Fue uno de los cinco mejores boxeadores de la historia. Su corona mundial le duró seis meses. Desde la cárcel escribió su calvario con la cocaína y algunos fragmentos de esos manuscritos están en esta nota.

Por Cherquis Bialo / Infobae.com

Parecía un plácido arcángel que dominaba el ring desde un espacio celestial.

Que bello resultaba ver a Uby Sacco, un talentoso boxeador que sabía todo y por ello podía ofrecer las dosis alternadas de clase para boxear y rigor para pelear. Era un crack con destino de estrella mundial.

Sugar Ray Leonard, comentarista de su pelea frente a Gene Hatcher para la CBS, lo definió públicamente así: “Sacco es un boxeador de los de antes, de los que ya no existen, de los que hicieron del pugilismo un arte incomparable”.

Esa noche del domingo 21 de julio de 1985 en el Casino del Municipio de Campione D’Italia (Suiza) el marplatense Ubaldo Néstor Sacco obtuvo la corona mundial welter junior (AMB) al vencer por nocaut técnico en el 9° asalto (1′ 28′‘) al texano Gene Hatcher. Este triunfo reivindicó su superioridad ante el norteamericano contra quien un veredicto obsceno y localista le había robado la victoria en la primera pelea disputada en Fort Worth, Texas, el 15 de diciembre de 1984 al darle perdida aquella tremenda batalla en fallo dividido tras 15 asaltos dramáticos. Tanta injusticia marcó la vida de Uby quien creyó que ya no valdría la pena seguir boxeando, ¿para qué? y que la revancha era una piadosa mentira con la cual Tito Lectoure –el empresario– calmaba la ansiedad de su padre –Don Ubaldo Francisco– quien nunca dejaba de exigirla. Y sin embargo un día bendito de mayo del 85′, el desquite se confirmó. Pero ya era tarde…

Resultó inolvidable aquella noche en esa hermosa villa suiza frente al Lago Lugano que Mussolini compró en 1933 para un municipio italiano donde sus ciudadanos pudieran jugar ya que el casino estaba prohibido en el territorio italiano.

Fue entonces cuando escribí en mi nota para El Gráfico hace 35 años titulada “Boxeó como un maestro, guapeó como un gigante” (Edición 3433 del 23-7-85): “Tengo el pantalón manchado de sangre y el cuerpo empapado de sudor. Siento que mi corazón palpita aceleradamente y me declaro incapaz de ser claro para contarlo todo. Vienen a mi registro visual imágenes que se quedaran para siempre. Lo veo a Uby arrodillado después que referí (Ernesto Magaña, mexicano) lo declaró vencedor. Rememoro al viejo Ubaldo su padre corriendo tras él para abrazarlo y alrededor de ellos treinta argentinos llegados de todas partes para explotar en júbilo. Hablo y escucho. No sé qué digo, ni qué me dicen, pero está ahí, sobre el ring, cinco minutos después de haberse consagrado campeón reclamando el cinturón que la propia madre de Hatcher se niega a ceder, aunque sea para la foto. Sí, el cinturón no se devuelve, es para el campeón aún derrotado, pero se estila prestarlo para la foto. Nada, ni siquiera eso”.

“Atravieso el angosto pasillo entre plácemes, aplausos y frases de colegas que en diferentes idiomas le anuncian al mundo el nacimiento de un campeón con clase. Los adjetivos más reiterados son: ‘bravissimo campione’, ‘great champion’, ‘una lección magistral’. Llego al camarín. Un recinto prolijo, pequeño pero confortable en el cual Sacco, como en Fort Worth, saludaba a todos sus amigos de Mar del Plata (el Gordo Bilancieri, el Gato Mignini, el Susso Martinez, Dios mío, ¿estarán?, ¿cómo hallarlos?) con sonrisas, mientras su mano derecha inflamada y dolorida se hundía en un balde repleto de hielo granizado”.


Después de tanta dicha parecía que todo comenzaba y en realidad todo terminaba.

