Pocos deportistas en la historia de Mar del Plata se destacaron tanto como el ex campeón mundial de boxeo fallecido en 1997. Unos manuscritos que dejó a sus hijos antes de morir serán editados y publicados próximamente. En esta nota, la cronología policial de un hombre que el próximo mes cumpliría 65 años.

Por Bruno Verdenelli – La Capital Mar del Plata

El hombre es aún en vida su espectro. Camina por la plaza Mitre con la frente baja, mientras esquiva la mirada de quienes lo reconocen con desdén, y a pesar del impiadoso tiempo. Se detiene en el sector donde un grupo de chicos juega a la pelota. Allí se siente a salvo del dedito juzgador cuando uno de ellos, que también se da cuenta de quién es, arroja al viento sus palabras de asombro: “¡Uby! ¡Uby Sacco! ¡Grande campeón!”, le grita, pudiéndole robar por fin una leve sonrisa a su rostro desencajado.

El recuerdo que tiene el hoy periodista y escritor Rodolfo Palacios de aquellos encuentros ocasionales con el mejor boxeador que tuvo Mar del Plata resulta ambivalente. Por un lado está la admiración que le despertaba de niño y aquellos diálogos inocentes que ahora revive en su memoria. Por el otro, lo invade la bronca de haber comprendido, tarde, ya de adulto, la gravedad de los inconvenientes que aquejaban a su ídolo de aquel entonces.

Próximamente, Palacios será el encargado de darle forma a un libro que narrará la vida de Ubaldo Néstor Sacco, uno de los deportistas más destacados que dio la ciudad. El trabajo del autor de “Conchita” y “Sin armas ni rencores”, entre otros, consistirá en editar los manuscritos que el propio boxeador les dejó a sus hijos Lorena y Sebastián para que conocieran sus verdades, pasiones e impotencias cuando estuviesen en edad de hacerlo.

Para eso, el periodista y escritor también recurrió al archivo de LA CAPITAL, que siguió de cerca la carrera de Sacco desde sus inicios, a mediados de los ’70, hasta su presuroso final y su posterior fallecimiento, en 1997. Si bien el trabajo editorial no tiene fecha de publicación, se supo que el mismo llevará la firma del ex campeón mundial: será una especie de autobiografía post mortem.

La gloria y la caída

El camino de Sacco hasta la cima no fue el del común de los boxeadores, plagado de hambre y sacrificio. De alguna manera, Uby siempre supo que llegaría. Su padre, Ubaldo Francisco, también había sido un reconocido púgil y su trabajo posterior como entrenador le había dado a su familia una posición socioeconómica de clase media. Como si fuera poco, todos los que observaban al pequeño en el gimnasio (cuando se le ocurría presentarse a entrenar) sabían que era dueño de un talento descomunal. Podía hacer bien cualquier deporte. Desde natación, hasta fútbol o bowling… Pero la sangre tiró más.

Así, de las veladas en el Palacio de Deportes al colmado Luna Park y las notas para El Gráfico hubo un paso. Y a la gloria ineludible con masiva caravana de recibimiento a la Municipalidad otro más, consumado la noche del 21 de julio de 1985, después de un primer intento a mediados de 1984. Pero así como subió, bajó: rápido. Uby Sacco vivió rápido.

Desde el balcón de la Municipalidad, el campeón muestra orgulloso su título mundial ante una multitud que se había reunido para darle la bienvenida a Mar del Plata

“Si mi hijo se hubiera entrenado 15 minutos a Patrizio Oliva lo mataba”, dijo a la prensa Ubaldo padre, tras la derrota del 15 de marzo de 1986 en Montecarlo. A sólo ocho meses de la paliza a Gene Hatcher -quien le había “robado” la primera pelea por el cinturón un año antes- y la consagración en el casino de Campione D’Italia, su título mundial ya era cosa del pasado.

En ese entonces se lo acusó de vago. Pero lo que nadie dijo y todos sabían es que Uby estaba enfermo. Era adicto a la cocaína, lo rodeaban las “malas juntas” y su carrera estaba acabada. Juan Carlos “Tito” Lectoure, quien lo había llevado de su mano hasta lograr el cinturón internacional de la AMB en la categoría welter junior, se había cansado. Ya no le tenía la paciencia de antes y poco después de la derrota se alejaría definitivamente.

La debacle aconteció estrepitosa. En la madrugada del sábado 9 de agosto de 1986 una redada en el pub “Strauss”, de Mendoza y la costa, signó su suerte: la policía lo detuvo junto a otros parroquianos con varios gramos de cocaína. Si los 10 años anteriores podían haber parecido un sueño, los 10 siguientes serían una pesadilla.

