Por seis millones de dólares, el campeón mundial de los pesados aceptó un “combate” en Tokio contra Antonio Inoki. Todo terminó en un empate sospechoso y en abucheos y objetos lanzados al ring.

Por Luciano González / Clarín

“Los Simpson lo predijeron”. Para los fanáticos de la serie animada, esa sentencia aplica a diversos acontecimientos ocurridos durante las últimas décadas: la pandemia de coronavirus, el atentado contra las Torres Gemelas, la llegada a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump, la lesión de Neymar en el Mundial de Brasil 2014​ y… la lista continúa. Sin el poder que se le atribuye a la disfuncional familia de Springfield, Muhammad Ali​ también se adelantó al tiempo y protagonizó un hecho que cuatro décadas más tarde se pensó como revolucionario: subirse a un ring en Tokio para 15 rounds ridículos frente a un experto en artes marciales.

En agosto de 2017, Floyd Mayweather le puso una pausa a su fastuoso retiro para enfrentar en una pelea de boxeo al irlandés Conor McGregor​, campeón mundial de artes marciales mixtas de la Ultimate Fighting Championship (UFC​). El triunfo del estadounidense dejó sabor a poco, pero fue presentado como un hecho novedoso por el cruce entre deportistas de distintas especialidades. Sin embargo, en 1976 Ali también había incursionado en ese terreno, aunque con una complejidad mayor: no había combatido en su disciplina, sino que había atravesado la frontera del pugilismo hacia un mundo tan desconocido como extravagante. El resultado fue uno de los momentos menos brillantes de la carrera del astro de Louisville.

Ali transitaba su segundo reinado entre los pesados, que había comenzado con su triunfo frente a George Foreman el 30 de octubre de 1974, en Kinshasa (Zaire,) y que ya acumulaba siete defensas, entre ellas la imborrable victoria en el tercer duelo con Joe Frazier en Manila. El 24 de mayo de 1976, el campeón despachó en el quinto round al inglés Richard Dunn, después de derribarlo cinco veces, en el Olympiahalle de Münich. Su siguiente escala fue Tokio, pero no para exponer sus cinturones de la Asociación Mundial de Boxeo y del Consejo Mundial de Boxeo, sino para protagonizar un extraño duelo que había empezado a gestarse un año antes.

 

“¿No hay ningún peleador oriental que me desafíe? Le daría un millón de dólares al que me ganara”, le había dicho Ali a Ichiro Yada, presidente de la Asociación Japonesa de Lucha Amateur, durante una recepción en Estados Unidos en abril de 1975. El desafío quedó flotando en el aire y quien recogió el guante fue un hombre casi desconocido en suelo norteamericano, pero que en su tierra era una celebridad: Antonio Inoki.

Inoki, cuyo verdadero nombre de pila era Kanji, había aprendido karate en la escuela primaria, aunque sus experiencias deportivas más importantes habían estado vinculadas al básquetbol y al atletismo​, sobre todo a partir de su mudanza a Brasil con su madre y sus 10 hermanos, ya que su padre había muerto cuando tenía cinco años. Pero su vida dio un giro cuando conoció a Mitsuhiro Momota, Rikidozan, una leyenda de la lucha libre en Japón (pese a que había nacido en Corea). Entonces decidió incursionar en ese universo.

Primero combatió en Estados Unidos y en 1966 regresó a su país, donde se transformó en un héroe, primero bajo el paraguas de la Asociación Japonesa de Lucha (JWA) y desde 1972, tras ser expulsado de la JWA por intentar tomar el control del ente, con su propia organización, la New Japan Pro-Wrestling (NJPW). Por entonces, ya se hacía llamar Antonio Inoki, como homenaje al luchador ítaloargentino Antonino Rocca, que brilló en las décadas de 1950 y 1960 en el circuito de la lucha libre profesional en Estados Unidos y a principios de la de 1970 había combatido en Japón.

Para Inoki, el enfrentamiento con deportistas de otras disciplinas no era una novedad: el 6 de febrero de 1976 había derrotado al holandés Willem Ruska, doble campeón olímpico de judo ​en Münich 1972. Pero cualquier experiencia previa resultaba minúscula si se la comparaba con la chance de enfrentar al boxeador más importante del planeta. Una oferta de seis millones de dólares para Ali lubricó el acuerdo, que se selló en marzo de 1976.

Respecto a la decisión de aceptar la propuesta, las versiones son contradictorias. El promotor Bob Arum responsabilizó a Herbert Muhammad, mánager del campeón pesado. “Él me dijo que estos japoneses le habían ofrecido muchísimo dinero para pelear contra Inoki. Pensé que la cosa era un fraude”, alegó. En cambio, Ferdie Pacheco, médico del púgil, le apuntó a Arum: “Fue una estafa pensada por él, que creía que todo iba a estar orquestado, que sería una broma. Pero cuando llegamos allá, descubrimos que nadie se estaba riendo”.

