A 44 años del crimen del boxeador argentino, el periodista que compartió buena parte de su carrera describe el espíritu del peso pesado de Parque Patricios. El triste final y la trágica coincidencia con el momento de gloria de su amigo

Por Cherquis Bialo / Infobae

  • Te juego a que me subo al trampolín y meo desde allí arriba-, desafió Oscar a José el único de sus cinco hermanos que siempre estaba con él.
  • ¡Estás loco,Titi! –así lo llamaban en esa época familiares y amigos-, nos van a echar a patadas en el culo…-
  • Qué me importa, que nos rajen, nos vamos a Huracán y entrenamos ahí…-
    El joven corpulento de tronco piramidal, bíceps pronunciados, abdomen esculpido, mandíbula angular y cuello de acero trepó la escalera rumbo al trampolín más alto, se bajó el traje de baño floreado y comenzó a orinar girando su cuerpo pendularmente hacia un lado y hacia el otro al tiempo que sonriente con su voz aflautada gritaba: “Hola, hola, soy Bonavena …de Patricios”.

Los padres azorados tapaban los ojos de niños y adolescentes mientras el guardavidas y varios bañistas indignados corrieron para agredirlo. No hizo falta pues Oscar Natalio Bonavena, el Titi o el Zurdo se arrojó a la piscina y al salir a superficie fue expulsado de San Lorenzo acompañado por un empleado que lo llevó hasta la puerta de la calle Inclán mientras varios socios le gritaban: “¡Y no pises nunca más éste club, sinvergüenza, atorrante!”. Fue de tal manera que Bonavena terminó su vínculo con Luis Galtieri, “El chiquito de Pompeya”, un ilustre campeón que brilló a comienzos del siglo veinte – tenía la licencia de boxeador profesional número 2 pues la 1 era la de Firpo- que lo había reclutado para enseñarle a boxear en el club de Boedo.

Fue así como Bonavena recaló en Huracán, su club, su casa, su parque, su estatua y se puso a las órdenes de los hermanos Bautista y Juan Rago. Fueron ellos quienes lo manejaron como amateur hasta llegar a ser campeón y representante argentino en los Panamericanos de 1963 en San Pablo. Pero en una pelea desfavorable, incómoda y friccionada le mordió la tetilla derecha a su rival el norteamericano Lee Carr; algo parecido a lo que 57 años después le haría Tyson a Holyfield cuando de un mordisco le seccionó la oreja. La sanción de la FAB consistió en retirarle la licencia. Y fue por ello que para hacerse profesional debió emigrar a Nueva York.

En 1964 realizó sus primeras 8 peleas de las cuales ganó 7 por nocaut y una por decisión unánime. Su nombre comenzaba a despertar interés en el Sunnyside de Queens y mucho más en el Madison. El esfuerzo de vivir junto a José en un departamentito y usar un ejemplar del New York Times para cubrirse el pecho en las gélidas mañanas del Central Park, valían la pena. Hasta que Zora Folley, un viejo zorro del ring le quitó el invicto y marcó la hora de regresar a Buenos Aires. Oscar Natalio Bonavena volvió al país en Febrero de 1965 como Ringo –en homenaje a su admirado Ringo Starr- dispuesto a ganar el campeonato de todos los pesos que poseía Gregorio Peralta.

Su primera presentación en la Argentina sería frente a René Sosa en el estadio Bristol de Mar del Plata. Ringo se compró un Valiant blanco y se fue con su esposa Dora y su pequeña hija Adriana. Pero a la altura de Dolores la niña se sintió atraída por un dulce corderito recién nacido, parte del rebaño que se hallaba pastando ávidamente muy cerca del alambrado. Bonavena detuvo su coche en la banquina, cruzó el alambrado, se puso en cuatro patas, tomó al corderito, lo llevó hasta Mar del Plata en el auto y lo alojó con la familia en una habitación del hotel Hermitage. Luego fue hasta un almacén, compró un sachet de leche y comenzó a alimentarlo con la mamadera. Obviamente el animalito tuvo una incontenible diarrea y el conserje quiso expulsar a la familia y al cordero tras mostrarle a Ringo el estado lamentable y nauseabundo en el cual se hallaban la habitación, las alfombras, los pasillos y los ascensores. “Es que la leche viene mal”, respondía Ringo a tantas recriminaciones. Finalmente el dulce corderito fue a parar a manos de unos transeúntes que no podían creer ni en el regalo ni en su oferente.

