“La gente gritaba ‘¡Argentina!, ¡Argentina!’ y nosotros le respondíamos ‘¡Soweto! ¡Soweto!’”, recuerda el cordobés sobre su victoria del 28 de marzo de 1981 ante Peter Mathebula.

Por Luciano González / Clarín

Las Vegas, Montecarlo, Nueva York. Casinos lujosos, hoteles cinco estrellas, marquesinas luminosas, invitados VIP. Las veladas de las grandes consagraciones suelen soñarse así en el boxeo. A Santos Benigno Laciar le tocó hacerlo en condiciones muy distintas. Sin embargo, no lo lamenta. “Nos trataron muy bien. Cuando salimos del estadio, la gente estaba pegada a la camioneta que nos llevaba de vuelta al hotel y gritaba: ‘¡Argentina! ¡Argentina’. Nosotros le respondíamos: ‘¡Soweto! ¡Soweto!‘”, recuerda. De allí, del corazón del apartheid sudafricano, se llevó su primer título mundial en marzo de 1981, al noquear a Peter Mathebula.

Sudáfrica era casi un paria en el universo deportivo, como consecuencia de la política de segregación y sometimiento de la población negra, que hundía sus raíces en la colonización holandesa de mediados del siglo XVII, que había tenido su primera institucionalización con la Constitución de la Unión Sudafricana. Esa que la ocupación británica había sancionado en 1910 y que se había consolidado con el acceso al gobierno del Partido Nacional en 1948.

En 1964, el Comité Olímpico Internacional no le había permitido a Sudáfrica participar de los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. La restricción, que se mantendría hasta Barcelona 1992, había sido replicada por federaciones deportivas como la FIFA, la IAAF o la Federación Internacional de Ajedrez y era aplicada también a deportistas individuales y que no representaban oficialmente al país.

En 1968, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas había aprobado la Resolución 2396, que pedía “a todos los Estados y organizaciones que suspendan sus intercambios culturales, educacionales, deportivos y de otro tipo con el régimen racista y con las organizaciones o instituciones de Sudáfrica que practican el apartheid”.

La lógica segregacionista que imperaba en el país, que alcanzaba a ámbitos como las escuelas, el transporte y hasta los bancos en los parques públicos, no era ajena al boxeo: durante más de dos décadas estuvieron prohibidos los combates interétnicos. La primera excepción se hizo en diciembre de 1973 para que Pierre Fourie pudiera desafiar al campeón mundial mediopesado de la Asociación Mundial y del Consejo Mundial de Boxeo, el estadounidense Bob Foster, en el estadio Rand de Johannesburgo, donde el local cayó en decisión unánime.

Esta restricción llevó a que la Comisión Nacional de Boxeo sudafricana, cuya Junta Directiva estaba integrada únicamente por blancos, dividiera los títulos nacionales y regionales en blancos no-blancos, basándose en la Ley sobre Registro de la Población, que databa de 1950 y clasificaba a la población en tres grupos: blanco, de color y africano. A mediados de la década de 1970, se permitió que los campeones nacionales blancos y negros se enfrentaran en combates por los llamados títulos supremos. Y recién a principios de 1979 se eliminó la distinción en los campeonatos.

El primer monarca sin barreras étnicas fue Mathebula, quien el 3 de febrero de 1979 conquistó el título nacional gallo al vencer a Leslie Pikoli en Puerto Elizabeth. Casi dos años después, se convertiría también en el primer sudafricano negro en conquistar un título mundial. Hasta entonces, solo dos lo habían intentado y habían fallado: Norman Sekgapane había perdido con el colombiano Kid Pambelé por el cetro superligero de la AMB en agosto de 1978 y Nkosana Mgxaji había sido superado por el puertorriqueño Samuel Serrano por la corona superpluma de la AMB en abril de 1979.

Mathebula, nacido el 3 de julio de 1952 en Mohlakeng, un distrito exclusivo para población negra ubicado 40 kilómetros al oeste de Johannesburgo, le arrebató la corona mosca de la AMB a Kim Tae-Shik, venciéndolo por puntos y en fallo dividido el 13 de diciembre de 1980, en el Auditorio Olímpico de Los Ángeles. Inicialmente, la pelea iba a realizarse en Seúl, pero el gobierno surcoreano se negó a otorgar visas a la comitiva sudafricana debido a la política de apartheid.

