y por fin su cabal sensación de saber por qué.

Ese nuevo campeón del mundo hallaba en medio del caos en el cual se había transformado el ring tras conocerse el fallo dividido, la razón a tanto esfuerzo, a tantos desencuentros, a tantas búsquedas y tantos conflictos. En el eufórico abrazo con el abanderado sobre el ring, su querido amigo Galíndez, dos lágrimas perforaron el blindaje de su alma. Parecía que algo grande comenzaba en la vida de Castellini; sin embargo y ya obtenido el título, algo terminaba… Allí estaba el chico que a los 13 años partió desde su Santa Rosa natal hacia Buenos Aires para aprender a boxear, sin dejar de volver siempre a su ciudad, siempre…

Levantaba el cinturón de campeón el chico que cada vez que iba a pelear a una provincia se quedaba un par de meses y peleaba por poco dinero como buscando refugio, contención, un hogar, amigos, afectos, amor. Tucumán, La Rioja, Bariloche fueron entre muchas las ciudades en la que realizaba tres, cuatro peleas para quedarse un par de meses y regresar a Santa Rosa, buscando siempre el anclaje final en el Luna Park.

No le resultó ni rápido ni fácil pues entre las cosas que debía hacer tenía que ayudarle a Monzón en sus sesiones de guantes. Siempre fue mi percepción que Castellini no lo quería a Monzón, no le gustaban algunas de sus actitudes, su manera de tratarlo. Fue por ello que cada vez que podía le daba mucha potencia a sus ganchos abajo, cuando hacían guantes durante algún entrenamiento.

— Eh, Loco, pará que te estás zarpando; estas pegando fuerte, mirá que el campeón soy yo…, le gritó más de una vez Monzón.

— Está bien, está bien Carlos, le respondía Miguel hasta el día siguiente en el cual volvía a castigarlo con el propósito de que no le pidan más que sea sparring de Monzón.

También rememoro en ese hombre pletórico de Madrid al lavacopas del barcito Ring Side, al pasajero del hotel Splendid Bouchard habitante de una pieza húmeda con baño general, al pibe sin sueños definidos, al adolescente a quien el boxeo siempre se le acercaba en las noches de hambre insatisfecho, al peleador itinerante que vaya a saber por qué –o por todo esto– apareció en San Pablo para pelear contra Edmundo Leite, le ganó por nocaut, se fue a Río, le gustó todo cuanto veía y se quedó. Sobre el ring del Palacio de los Deportes abrazado a Galindez y a Lectoure esquivando proyectiles y amenazas de un público hostil, nacía un nuevo campeón que no podía creer tanta gloria. Recordaría entonces lo que le pasó una madrugada en Copacabana a comienzos de los 70′ cuando el sol se desperezaba sobre el horizonte infinito del mar y él llevaba un año de placer, sin pelear:

“Vocé argentino, Carlos Monzón, campeao do mundo”, le informó un brasileño con quien se cruzó casualmente y ya de recalada en la mañana del 8 de noviembre, el día después del gran triunfo de Carlos sobre Benvenuti en Roma.

“Si Monzón es campeón del mundo, ¿por qué no podría serlo yo, si cuando le pegaba le dolía…?”, se preguntó el Castellini que ahora trabajaba de disc jockey en Río, tratando de reacomodar otra vez su vida.

Fue así como recomenzó todo sin dilucidar su dilema: ¿era él quien iba hacia el boxeo o el boxeo siempre le llegaba como un sentimiento inevitable?

Sea como fuere el nuevo campeón de aquella noche del 8 de octubre del ’76 tenía derecho a disfrutar su consagración pues habían quedado atrás 74 peleas viajando en ómnibus o trenes desde Santa Rosa o desde la Capital hacia todo el país hasta alcanzar carteleras estelares en Italia, Francia, Dinamarca y Puerto Rico. Merecía su gran noche como cierre a una etapa de la vida esforzada, a veces dura, otras conflictiva y siempre controversial.

Fue en París donde conoció a Omar Shariff, Jean Paul Belmondo y Alain Delon asiduos concurrentes a las grandes veladas de boxeo. Después del combate frente a James Marshall en París (1975) se hizo tan amigo de Delon que éste lo invitó a vivir por un tiempito en su mansión muy próxima a la Place Vendóme. Fue en tan lujosa casa donde Miguel se ocupaba de hacer asados en una parrillita portátil que ubicaban en el cuidado patio de la residencia. Inolvidables noches resultaron aquellas en las que tal como le ocurría con Monzón, el más bello galán francés de los 60’ y 70’ disfrutaba de tan cálido, cercano, incondicional y profundo afecto. Luego como habría de quedarse por un par de meses en Europa para seguir peleando, su amigo Delon a quien Miguel admira por su sencillez y ternura, lo ayudó a elegir el departamento que finalmente alquiló en París.