La pelea entre Muhammad Ali y Antonio Inoki

El debate previo no solo había girado alrededor de los billetes, sino también de las reglas bajo las cuales se llevaría a cabo la contienda. Varias semanas antes de la pelea se había pactado un conjunto de pautas que configuraban un engendro normativo. Ali usaría guantes de cuatro onzas y podría liberarse de cualquier amarre de su rival con solo tocar las cuerdas. Inoki combatiría con los puños desnudos. No se permitirían los rodillazos ni los golpes debajo del cinturón y si un contendiente era lanzado fuera del cuadrilátero, tendría 20 segundos para regresar.

Sin embargo, cuando el equipo del estadounidense arribó a Tokio, comenzaron las reuniones en el Keio Plaza Hotel con los representantes del local para renegociar lo que se había acordado. En esos cónclaves se decidió que Inoki no podría tumbar ni tacklear a su adversario ni lanzar patadas, a menos que tuviera una rodilla en contacto con la lona, lo cual claramente limitaba sus posibilidades. El Frankenstein reglamentario, que ni siquiera fue dado a conocer al público, resultaba casi incomprensible.

En paralelo a ello, arreciaban los rumores sobre una función cuasicircense, más cercana a “Titanes en el Ring” que a una contienda deportiva. Según el periodista Jim Murphy, se había pactado que Ali simularía un golpe accidental al árbitro, intentaría asistirlo y entonces sería derribado por Inoki con una patada en la cabeza, lo que determinaría su derrota. Pero supuestamente el estadounidense se negó a aceptar el plan. Los allegados al nipón, en cambio, sugirieron que el boxeador y su equipo habían firmado pensando que se trataría de una exhibición, pero que ellos habían dejado claro que no sería así.

La conferencia previa, que se realizó en el Club de Corresponsales Extranjeros de Japón, no varió demasiado de las que solía protagonizar Ali: gritos, provocaciones (llamó “pelícano” a su rival por el tamaño y la forma de su mentón), autoelogios y promesas de victoria condimentaron la tertulia. Inoki no se quedó atrás: le explicó a su oponente que su nombre significaba “hormiga” en japonés y que tenía la intención de aplastarlo bajo los pies. También le regaló una muleta para la recuperación posterior a su segura derrota.

El 26 de junio de 1976, la expectativa era enorme. Desde varios días antes estaban agotadas las 14.500 localidades (las más caras costaban 300.000 yenes -1000 dólares-), que se habían puesto a la venta para tener un lugar asegurado en el Nippon Budōkan, un estadio que había sido construido para los Juegos Olímpicos de 1964 en Chiyoda, el corazón de Tokio, y en el que Ali había vencido en 1972 a Mac Foster en un combate sin título en juego. Además, la velada sería transmitida en 37 países.

En Estados Unidos, el combate fue emitido por circuito cerrado en 150 estadios, cines y teatros. En el Shea Stadium de Nueva York se reunieron 32.897 espectadores, que pagaron 10 dólares y también presenciaron un evento organizado por la Federación Mundial de Lucha Libre (WWWF), cuyo combate estelar enfrentó al boxeador Chuck Wepner (el año anterior había perdido ante Ali) con el luchador francés André the Giant. Otras carteleras como esas se desarrollaron en distintos puntos del país y fueron presentadas como una especie de Juegos Olímpicos de Artes Marciales.

Semejante expectativa se disipó en solo unos segundos. Apenas sonó la campana que marcó el inicio de la pelea, Inoki atravesó el ring corriendo y desplegó un fallido ataque con una patada con su pierna derecha. Terminó en la lona, pero enseguida se levantó y volvió a intentarlo. Otra vez fracasó. Entonces cambió la táctica: permaneció acostado y desde esa posición comenzó a lanzar coces como un caballo encabritado.

Mientras Ali caminaba a su alrededor, le hacía gestos, lo insultaba y lo instaba a recuperar la vertical, el nipón se arrastraba e intentaba patear a su adversario. El norteamericano procuraba responder con sus pies, pero cada vez que se acercaba, Inoki sacudía las piernas para alejarlo. Como nadie tenía muy claras las pautas de combate, no era sencillo alegar que alguna maniobra estaba fuera de las normas, más allá de que Ali varias veces reclamó al árbitro (el exjudoca, exluchador y actor Gene LeBell) por acciones de su rival que supuestamente eran antirreglamentarias.

La incredulidad y el fastidio del público aumentaban conforme corrían los rounds y se multiplicaban las maniobras ridículas. En el cuarto asalto, Inoki, aún acostado, encerró a Ali en una esquina y comenzó a patearlo en sus muslos. El campeón se aferró a las cuerdas, mantuvo su cuerpo en el aire y respondió como si pedaleara en una bicicleta hasta que LeBell intervino para separar. En el sexto, Ali quiso agarrar un tobillo de Inoki, pero el nipón lo inmovilizó con su otra pierna, lo envió a la lona, rodó sobre su pecho y se puso en cuclillas sobre su rostro. Nuevamente el árbitro los separó, vaya uno a saber por qué.

