Usó su apodo El Relámpago para su marca de comestibles. Vende aceites y alimentos para mascotas. Así ayuda a más de 20 boxeadores que no pueden pelear y se las rebusca para sobrevivir en medio de la pandemia.


Por Roxana Badaloni / Clarín

El gimnasio es todo en su vida. Es el sitio donde exhibe las copas y medallas que ganó como boxeador, la pensión de seis jóvenes que sueñan con una carrera profesional y además, con la llegada del Covid-19, el espacio de su emprendimiento familiar para paliar esta crisis. Pablo Chacón​, el mendocino campeón del mundo en categoría pluma 2001 y medallista olímpico 1996, se reinventó a los 45 años y montó un negocio de fraccionamiento y venta de aceite comestible de girasol. “Soy de naturaleza optimista”, le dice el púgil a Clarín, en la puerta de su negocio-gimnasio de Mendoza.

Pablito, como lo llaman en su barrio, es una celebridad en Las Heras, municipio del Gran Mendoza. Trabaja para el área de Deportes de la comuna. Todos saben dónde está su templo deportivo de la calle Molinero Tejeda, su refugio frente a las adversidades. Su función es entrenar a las nuevas generaciones de boxeadores y a tantos deportistas que eligen la disciplina como entrenamiento amateur. 

Después de dos meses de tener cerrado el gimnasio por la amenaza del coronavirus, Chacón montó una empresa familiar de venta de aceite comestible y alimentos para mascotas. Los vendedores y repartidores de sus productos son los jóvenes boxeadores, de 18 a 25 años, que se entrenan y proyectan una carrera. “Tengo seis chicos viviendo en la pensión del gimnasio y cerca de 20 que compiten. Muchos no pudieron volver a sus provincias y tienen que salir a trabajar para poder comer, entonces nos reinventamos”, dice Chacón.

En lo que antes era la sala de recepción del gimnasio, armó un comercio. Faltan estanterías y apenas tiene un escritorio y una silla, pero es suficiente para que los clientes se acerquen. “Hay muy buena vibra. Gracias a Dios, la gente viene a comprarnos”, cuenta entusiasmado. La botella de cinco litros se vende a $350.

Dos de sus hijos, Nicolás y Brenda, son los que atienden el negocio al público. El tercero de sus hijos, Matías, está preso por un asalto en un micro. Es un hijo extramatrimonial que Pablo reconoció cuando el chico tenía 4 años. Le enseñó a boxear y hasta llegó a competir, pero después tuvo problemas de adicciones y, luego de quedar detenido, Pablo prácticamente dejó de verlo. Le duele hablar de eso, pero le brillan los ojos al contar que Matías ha sido papá y le ha dado una nieta.

El negocio propio

Desde hacía tiempo, Chacón quería animarse con iniciar un negocio. Lo había hablado con Armando Andrada, el entrenador que trabaja en su gimnasio y que conoce sobre aceites. Fue la urgencia económica que impuso la pandemia la que lo alentó a intentarlo. Al aceite propio lo llamó “El Relámpago”, que es el sello personal con el que los periodistas deportivos de la provincia calificaron su meteórica carrera.

“El Relámpago es un aceite de girasol que le compramos a la fábrica Alespi. Nosotros somos fraccionadores y, de esa forma, los chicos venden el producto y lo usan para sus necesidades”. A los pocos días, sumaron la venta de alimentos de perros y gatos que les entrega el dueño del corralón Gomensoro, otro amigo del campeón.

La nueva crisis

El 16 de junio de 2001, el mismo año del estallido social que terminó con el gobierno de la Alianza, Chacón consiguió su mayor logro deportivo. Ingresó al estadio de la ciudad de Budapest con la canción de Rodrigo “La Mano de Dios”, para Diego Maradona. Era su cábala. “Diego es mi único ídolo”, afirma todavía. Esa noche ganó el título del mundo de la categoría pluma de la Organización de Boxeo (OMB) al arrebatarle el título al húngaro Istvan Kovacs, a quien derrotó por nocaut en el sexto round. El Relámpago sorprendió con su zurda al rival e hizo historia.