La noticia fue una bomba nacional. Si bien Uby ya había protagonizado hechos extradeportivos por los que incluso era criticado (dos choques de automóviles; uno derivó en polémica y causa penal), que lo apresaran con droga no entraba en la cabeza de nadie. Encima, la policía descubrió también que circulaba en un Renault 18 robado de la Capital Federal y cuya cédula verde había sido adulterada.

Por ambos hechos estuvo preso varios días y debió ser trasladado a Buenos Aires con las esposas puestas a bordo de un avión de Aerolíneas Argentinas, para declarar en el marco de la causa formada por el hurto del vehículo. Finalmente, su abogado Carlos Frías consiguió que abonara una fianza de 1.000 australes y luego saliera en libertad.

“Esta ha sido una pequeña pesadilla en la que yo soy el culpable principal y esperemos que de aquí en más todo salga bien”, decía Uby a LA CAPITAL. Prometía un cambio, un tratamiento, más afecto de parte de su familia y de su primera mujer, Inés Rocha, además de tomar distancia de un entorno que lo perjudicaba. Era la primera vez que se hacía pública su adicción, la cual en verdad arrastraba desde los 14 años, cuando probó la marihuana.

Sin embargo, el tiempo de la esperanza fue escaso: el 11 de septiembre de 1986 volvió a caer con drogas en una confitería porteña ubicada sobre la calle Corrientes al 1600. Otra vez una fianza de poca monta (50 australes), la libertad y la vuelta a Mar del Plata. El boxeo ya había quedado atrás.

Épocas de persecución

La perspectiva ochentosa respecto del uso de drogas era muy diferente a la actual. Al adicto se lo perseguía y se lo detenía; no existía la justificación de la posesión de una baja cantidad de estupefacientes para consumo personal. Inclusive, el individuo que había caído en aquel flagelo era investigado como si fuera un narcotraficante.

Eso fue lo que ocurrió con Sacco. En octubre de 1986 el gobierno bonaerense dio a conocer que tanto Uby como el ciclista Marcelo Alexandre eran sospechosos de integrar una red de tráfico de narcóticos. Jamás se pudo probar semejante infamia.

Pero la conducta del ya ex campeón mundial no hacía más que empeorar las cosas. El 3 de febrero de 1987 el personal del área de Toxicomanía de la policía, a cargo del subcomisario Hermes Acuña, volvió a detenerlo con cocaína en un departamento de Colón y Santiago del Estero. Esta vez, Uby juró que era inocente de los cargos de los que nuevamente lo acusaban, pero el juez Eduardo Pettigiani le dictó la prisión preventiva.

Un mes más tarde, la Justicia local lo sobreseyó en la causa por el hallazgo de drogas y armas en “Strauss”, pero la porteña lo procesó por el hurto del automóvil. Poco después recuperó la libertad y hubo un tiempo en el que no se supo nada de él. Hasta febrero de 1989.

Nunca trascendió el motivo, aunque algo es seguro: debe haber sido insignificante el entredicho entre Uby y el mozo Julio César Salet, al que el ex campeón mundial golpeó violentamente en un bar marplatense. Fue suficiente para que la policía volviera a detenerlo y la Justicia ordenara su alojamiento en el penal de Batán.

Aquel verano quedó para la historia carcelera vernácula porque fue el lapso en el que coincidieron dos ex monarcas argentinos en prisión: Sacco y Carlos Monzón, quien se hallaba preso por haber asesinado un año antes a Alicia Muñiz. A pesar de que estuvieron en pabellones distintos, y se dice que jamás llegaron a cruzarse, se trataba -y todavía se trata- de una situación inédita a nivel mundial.

Como si fuera poco, el día que Uby quedó tras las rejas otros dos famosos protagonizaban una visita a los reclusos: León Gieco y Víctor Heredia se encontraban en el penal para dar un recital, y el ex campeón estaba demolido anímicamente, al punto tal que la prensa buscaba entrevistarlo y él había rechazado rotundamente las visitas.

En suma, el ex jefe del Servicio Penitenciario Bonaerense a nivel local, Silverio Fernández, declaraba ante los periodistas que Uby se había negado también a la extracción de sangre para determinar -como era rutina- si era o no portador del virus del SIDA, lo que terminaría por provocar su muerte mucho después.

Los ’90 y el final

La década siguiente se inició con el ex campeón mundial de nuevo en libertad condicional, la cual se terminó en febrero de 1991 con otra detención en un pub de la calle Alvarado. ¿La causa? Tenencia de drogas otra vez, y sospecha de comercialización que tampoco fue probada.