Ese día su madre Hilda, una mujer abnegada y tierna se tomó un ómnibus en la mañana temprano para viajar desde su imprescindible Mar del Plata hasta Retiro. Luego se alojó solita en el hotel Plaza Roma frente al Luna Park y alrededor del mediodía tuvo tiempo para comer un sandwiche en una confitería de la calle Lavalle antes de tomar el tren que la dejaría en Luján. Llevaba una modesta carterita colgada del brazo y dentro de ella una medalla de la Virgen a quien iba a pedirle por su hijo Uby. Era una de las dos –hoy la tiene Marcelo, el hermano de Uby– que había hecho bendecir tras su nacimiento, la otra más pequeña, estaría prendida con un alfiler de gancho del lado de adentro del pantaloncito con el cual subiría a pelear Uby en apenas cinco horas… Esa medallita era la misma que había acompañado a su padre Ubaldo una gran parte de su fantástica campaña de 75 peleas contra los mejores medianos de los 50: el Zurdo Lausse, el Cacique Selpa, el Puma Rivero… Jamás olvidaré la noche que conocí a Doña Hilda: fue en el Luna Park cuando su marido Don Ubaldo peleaba contra Aurelio Diaz a quien venció. Al día siguiente, el 28 de julio de 1955, nació Uby, circunstancialmente en Buenos Aires (en Chorroarin y Triunvirato) quien desde el vientre de su madre y a punto de llegar al mundo escuchó el sonido de la campana, el choque de los guantes y los aplausos de la multitud. Treinta años después aquel bebé pelearía por la corona mundial y ella estaba dispuesta a quedarse en la Basílica rezando hasta que todo hubiere pasado. No quería ver a nadie ni saber nada hasta que dieran las 19.30 cuando al salir para regresar al hotel la gente en la calle o alguna radio encendida le dijera al pasar cual había sido la suerte de su hijo. Finalmente fue una placa roja de Crónica la que desde una vidriera cual mano amiga la llamó para decirle: “Último momento: Uby Sacco nuevo campeón del mundo, ampliaremos…”.

Alrededor de esa hora, cuando eran las 20.57 de Suiza, sonriente, metido en un pantalón azul y una camisa celeste, con las manos atrás cual atento agente policial de ronda. Uby llegó al estadio, miró a todos con suficiencia y comenzó a cambiarse lentamente. Le ocurrió una desgracia con suerte: llevó un par de botitas a estrenar del mismo pié, el derecho. Menos mal que había puesto en el bolso otro par de calzado usado y pudo combinarlas correctamente. En realidad desde la noche anterior comiendo canapés de caviar, brindando con cerveza y bailando el bolero de Ravel con quien por entonces era su mujer –Inés Rocha– con la cual sobrellevaba una traumática y agonica relación, Uby había transgredido todo y el colmo fue ir a la piscina el día de la pelea y exponerse al sol a menos de seis horas del combate y con 30° de temperatura. Esto motivó que Tito Lectoure conminara a Don Ubaldo a que fuera a sacar de la pileta a su hijo puesto de lo contrario se iría. Allí fue el padre a exigirle que regresara a su habitación y vivimos un momento muy ríspido en la fricción generada entre padre e hijo. Por cierto Uby abandonó la piscina con indisimulado fastidio y regresó a la habitación.

Más aún y a propósito de ésta atipicidad en atletas de alto rendimiento, el prestigioso médico Mario Pascone, un deportólogo italiano graduado en la Universidad de Roma, muy estudioso de la medicina del deporte de aquellos tiempos llegó a Campione a pedido de Lectoure de la mano de mi compañero y amigo Bruno Passarelli quien cubría el evento conmigo. Bruno llevó al doctor desde Roma para atender a Sacco en los días previos y fundamentalmente para infiltrarle la mano derecha antes de la pelea, cosa que hizo. El deportólogo Pascone se tomaba muchas veces la cabeza al ver cómo Sacco se alimentaba y bebía. Y casi siempre terminaba con una frase: “Si gana es un milagro un caso para el estudio. Para presentarlo en un próximo congreso de medicina deportiva”.”Si gana es un milagro”. Fue la frase que nos quedó a todos. Y el milagro se produjo en el 9° asalto cuando Hatcher herido, sangrante y exhausto no pudo continuar.

Todo fue efímero en Uby: perdió el campeonato mundial por puntos ante el italiano Patrizio Oliva a los seis meses, el 15 de marzo de 1986 en Montecarlo cuando la droga mató al deportista transformando al hombre en objeto.

El milagro, tal como lo definiera el doctor Pascone previo a la pelea no fue que le hubiese ganado a Hatcher; el milagro fue que subiese al ring a pelear pues Sacco ya era un adicto compulsivo a la cocaína antes de ser campeón.

Sus queridos hijos Lorena (39 años) y Sebastián (29 años) realizaron un paciente y minucioso trabajo para rescatar los manuscritos realizados por Uby a través de los cuales confiesa sus infiernos .Veamos el primero:

— ”Mis límites se rompieron por completo el día que entré llorando al boliche de un amigo. No sé por qué lloraba. De vergüenza, para que nadie me viera, seguí para el baño. Lamentablemente para mí había un conocido que se estaba haciendo el lazo en el brazo para luego inyectarse. No le di tiempo, manoteé la jeringa ya preparada y me la inyecté. Ese día arruiné mi carrera de boxeador que podría haber sido mucho más promisoria. Y lo peor de todo es que también arruiné mi vida. Luego, seguí un tiempo más así. De esta manera vivía pura y exclusivamente para drogarme. Llegué a tener siete convulsiones seguidas. El médico no podía creer que mi corazón pudiera haber aguantado semejante disparate. Me encerraba en una pieza de la casa de Los Troncos y hasta que no convulsionaba, no paraba. Hasta que alguien me salvó en el baño, me tiró la lengua para atrás y me hizo respiración boca a boca porque yo me moría. Todo esto es increíble, pero es cierto. Pero lo más impensado es que después de todo este infierno, me llegó la oportunidad más importante de mi vida. La chance por el título mundial”.