El triunfo contra Peralta alcanzó una enorme resonancia: marcó el récord de asistencia aún vigente del Luna Park con 25.236 personas que pagaron unos 13 millones de la época (equivalentes a 55.000 dólares) aunque en realidad se estima que ese 4 de septiembre de 1965 el estadio albergó a unas 30.000 personas.

El nuevo ídolo que nacía era un símbolo de la porteñidad, de su amado barrio de Parque de los Patricios al que quedó adherido simbióticamente. Pero además era osado, transgresor, locuaz, chispeante, simpático, temerario, exageradamente mediático, ocurrente, repentino, audaz, intuitivo e inteligente. Tales atributos lo llevarían a ser comerciante, showman, actor, cantante y hasta conductor de televisión. Sabía sobre sus limitaciones pugilísticas pero en su discurso apuntaba a lo más alto, una pelea contra Muhammad Alí . Y aunque para ello debiera pasar los filtros de los mejores como Joe Frazier o Jimmy Ellis, él les daba batalla con tal de llegar a enfrentar al más grande de todos los tiempos.

Fue así que en 1967 se anotó en un torneo para ocupar la vacante de Alí cuando éste fue sancionado por no ir a Vietnam. La primera pelea fue en Frankfurt ante el alemán Karl Mildenberger a quien derrotó ampliamente después de haberlo derribado. Dos días antes del match nos hizo una apuesta a todos los periodistas que fuimos como enviados especiales:

  • ¿ Quieren apostar algo a que me meto con el auto en el supermercado?- desafió con seguridad. Y aunque la respuesta fue “no” temiendo que sería capaz de hacerlo y pensando en el escándalo, Ringo se subió al Mercedes alquilado, invitó a su esposa Dora y cuando llegó a la ancha puerta del supermercado en Bad Soden -un pueblito distante 30 kilómetros de Frankfurt donde nos alojábamos- subió a la vereda, traspasó el límite de las puertas abiertas y comenzó a transitar con el Mercedes entre las góndolas.
  • Señor, ¿qué hizo? , le preguntó el primer policía al llegar.

-Perdón, no se leer en alemán… ¿qué?, ¿no se puede? -, respondió con intencionada ironía.

Tres meses después fuimos a Lousville, Kentucky, la tierra de Muhammad Alí. Un día antes de enfrentar y perder contra Jimmy Ellis se celebraba un casamiento en el hotel Sheraton, donde nos hallábamos hospedados. Eran cerca de las 10 de la noche y Ringo estaba tenso y aburrido. Fue entonces cuando Carlitos Blanco, un amigo de singular humor, bajó hasta el salón y pidiendo el micrófono les dijo a los invitados a la boda que Bonavena, el futuro campeón mundial, no podía dormir debido al ruido y a la música.

  • Entonces ya que no puede dormir que baje y se una a nosotros.-, sugirió el padre de la novia.

A los diez minutos vestido de boxeador con su bata blanca, sus botitas negras, su toalla roja, el rostro envaselinado, tela adhesiva en las cejas y los guantes puestos, Ringo se abrió camino entre los invitados que estaban vestidos de etiqueta y enfrentando a la novia en medio de un profundo silencio le preguntó: “¿Bailamos?” y al conjuro de un vals de Strauss, Bonavena vestido de boxeador y la novia con su largo e inmaculado atuendo fueron vivamente aplaudidos por todos los invitados. Más aún, el padrino nos pidió que nos quedáramos a disfrutar de la fiesta.