Al momento de finalizar aquella pelea –8 de octubre del 76′– el boxeo argentino era una potencia pues tenía a tres campeones del mundo: Monzón (mediano) , Galíndez (medio pesado) y Castellini (mediano junior). En tal contexto, Miguel resultaba el de menor desvelo mediático a pesar de dar las mejores y más claras declaraciones. Sus frases eran el producto de conceptos bien elaborados tales como: “El boxeo es ropa, zapatos, cama y comida. Pudo haber sido tan calificada definición aquello que lo perturbó la insólita noche del 5 de marzo del 77’ cuando Eddie Gazo, un cabo de la Guardia Nacional de Nicaragua, un mediocre boxeador, le quitó la corona en un marco de oprobio y vergüenza. El Estadio de Beisbol de Managua tembló al conjuro de disparos al aire de ametralladoras pues la mayoría de los espectadores eran miembros de las fuerzas de seguridad del dictador Anastasio Tacho Somoza. Uno de ellos se aproximó a la escalerilla de la esquina de Miguel en el descanso entre el 5° y 6° asalto y le gritó: “O te gana Gazo o te mato yo, carajo…”.

Castellini le ganó a Durán porque tenía un gran estado mental y físico. Y perdió frente a Eddie Gazo pues a pesar de su gran condición física careció de fuerza psicológica. Lo que reivindica otra de sus famosas frases: “Cuando el hombre piensa no puede ser boxeador”. Y esa pelea Miguel la pensó mucho… Por cierto que siguió peleando hasta 1980 y se tomó revancha de Gazo a quien noqueó en el 9° asalto en lo que significó su retiro del boxeo después de 99 peleas en 15 años de profesionalismo.

El amor por el boxeo puede continuar disfrutándolo pues hoy otros amores indestructibles siguen dentro suyo como el de su principal soporte, su esposa Karina y el de sus tres hijos Miguel Jr., Aldana y Maximiliano. En el verano de 2012 mientras se hallaba veraneando en la costa junto a su amada esposa Karina, Castellini padeció un ACV que hubo de reiterarse seis veces más. Por suerte tan brutal agresión a su cerebro no le restó las facultades del razonamiento ni de la memoria. Resulta milagroso comprobar cómo recuerda cada uno de los episodios de su vida y aunque los dice con la lentitud de un inevitable balbuceo, sigue sosteniendo su vocación:

“Mi gimnasio siempre fue para enseñar, contener y ayudar a personas que quisieran descargar tensiones, aprender a defenderse o mejorar sus cuerpos; nunca pensé en manejar boxeadores profesionales. Y fui el primero o uno de los iniciadores en la enseñanza del boxeo femenino cuando ni me imaginaba que llegaría algún día a tener la aceptación y la popularidad que tiene hoy; en realidad hace más de 20 años yo les enseñaba a las mujeres que venían a mi academia –empleadas, abogadas, ejecutivas, estudiantes, médicas– como defenderse y saber aplicar un buen gancho abajo. Lo mismo que con los hombres, la mayoría de ellos eran profesionales universitarios. Por cierto que si venía un boxeador a prepararse le ofrecía las instalaciones, pero sin involucrarme en el negocio del boxeo”.

Hoy y como consecuencia de las restricciones que impone el aislamiento social por el COVID-19 el gimnasio de Castellini ubicado en Viamonte 657 –pleno centro porteño- está cerrado y “herido de futuro”.

El pibe pobre, el adolescente iracundo, el joven rebelde, el hombre de contradicciones terrenales, el disc jockey ocasional, el boxeador exquisito, el pegador quirúrgico de las 99 peleas sigue estando allí en los posters, en las fotos, los trofeos, la campana del Luna, la nota de Cortázar y los guantes con los cuales Galíndez le ganó a Kates.

También deambulan en ese ámbito cálido y familiar los duendes de su rostro angular, sonriente, varonil y lozano, de sus prominentes bíceps esculpidos, de su abdomen pétreo y aquella fina cabellera de un claro castaño alcanzando el grueso cuello de gladiador romano.

Hubo un ayer y habrá un mañana, Castellini sigue peleando.

Fotos: Franco Fafasuli

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