O sea que antes de saber que habría de pelear por el titulo, que la revancha prometida se había concretado, que la vida volvía a darle otra chance, Uby ya le había entregado sus sueños a la droga.

Los manuscritos de Sacco son la muestra póstuma de su valentía. Y Lorena y Sebastian habrán de transformarlos en los valiosos elementos para una antología que el periodista y escritor Rodolfo Palacios enriquecerá con su talento aportando otros testimonios de gente que conoció bien al campeón. Será un libro imperdible o una miniserie extraordinaria. Sus hijos también han logrado piezas testimoniales como guantes, batas, botitas luego de una intensa búsqueda. Tanto es así que hallaron un guante en un contenedor de basura y otros que fueron ofrecidos por Mercado Libre. El Uby de los boliches, de la alta noche, el que se peleaba con marineros, policías, culatas, sicarios o femicidas, el admirado por Diego y por Menotti; el pibe que tuvo una singular genética para los deportes y se lució siempre jugando al fútbol, al basquetbol, al handball, al ping-pong, al billar, el admirado por Sugar Ray Leonard y Mano de Piedra Duran, también escribió de puño y letra:

— ”No tengo nada, estoy en un calabozo de la Policía Federal en Mar del Plata. La fama me llegó al mismo tiempo que el título mundial de boxeo. Pero todo me duró poco. La droga me destruyó. Durante mucho tiempo fui un barrilete sin cola. Siempre me gustó ir por el filo de la cornisa. ¿Por qué? Porque me gustaba el peligro. Estar en la frontera del abismo me producía placer. Así fue que perdí todo”.

— “Mi peor pesadilla con la cocaína fue más o menos a mediados de 1984, cuando más cerca de pelear por el título del mundo me encontraba. Ni les cuento lo que fue 1985, año que gané el título en la revancha ante Gene Hatcher, y mucho menos 1986, año ese que, a pesar de que arriba del ring no perdí el título porque el italiano Patrizio Oliva en ningún momento fue superior para ganar un campeonato del mundo. Yo ya se lo había regalado antes de pelear, a él o a cualquiera que me hubiese enfrentado. ¿Por qué subí mal entrenado? ¿Por qué mi mentalidad no era la de un deportista que tiene que defender y representar su patria? ¿Saben por qué? Porque estaba totalmente atrapado por la droga”.

— “No tengo nada, estoy en un calabozo de la Policía Federal, en Mar del Plata. En el mundo muchos le echarían la culpa a la fama y al dinero. O a los amigos que el dinero y la fama te dan. Otros le echarían la culpa al éxito y a las consecuencias del éxito. Todo es más fácil: las mujeres, mujeres entre comillas, se te entregan y te prometen placeres indescriptibles. Otros culpan a la droga. Yo digo y lo aseguro, que nunca estuve maduro para estar con una mujer como Patricia, a quien llamo Peco’s. Ella fue y es demasiado mujer para un niño de 25 años que se creyó un hombre que se las sabía todas y en realidad, no sabía nada. Todo lo que puedo saber ahora lo aprendí a su lado. Recién ahora que la vida me hizo crecer 20 años en un solo minuto. Pero ya es tarde, no se puede remediar lo irremediable. Ojalá a los que les fallé encuentren la felicidad que yo nunca les di. Con haberme aguantado a mí, se ganaron el paraíso hace ya muchos años. No aflojen porque estoy seguro de que van a lograr ser feliz. Todo lo que haga ahora quiero que sea para mis dos hijos, Lorena y Sebastián, dos seres únicos. Que Dios los bendiga a ambos, los amo hasta la eternidad”.

Esta criatura sin odios ni rencores, ya enjuto, envejecido e irreconocible con el andar desequilibrado y la respiración agitada descendió al sótano de su destino el 28 de mayo de 1997 en el Hospital Regional de Mar del Plata cuando tenía 41 años. Soportaba un tumor nasal, tuberculosis y algún otro padecimiento infeccioso que suelen transmitir las jeringas promiscuas.

Su encuentro con Monzón en la cárcel de Batan le puso lagrimas a la historia pues la gloria muere en cada amanecer.

Y Uby sabía que estaba llorando su propia muerte.

Archivo: Maximiliano Roldán