De aquella época de esplendor fueron surgiendo sus vínculos con la farándula, los rockeros, los empresarios de medios, muchas figuras del fútbol y hasta funcionarios gubernamentales. He aquí sólo algunos recuerdos:

  • Estaban cenando varios amigos en Los Años Locos de la Costanera. Bonavena estrenaba su Mercedes Benz Pagoda color cobre metalizado y el Bambino Veira había ido con su Fiat 600.

-¿Vamos a bailar a Mau Mau, Bambi?- lo invitó Ringo- dale, vamos en mi auto…- agregó.

-No, vamos cada uno en el suyo, sino ¿qué hago con el “fitito?- le preguntó Veira.

  • Metélo en el baúl del Mercedes, dale vamos…-, cerró el gracioso diálogo Bonavena.

La noche de bodas del entrañable “Tigre” Roberto Rimoldi Fraga con Estela María Lanusse, hija del General Alejandro Agustín Lanusse quien por entonces ejercía la presidencia de la Nación, el novio introdujo socialmente a Ringo:

  • Señor Presidente –dijo dirigiéndose a Lanusse- le presento a Oscar Bonavena, un gran amigo-, expresó ceremoniosamente Rimoldi en la residencia de Olivos .

Y Ringo estrechándole la mano le dijo a Lanusse: “Jefe, jefe…con su pinta y mi guita la que podríamos hacer…”-, ante los azorados Alfio Basile y el doctor Roberto Paladino, sorprendidos testigos de la situación.

Conseguir la pelea contra Muhammad Alí fue producto de su ingenio y de su perseverancia, pues cuando aquel regresaba a los rings tras dos años de ausencia por sanción, Ringo empezó a “fabricar” el combate desde los medios argentinos que publicaban lo que él les pedía: “que era Alí quien quería enfrentarse con Ringo”. En tal sentido quien más lo ayudó fue el querido y recordado Héctor Ricardo García, padrino de su hijo Natalio –hoy contador y dedicado a negocios del campo– ya que tanto Crónica, como canal 11 o radio Colonia, sus medios, no dejaron de dedicarle espacio todos los días a la pelea entre Ringo y Alí cuando ésta aún no existía.

Una vez lograda el ansiado enfrentamiento contra Alí y ya en sentado en su asiento de la clase Turista rumbo a Nueva York se sospechó que repitió una maniobra llevada a cabo cuando realizó su primer viaje en 1963 y era un total desconocido: hizo anunciar –un probable llamado anónimo- que había una bomba en el avión para convocar a todos los medios que “de paso” anunciarían más enfáticamente su viaje con la “correspondiente” nota. Sus compañeros de viaje –Tito Lectoure, el doctor Paladino, el profesor López Aguilar entre otros – siempre afirmaron que el único pasajero que no entró en pánico al momento de evacuar el avión fue Bonavena…

La actuación frente a Alí fue lo mejor de su carrera. Esa noche en el MSG -7-12-70- fue guapo, determinado, veloz, arriesgado, irrespetuoso ante la magnitud del rival y ofreció un combate digno e inolvidable. Perdió en el último round por llegar una milésima de segundo tarde a un cruce propuesto por él mismo. Y no contó además con un árbitro imparcial pues Tony Perez permitió que Muhammad se quedara esperando que Ringo se levantara sin regresar a un rincón neutral. Fue así como le provocó la tercera y definitiva caída. Todo cuanto luego le importó a Bonavena fue querer saber si había estado a la altura pues exhausto, con los ojos hinchados, las cejas abiertas y las manos en un grito de dolor nos preguntaba y a la vez se respondía: “Estuve guapo, ¿no?”. Fue así como cruzamos la 8va Avenida hasta alcanzar el ingreso al hotel Statler Hilton rodeados por un centenar de argentinos emocionados a quienes no les importaba ni el frío ni la nieve; sólo fueron para apoyar a Bonavena. Lo mismo ocurrió en nuestro país pues esa pelea batió un récord de audiencia jamás igualado en la historia de la televisión argentina: el rating de ese combate fue 79.1.

