El Luna Park fue, durante años, el termómetro indiscutido. Nicolino se dio el gusto de llenarlo; Monzón fue admirado, pero jamás lo llenó; Bonavena fue muy criticado en sus comienzos, pero se consagró cuando peleó con Alí.

Por Carlos Irusta / ESPN

EL ÍDOLO no se discute. Es amado y se le suele perdonar todo. Se lo acepta como es, única condición para ser idolatrado. En México, el gran Julio César Chávez es el número uno. No hay discusión. Tanto como seguramente lo es Roberto Durán para los panameños, o Antonio Cervantes, “Kid Pambelé” para los colombianos.

La anécdota cuenta que en una reunión de altas personalidades fue invitado Gabriel García Márquez para recibir una distinción. Con todo el público reunido, se produjo un murmullo a la entrada desde el salón. Y Gabo, en el sitio más destacado de la reunión, se puso de pie y dijo:

-Señoras y señores… Ha llegado el colombiano más famoso… ¡Kid Pambelé!

El ámbito estalló en una prolongada ovación.

¿Y qué ocurre en Argentina?

Justo Suárez el Torito de Mataderos, fue ídolo indiscutido de todas las clases sociales. Humilde, con una sonrisa gardeliana y un estilo aguerrido y callejero, con poca escuela pero con un corazón enorme, capturó de inmediato a todos. Se escribieron tangos sobre su figura (“De Mataderos al Centro/y del Centro a Nueva York”) y convocó multitudes.

Cuando en 1930 enfrentó a Julio Mocoroa –un boxeador catedrático, elegante, de alta escuela, en las antípodas pugilísticas de Suárez-, el país se dividió en dos: pelearon en el viejo estadio de Avenida del Libertador y Tagle, ante 40.000 personas, récord que se mantuvo durante años, hasta la pelea entre Maravilla Martínez y Martin Murray de 2013, con una cantidad muy similar, pero nunca oficializada.

Para el choque Suárez-Mocoroa se paralizaron las rotativas para hacer ediciones especiales sobre el resultado de la pelea. Ganó Suárez, y se consagró campeón argentino de los livianos. Julio Cortázar lo inmortalizó en su famoso cuento “Torito”.

Como decía su manager, Pepe Lectoure: “Tenía una sonrisa que valía un millón de pesos”. En la época en que el fútbol profesional aun no existía en Argentina, fue la principal figura deportiva. Tuvo un final joven, solitario y enfermo. Murió a los 29 años.

José María Gatica, llamado “El Mono” por los que lo odiaban y “El Tigre” por quienes lo amaban, se cansó de llenar el Luna Park. “Era desmañado, fuerte, agresivo, se agachaba y te pegaba sobre tus errores, un animal”, nos contó alguna vez uno de sus rivales, Ítalo Aldrovandi.

Su rivalidad con Alfredo Prada, en la década de los 50, dividió en dos al país, como es ya costumbre de los argentinos. “En plena época del General Perón, los que estaban a favor del General iban a la popular, eran las clases menos pudientes. Ellos amaban a Gatica”, nos dijo Alfredo Prada. “El ring side, donde estaban los anti peronistas, me eligió a mí para que le ganara y se hicieron mis fervientes seguidores… una forma de tomarse desquite… ¡Pero sucede que en realidad, yo era más peronista que Gatica!”. Aquellas peleas fueron carnicerías con mandíbulas rotas, dientes arrancados y, en total –incluyendo combates como aficionados y profesionales- con 3 victorias para cada uno.

Gran amigo de Eva Duarte, Gatica fue un personaje mítico. Aquella frase suya a Juan Domingo Perón, “Mi General… Dos potencias se saludan” pasó a la historia. Más allá de su crueldad en el ring y de algunas derrotas poco gloriosas, sintetizó la parábola: origen muy humilde-ascenso-gloria-caída. Tras ser arrollado por un ómnibus, murió a los 38 años.

Nicolino Locche llegó en los años Sesenta y también se dio el gusto de llenar al Luna Park, sin importar con quién peleaba. Burlón, disfrutaba de los errores de su rival y la gente, lo ovacionaba de pie. No subía a pelear, sino a divertir a la gente, haciendo honor y gala a su apodo: “El Intocable”.

Se entrenaba poco y mal, se dormía antes de las peleas, fumaba todo el tiempo y desparecía misteriosamente de las concentraciones. Un inconsciente total, un talentoso. El público de Buenos Aires amó sin discusiones sus desobediencias permanentes. Aunque hoy se discuta su estilo, pocos llenaron el Luna Park únicamente para verlo ganar… Y divertirse, mientras el grito “Ni-co-li-no… Ni-co-li-no”, estremecía el cemento. Se retiró con una campaña de 136 peleas con solamente 4 derrotas. Murió a los 66 años.