Esta nueva crisis lo lleva a rememorar cómo estuvo en ese momento y cuál es su presente. “En 2001, mi situación personal era distinta. Acababa de ser campeón, pero igual tuve que darle una mano a mi familia, que pasaba momentos complicados en lo económico”, dice. Y menciona que ahora su responsabilidad es mayor: “Estoy a cargo de muchos chicos, soy entrenador y tuvimos que salir a reinventarnos”. Agradece a la gente de su pueblo que les viene a comprar, para que los chicos “no se tengan que descarrillar ni changuear””.

Pablo respira barrio. Nació en una familia humilde, en la localidad lasherina de El Zapallar. “De chiquito veía a mi viejo boxear y quería ser como él”, relata. Empezó a entrenarse a los 13 años en el mítico gimnasio Mocoroa, del maestro Paco Bermúdez, por donde pasaron los pugilistas más importantes del boxeo mendocino.

La primera pelea de Pablo fue a los 15 años, en la Federación Mendocina de Box. Casi todos sus primeros torneos, más de 15, los ganó por nocaut. Lo apodaron El Relámpago porque noqueaba y pegaba duro, fuera quien fuera el rival. En 2005, tuvo un desprendimiento de retina y perdió visión en su ojo izquierdo. Su última pelea profesional fue el 2 diciembre de 2005 y se retiró el 28 de febrero de 2006, por las complicaciones de la vista.

“He vivido del boxeo como profesional y ahora como entrenador también. No me puedo quejar”, comenta. Y más allá de este negocio y de estar por iniciar otro de venta de aceite de oliva, sigue entusiasmado con continuar en el mundo del box: “Les he pedido a los chicos que se entrenen en sus casas. Espero que en septiembre u octubre podamos volver a competir”. En su plantel hay 13 boxeadores profesionales y 20 amateurs, además de los deportistas que hacen boxeo recreativo y que, según describe, “están desesperados por volver a entrenarse”.

Pablo milita la buena conducta de sus aprendices, a quienes trata como hijos. “Este es un deporte de contacto, donde dos personas suben para ver quién es el mejor y quién tiene mejor técnica. No tiene nada que ver con la violencia. Hablo mucho con los chicos. Y ellos saben que sus puños pueden ser un arma. Pero que no tienen que buscarse problemas ni comportarse de forma violenta”.

Su gimnasio está habilitado para funcionar con un protocolo, como el resto de los de Mendoza. “Hasta seis deportistas por turno, con distancia entre los boxeadores, y sin guanteo (sparring)”, detalla. Su templo deportivo formó a grandes campeones, como Juan Carlos Reveco, Jonathan Barros y Betiana Viñas. “Actualmente tenemos un pibe en la selección, Ramón Quiroga, de Salta (Orán), que se entrenaba acá y fue seleccionado para el Preolímpico del año que viene”, dice con orgullo.

Niega que el boxeo esté perdiendo público o interés deportivo: “Hay nuevas generaciones de boxeadores que piden pista”. Explica que el problema en Mendoza es que la Federación Mendocina está acéfala por las malas administraciones e irregularidades de los últimos directivos, pero que trabaja para recuperar la disciplina con una lista nueva, que podrá participar de la elección una vez que se designe a un interventor para normalizar la liga.

Insiste en que la pasión está y el mundo del boxeo reconoce el semillero de campeones que ha generado Mendoza. De su carrera, solo dirá: “Estoy conforme con lo que logré. Conseguí más de lo que pensaba”. Y apura su paso para subir las persianas del negocio. Afuera llueve y no quiere hacer esperar a su clientela.

Fotos: Mariana Villa / Los Andes