Sus célebres frases comenzaron a popularizarse: “Todos te aconsejan, todos te dicen cómo tenés que hacer pero cuando suena la campana te quedas solo y te quitan hasta el banquito…”. O esta otra también muy recordada: “ La experiencia es un peine que te regalan cuando te quedas peleado” .

Después de aquello Ringo perdió los sueños y se quedó con el oficio. Ya habían pasado en contacto con su piel, su aliento y su sudor los más grandes pesos pesados del mundo de dos generaciones: desde Joe Frazier hasta Muhammad Alí. A partir de entonces peleó para sobrevivir y hubo un combate frente a Floyd Patterson –otro enorme ex campeón del mundo- en el cual mostró un extraño comportamiento; acaso demasiado manso, aplacado.

Unos días antes de ese combate, Ringo y su equipo habían ido a comer a un famoso restaurante argentino en Nueva Jersey. Era domingo y ya cerca de las 5 de la tarde el regreso a Manhattan se demoraba pues costaba mucho alcanzar el George Washington Bridge para cruzarlo. Fue así que un kilómetro antes de llegar al puente Ringo se tiró a la banquina en el New Jersey Turnpike con el propósito de pasar coches y ganar tiempo. En menos de un minuto apareció un patrullero de la policía de NYPD con sirena y luces en funcionamiento. Fue cuando Bonavena le pidió a su técnico Baustista Rago que se hiciera el dolorido, como que se sentía muy mal. Rago se resistió pero Ringo no le dio tiempo a nada pues les explicó a los oficiales quien era y que su manager estaba muy dolorido, probablemente con peritonitis.

Los oficiales llamaron de inmediato a una ambulancia que llegó en un minuto, mientras Rago quería desmentir todo y Bonavena lo empujaba hacia el respaldo del asiento trasero para que cerrara la boca. Se agregaron dos motocicletas de tránsito y rápidamente Rago fue trasbordado a la ambulancia mientras el coche de Ringo ya tenía quien le abriera paso (las motos) y quien lo escoltara (el patrullero).En poco minutos Bautista Rago quien insistía en ponerse de pie fue puesto en una silla de ruedas que lo esperaba en la puerta del N.Y Presbysterian Hospital donde a pesar de los insultos quedó internado toda esa noche. El chiste de querer avanzar por la banquina y mentirle a la policía le costó a Ringo unos 6.000 dólares más el enojo de Bautista Rago a quien estuvieron chequeando toda la noche con estudios y análisis innecesarios. Por suerte “no tenía nada”.

El contrato que lo llevó a la muerte se lo firmó Ringo a un empresario puertorriqueño llamado Joe Montano en Noviembre del 75’ por 20.000 dólares. El tal Montano luego le transfirió ese contrato a un mafioso llamado Joe Conforte, dueño del prostíbulo Mustang Ranch de Reno, Nevada. Ese despreciable negocio estaba a nombre de Sally Burgess de Conforte esposa del mafioso quien por juicios y otras cuestiones pendientes no podía poseer bien patrimonial alguno. Fue la señora Conforte quien protegió a Bonavena cuando se presentó el primer problema entre el boxeador y su marido. Es que a Ringo no le gustó la experiencia de pelear contra Al Joyner –a la postre su último combate – con el ring rodeado de mesas con comensales borrachos, prostitutas casi desnudas, fumadores de habanos y marihuana, meseras en bikini y que cualquiera de ellos arrojara comida sobre el ring. Fue por ello que Bonavena quiso romper ese contrato y eso marcó el comienzo de su tragedia.