Tras ocho meses detenido, Uby escribió una carta abierta al periodismo en la que manifestaba toda su bronca por la carrera que había dilapidado y reclamaba salir de la cárcel, mientras fundamentaba que hacía un año y cuatro meses que no consumía cocaína. También contaba que se había casado con su nueva mujer, Patricia Ferrarese.

En enero de 1992 la visión de la sociedad sobre las adicciones comenzaba a modificarse. En parte, el cambio se debía a que la misma enfermedad que sufría el ex boxeador aquejaba también a Diego Armando Maradona, y sus problemas personales ya habían tomado estado público.

Fue entonces que Uby recibió asistencia y terapia especial de parte de la Secretaría de Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico. En un encuentro con su titular, Alberto Lestelle, recibió al periodismo y hasta se animó a darle un consejo de amigo al Diez: “Que no sea omnipotente y se deje ayudar”, sugirió.

Pero en febrero siguiente sufrió otro revés: el entonces juez federal Jorge Ferro y su par provincial, Pedro Federico Hooft (tras el pedido del fiscal Eduardo Alemano), unificaron las condenas de Sacco por las causas de “Tenencia de estupefacientes” y “Lesiones” en perjuicio de Salet y lo sentenciaron a 3 años y 4 meses de prisión.

Otra vez el ánimo del ex campeón se vino abajo y entonces confesó que pensaba en suicidarse. También suplicó al presidente Carlos Saúl Menem que lo indultara y adelantó que apelaría el fallo de los magistrados.

En marzo de 1993 Uby recuperó la libertad y anunció que se radicaría en el exterior “cinco o seis años” para volver al boxeo y recuperar el título. “La gente me trató muy mal… La ciudad es la más linda del mundo, pero la gente que vive en ella es el problema, porque es jodida”, dijo a LA CAPITAL, a la vez que denunció una persecución en su contra por enésima vez.

“¿Si pelea Foreman por qué no yo?”, se animó a sí mismo. Y efectivamente lo intentó, aunque sin mudarse: varias notas de los medios locales mostraron su entrenamiento en el Club Atlético Mar del Plata y hasta llegó a combatir durante una exhibición en Balcarce. Pero sólo era la sombra del pasado. Un espasmo.

Entre mayo de 1994 y mediados del año siguiente lo detuvieron luego de diversas discusiones con su ya ex esposa, Patricia, y la madre de ella. En una ocasión se lo acusó de concurrir ebrio y armado a la casa de la mayor de las mujeres. En ese lapso también llegó a amenazar a Canal 9 con entablar una demanda judicial por habérsele dedicado un programa entero de “Sin condena” a su prontuario. “Mienten. Mienten en todo”, acusaba a los periodistas.

El 7 de septiembre de 1995 ocurrió otra de las detenciones de Uby que quedaron en el imaginario colectivo: la policía allanó el hotel alojamiento “Los Galgos” -de Santa Fe al 2400- en el que trabajaba como encargado y encontró estupefacientes. Por alguna razón, los investigadores le imputaron la tenencia de los mismos al ex boxeador, quien se defendió bajo el pretexto de que no estaban en su poder sino en el interior del edificio, y dijo no entender por qué otra vez lo culpaban a él. Unos 20 días después, los uniformados apresaron a su ex mujer, quien quedó procesada por el mismo delito. Y también la acusaron de posesión de arma de guerra, aunque más tarde fue sobreseída.

A fines de diciembre siguiente Uby quedó en libertad por última vez. “Me arruinaron la vida. La policía me persigue, así que me voy a ir. Tengo una oferta de Atlantic City para enseñar boxeo”, volvió a anunciarle a la prensa el ex campeón. En aquel momento, esa ciudad estadounidense era considerada como “la Las Vegas del este”, gracias a la iniciativa y las grandes inversiones del empresario neoyorkino y actual presidente de ese país, Donald Trump. La promesa quedó en la nada y los casinos de ese sector de Norteamérica cursaron el mismo destino: quebraron poco tiempo después.

En marzo de 1996, la Justicia sobreseyó a Sacco en otra de las causas por “tenencia de estupefacientes” y durante el verano siguiente se lo vio por última vez en público, cuando concurrió al Polideportivo para observar la pelea entre Jorge “Locomotora” Castro y Roberto “Mano de Piedra” Durán. Tres meses después de ese combate, la ciudad y el país se sorprendieron al tomar conocimiento de su internación en el Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA). Su estado de salud era grave y así como no pudo evitar la debacle, tampoco logró esquivar la muerte prematura, a los 41 años, el 28 de mayo de 1997.

Uby se fue de este plano perturbado, con la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, como dice el tango de Gardel. Pero si existió en la historia de Mar del Plata alguien que estuvo cerca de ser realmente un ídolo, ese fue Uby Sacco.

Fotos: La Capital