El Luna Park fue, durante años, el termómetro indiscutido cuando todavía la televisión no era el gran contrapeso de los estadios como única manera de ver a un boxeador. Aquí tres ejemplos.

Horacio Accavallo, campeón mundial de los moscas en 1966, fue siempre un imán por su carisma y espectacular estilo de boxeo. Horacio Saldaño siempre bajó ovacionado, aun perdiendo: brilló hasta mediados de los años 70. En cambio, a Juan Domingo Roldán se le exigía si o si, la victoria por nocaut. Y nadie querìa perderse sus peleas. Fue el único a derribar oficialmente con cuenta a Marvin Hagler, 1984.

Hasta que apareció un nombre, cuando ya el Luna Park cerraba sus puertas al boxeo (1987) y el boxeo se convertía ya en una actividad básicamente televisada.

Jorge Fernando Castro, alias “Locomotora” o “El Roña” llegó a Buenos Aires desde su Caleta Olivia con una frase: “Yo lo voy a hacer abrir las puertas de nuevo”, aseguró y cumplió, en 1989, cuando noqueó al “Puma” Arroyo.

Desenfadado, mediático, hablador, enemigo del gimnasio, también él subía al ring con un estilo callejero, lejos de los formales manuales del boxeo.

En los tiempos modernos, Castro no solamente reabrió el Luna Park. Peleó con todos. Siendo un peso welter, se enfrentó a un crucero como Vasily Jirov o el cubano Juan Carlos Gómez, a un mediano como Roy Jones –quien hasta ese momento siempre había ganado por nocaut, pero que no pudo con Castro- y hasta dos veces con el gran Roberto “Manos de Piedra” Durán, ante quien ganó y perdió en 1997.

Llamado “El Maradona del boxeo” tiene en su haber la victoria más dramática del boxeo argentino. En 1994, Con el rostro desfigurado y sangrante, iba perdiendo de lejos con John David Jackson en Monterrey, México. El árbitro sudafricano Stanley Christoudolou fue a la esquina: “Voy a parar la pelea”. El argentino Luis Spada casi le suplicó: “Dele solamente un round más, por favor, un round más”, mientras Castro con la boca destrozada, asentía con la cabeza.

Y en ese round, el noveno, Castro sacó “La mano de Dios”, derribo tres veces a Jackson, retuvo su campeonato mediano WBA y se robó el show en donde también pelearon Julio César Chávez y Tito Trinidad.

Sí, Castro nunca eligió rivales, nunca esquivó a nadie y se retiró con 144 peleas, de las que ganó 130, perdió 11 y empató 3, con 90 KO a su favor. Un monstruo.

¿Y Lausse? ¿Y Monzón? ¿Y Firpo? ¿Y Bonavena? ¿Y Pascual Pérez? ¿Y Galíndez?

Las preguntas son muchas, como para escribir más de una nota.

Eduardo “K.O.” Lausse triunfó en los Estados Unidos y estuvo a un paso de pelear por el campeonato mundial mediano. Fue un ídolo de toda una generación en los años 50, considerado un campeón sin corona.

Carlos Monzón fue admirado, pero si el Luna Park era el termómetro en su época, jamás lo llenó, salvo cuando peleó como campeón del mundo.

Luis Angel Firpo es el padre del boxeo argentino, el número uno, el primero, el que tiró a Jack Dempsey fuera del ring, pero fue más mediático que carnal: el público argentino lo veía más en las películas de sus combates que en persona.

Oscar Bonavena fue muy criticado en sus comienzos, por sus desplantes y sus desafíos grotescos. Se consagró ante el público definitivamente en su derrota con Muhammad Alí. Sin duda, un ícono, más que un ídolo, aunque está muy cerca del podio.

Víctor Galindez fue un favorito del público, especialmente tras su gran victoria, ante Richie Kates en Sudáfrica (1976) pero careció del carisma necesario.

Pascual Pérez fue campeón olímpico y mundial, pero hizo casi toda su campaña de campeón en el extranjero. Respetado y admirado por sus grandes condiciones de boxeador, pero hasta ahí llegó su popularidad.

Hoy, aparecen figuras muy queridas por el aficionado, sin dudas: Marcos “Chino” Maidana y Lucas Matthysse. Sergio “Maravilla” Martínez es admirado, pero no hizo su mejor campaña en Argentina, sino viviendo en Madrid.

El recorrido anterior no responde a otra pregunta: ¿Quién fue el mejor boxeador de la Argentina? Eso quedará para otra oportunidad.

Y como además, quedan muchos nombres para analizar, tal vez sea el momento de quedarnos con esta lista, y evocar a un maestro de periodistas, como el gran Félix Daniel Frascara”, quien dijo una frase evocando a Justo Suárez que bien podría referirse a Gatica, Locche o Castro: “NO HABRÁ OTRO IGUAL”.