Sally siempre quiso proteger a Bonavena y para que lograse su documentación norteamericana ante cualquier contingencia lo hizo “casar” con una de sus chicas: Cheryl Anne Rebideaux de 24 años. Una mujer rubia cuyo nombre “artístico” era Daisy. Esta despampanante criatura era además – y nada menos- la novia de William Ross Brymer, el guardaespaldas personal de Joe Conforte. Brymer había sido boxeador profesional, visitó levemente algunas prisiones por “amenazas a una mujer”, “tenencia de narcóticos” y “asalto a mano armada”. No veía del ojo derecho a raíz de un desprendimiento de retina, siempre estaba armado, odiaba a Ringo y una vez haciendo guantes quiso sobrepasarse hasta que Bonavena le metió un cross de izquierda y lo puso nocaut. Esto aumentó su indisimulado rencor. Además Brymer había recibido la orden expresa de Conforte de no permitirle nunca más la entrada a Ringo, ni que se acercase a Sally. Tanto él como John Coletti, el otro guardaespaldas del capo mafia, tenían “luz verde” para matarlo.

Pasada la medianoche del 21 de mayo de 1976 Bonavena estaba jugando en el Casino Harrah’s. Fue allí donde recibió un llamado telefónico, se trataba de una provocación; finalmente de una trampa. Tenía todo programado para regresar a Buenos Aires la noche siguiente, la del 22 de mayo de 1976 (el día que lo asesinaron) en Aerolíneas Argentinas, vía Los Ángeles y así se lo había anunciado a su esposa Dora. No obstante e increíblemente entre las 6:15 y las 6:30, según el Sheriff Bob De Carlo y tras aquella llamada, Ringo salió velozmente en su auto Chevrolet, modelo Montecarlo Coupe 75′ color caramelo, desde el Harrah’s hacia el Mustang Ranch. Su amigo el Gordo Morales- con quien viajó y compartió la casa rodante que les servía como vivienda- había desaparecido de “los lugares que solía frecuentar” luego de la señal mafiosa que convirtieron en cenizas sus objetos personales y los de Ringo quien había quedado solo y sin su pasaporte.

-Eh, oigan bien ustedes, estúpidos guardaespaldas de cuarta, voy a entrar de cualquier manera- amenazó Ringo desde la calle frente a la puerta del Mustang Ranch, sabiendo que alguien le apuntaba desde lo alto.

  • Te conviene irte amigo- le respondió John Coletti, desde una amplia mirilla de la puerta principal.

No hubo tiempo para más. William Ross Brymer con una escopeta Remington 30-08 le disparó desde lo alto y una de esas seis balas atravesó el corazón de Ringo.

Simultáneamente, cuando en Johannesburgo eran las 16:30, una veintena de argentinos, conmovidos por tan trágica noticia, nos juramentamos no decirle nada a Víctor Emilio Galíndez. Esa noche, después de una de las peleas más tremendas y sangrientas que recuerda la historia del boxeo mundial, Galíndez ponía nocaut en el último minuto del 15° asalto a Richie Kates reteniendo su corona mundial de los medio pesados.

Recién cuando el doctor Clive Noble le cosía una profunda y longitudinal herida en su arco superciliar derecho sin anestesia, nos animamos a contarle que su amigo e ídolo, Oscar Ringo Bonavena había sido asesinado en la puerta del Mustang Ranch de Reno, Nevada. Ese dolor fue el verdadero e insoportable dolor de Galíndez. Y el de todos.

Una semana después de su muerte -el 29 de Mayo de 1976- llegó el cuerpo de Bonavena a la Argentina tras febriles gestiones en el más alto nivel oficial: Presidencia, Cancillería, Embajada, Consulados. El féretro solo permitía ver la parte del rostro ante el cual desfilaron más de 120.000 personas entristecidas, acongojadas…Fue la despedida más numerosa que se recuerde –superando a la de Gardel- ya que la fila siempre mantuvo la manzana del Luna Park abigarrada; se ingresaba de a uno por la calle Bouchard, se llegaba hasta el féretro en el medio del estadio y sin detenerse cada persona salía por la avenida Madero.

En el cortejo final de la despedida, las lágrimas acallaron las palabras y dejaron de juzgarlo; Ringo Bonavena ya era un mito.