El público no era el único que veía con malos ojos lo que estaba sucediendo en el cuadrilátero. Angelo Dundee, entrenador de Ali, observaba con preocupación las heridas que las patadas de Inoki provocaban en las piernas de su pupilo. Incluso exigió vehementemente que se colocara cinta adhesiva en las botas del luchador, porque un ojalillo flojo estaba cortando al monarca pesado de la AMB y el CMB.

Quince rounds ridículos, durante los cuales Ali lanzó solo seis golpes, duró el showInoki había terminado arriba en las tarjetas, pero el oportuno descuento de tres puntos por distintas infracciones a un reglamento que nadie conocía a ciencia cierta hicieron que la contienda terminada empatada. Tras la lectura del fallo, buena parte del público que había abarrotado el Budokan comenzó a tirar objetos al ring y a exigir a los gritos la devolución del dinero invertido en las entradas para presenciar esa espectáculo de feria.

“¿Cómo podría derribarlo si ya estaba caído? Simplemente no podía golpearlo mientras estaba en el piso”, se quejó Ali tras el combate. Inoki reclamó la victoria y argumentó que había sido perjudicado por el cambio de reglas. Menos contemplativo fue el Japan Times. “El famoso combate del siglo resultó ser la estafa del siglo. La pelea fue bastante aburrida de principio a fin y demostró una vez más que cuando una manzana pelea contra una naranja, el resultado solo puede ser una ensalada de frutas”, explicó el periódico al día siguiente.

Más allá de los seis millones de dólares que cobró, a Ali le resultó costosa la excursión a Tokio. Las heridas en sus piernas le provocaron dos coágulos y una infección. El púgil tenía previsto realizar dos exhibiciones en Filipinas y Corea del Sur antes de volver a Estados Unidos, pero debió cancelarlas. De regreso a Los Ángeles, pasó dos semanas bajo tratamiento médico.

El 28 de septiembre, subió nuevamente a un cuadrilátero: en el Yankee Stadium de Nueva York, venció por puntos y en una ajustadísima decisión a Ken Norton, número uno del ranking de la Asociación y del Consejo, en el tercer enfrentamiento entre ambos (se habían derrotado mutuamente en 1973). “Honestamente creo que me ganó, pero los jueces me dieron la pelea y estoy agradecido”, admitió Ali un par de semanas después.

Pero el enfrentamiento con Inoki había dejado secuelas. Según Ferdie Pacheco, Ali nunca recuperó la movilidad después de las patadas que recibió en Tokio y la infección en sus piernas. El campeón hizo dos defensas más (ante Alfredo Evangelista y Earnie Shavers) antes de ceder los cinturones: en uno de los grandes batacazos de la historia de los pesados, Leon Spinks, que solo había hecho siete peleas profesionales, lo derrotó en decisión dividida en febrero de 1978. Si bien Ali ganaría la revancha siete meses después, el final de su brillante carrera era inminente.

El derrotero de Inoki sobre los cuadriláteros fue bastante más extenso e incluyó otros duelos ante boxeadores, como el que le ganó a Spinks el 9 de octubre de 1986, en el Ryogoku Kokugikan de Tokio. Durante dos décadas más, acumuló millones y convocó multitudes (en abril de 1995, combatió ante 190.000 personas en Pyongyang, la capital de Corea del Norte) antes de retirarse. Además, fue miembro de la Cámara de Consejeros de su país (el equivalente al Senado en Argentina) entre 1989 y 1995 y entre 2013 y 2019.

Como le sucedió con otros adversarios, con los que también había intercambiado golpes y pirotecnia verbal, Ali terminó elaborando un muy cordial vínculo con Inoki. Cuando contrajo matrimonio con Veronica Porche, su tercera esposa, en junio de 1977 (un año después del combate), invitó a la fiesta al japonés y a su pareja, la actriz Mitsuko Baisho.

El asiático le devolvió la gentileza cuando hizo su última pelea profesional, ante el estadounidense Don Frye, el 4 de abril de 1998. Esa noche, Ali, quien por entonces ya tenía serías limitaciones en la movilidad y el habla como consecuencia del Parkinson, estuvo en la primera fila del Tokyo Dome. Tras la victoria de Inoki, subió al cuadrilátero para abrazarlo. Y su representante leyó un mensaje en su nombre: “En el ring, fuimos oponentes duros. Después de eso, construimos amor y amistad con respeto mutuo. Es un honor y un placer estar en el ring con mi buen amigo después de 22 años”.

HS