Alí cambió el paisaje de los afromericanos en Estados Unidos, contribuyó a construir gran parte de su orgullo, denunció el racismo con su lengua afilada, tan efectiva como su juego de piernas.

Muchos aficionados se habrán acercado otra vez a la figura de Michael Jordan después de ver The Last Dance. El mito estaba lleno de dobleces, pero esa historia era para adultos. Recuerdo los nervios de Pau Gasol, uno de sus mayores fans, cuando se enfrentó a él por primera vez en 2001. Casi no pudo dormir.

Hace unos días, Pau comentó que en aquel primer partido entre sus Grizzlies y los Wizards de Jordan se comportó “como un espectador más que como un rival”. También dijo que su ídolo “no pretendía ser un ejemplo para nadie”, que “no era perfecto” y que convenía “desmitificarle”. Tiene gracia viniendo de él. Pero es cierto.

Les propongo algo, si me permiten. Vean Yo soy Ali, en Movistar. Y quizá entenderán porque Muhammed Ali fue mucho más grande que Michael Jordan, siendo la suya una pelea de dioses. Posiblemente no haya otros deportistas estadounidenses de su dimensión. Solo Babe Ruth, la leyenda del béisbol, un personaje tan mitificado como ellos, podría entrar en ese debate. Lo que les distingue a ambos, sin embargo, tiene poco que ver con los títulos y sí con la vida más allá del deporte. Porque la grandeza no solo se construye compitiendo…


Ali fue campeón del mundo de boxeo, un genio polémico e insolente. Era tan irreverente como magnético, un trueno dialéctico. Colérico y grandilocuente, resultó un referente para su comunidad cuando América era mucho más blanca que ahora. Le puso voz a las reivindicaciones de su gente, pero no con marchas pacíficas.

Se negó a ir a la Guerra de Vietnam “porque para defender aquí a mi país, lo que quieran, pero para matar inocentes, no cuenten conmigo”. Le retiraron la licencia deportiva y perdió, posiblemente, sus mejores años en el boxeo. ¿Y? A él, en los 60, ya le importaba la vida de los negros.

Su liderazgo trascendió el deporte, de tal manera que a Muhammad ya no se le medía por sus victorias o sus derrotas, sino por lo que transmitía, por su capacidad para servir de inspiración en la transformación social. Alí cambió el paisaje de los afromericanos en Estados Unidos, contribuyó a construir gran parte de su orgullo, denunció el racismo con su lengua afilada, tan efectiva como su juego de piernas. Picaba como una abeja… Se ganó no pocos enemigos. Le dio igual.

Michael Jordan pudo haber recogido el testigo para continuar con una lucha que seguimos viendo imprescindible. Pero solo se mostró tenaz en la cancha. Ganó seis campeonatos con los Bulls, dominó el baloncesto como nadie, creó una industria muy lucrativa con su nombre y voló como un ángel para dejarnos recuerdos imborrables. Quiso ser el mejor en todo lo que hacía. Pero nunca se implicó en nada, salvo en la misión de la victoria y la venta de zapatillas. Un adolescente negro le podría haber dicho, “Michael, ¿qué hay de lo nuestro?” La gran pelea no estaba en el baloncesto ni en el ring.

Fue un feroz competidor que descuidó otro partido quizá más importante. Su dejación de funciones como icono resulta inasumible. Acaba de donar 100 millones de dólares a organizaciones benéficas para la lucha a favor de la justicia racial, la integración social y el acceso a la educación. 

Lo ha hecho cuando medio Estados Unidos está patas arriba a raíz de la muerte (asesinato) de George Floyd. Le honra. Nunca es tarde para meter en la lavadora la imagen de uno. Aún le queda mucho, sin embargo, para representar lo que fue Ali, el auténtico héroe americano, el deportista más grande de la historia.

Jesús Sánchez / Marca