En un país que hasta entonces solo había tenido dos campeones mundiales (Vic Toweel y Arnold Taylor, ambos en la categoría gallo), el triunfo le valió a Mathebula un reconocimiento casi unánime incluso en la prensa en idioma afrikáans, destinada a la población blanca, que lo presentó como “ons wereldkampioen” (“nuestro campeón del mundo”). El nuevo monarca se convirtió también en la imagen publicitaria de marcas de autos, bebidas alcohólicas, zapatos e indumentaria.

El adversario elegido para su primera defensa, prevista para el 28 de marzo de 1981, era Shigeo Nakajima, octavo en el ranking de la AMB, pero los manejadores del japonés presentaron una cantidad de exigencias para pelear en Sudáfrica que resultaron inadmisibles para el promotor Bill Bosch. Entonces apareció el nombre de Laciar, campeón argentino y sudamericano mosca.

El cordobés nacido en la pequeña Huinca Renancó y radicado en Villa Carlos Paz había cumplido 22 años el 31 de enero, apenas unas horas después de noquear al panameño José De la Cruz López en Mar del Plata. Esa victoria lo había colocado en el 10° puesto de la clasificación de la AMB y le había abierto la puerta para desafiar al campeón.

Cuando me propusieron pelear en Sudáfrica, no sabía nada de lo que pasaba allá. Dije que sí sin conocer. Después me fui enterando”, reconstruye Falucho, a casi cuatro décadas de aquel viaje. Y detalla: “Cuando se confirmó la pelea, (Juan Carlos) Lectoure hizo una conferencia de prensa en Buenos Aires. Algunos periodistas nos dijeron que había 80 o 90 muertes por fin de semana en Soweto, que sería un lugar muy difícil y hostil para nosotros y que si yo ganaba, no íbamos a salir vivos del estadio. Cuando mi madre se enteró, no quería que viajara”.

Soweto, acrónimo de Southern Westhern Township (Asentamiento del Sudoeste), era una comuna ubicada en las afueras de Johannesburgo, establecida en 1904 como parte de la política de segregación habitacional y cuya población se había multiplicado con la sanción de la Ley de Agrupación por Áreas, en 1950, que llevó al desplazamiento forzado de decenas de miles de negros y de asiáticos

El 16 de junio de 1976, ese distrito había presenciado la mayor masacre perpetrada por el régimen sudafricano: una movilización convocada por el Consejo de Representantes de Estudiantes de Soweto (SSRC) para reclamar que las clases en las escuelas se dictaran en lengua bantú y no en afrikaans fue ametrallada por la Policía. Esa tarde hubo más de 500 muertos, aunque el registro oficial solo dio cuenta de 23.

Ni la situación en Sudáfrica ni el bloqueo mundial contra el deporte de ese país ni el pedido del Comité Especial de las Naciones Unidas sobre el apartheid a la Junta Militar argentina para que impidiera el viaje detuvieron a Lectoure, quien firmó el contrato para que Laciar, quien solo había hecho dos peleas fuera del país (un empate con el chileno Jaime Miranda, en Santiago, y una derrota con el inglés Charlie Magri, en Londres) y nunca había combatido a 15 rounds, retara a Mathebula.

No era la primera vez que el promotor llevaba a uno de sus boxeadores al “país maldito”. Víctor Emilio Galíndez había hecho cuatro defensas de su título mediopesado de la AMB en Johannesburgo: frente a Fourie (dos veces), Richie Kates y Kosie Smith. Con él habían viajado otros púgiles argentinos como el sanjuanino Avenamar Peralta y el bahiense Carlos María Giménez.

Mientras Laciar se preparaba para el combate más importante de su vida, la Organización Popular de Azania (Azapo) convocaba a boicotear la pelea por considerar que los eventos deportivos internacionales servían para limpiar la imagen del gobierno sudafricano. La Azapo se había formado en abril de 1978 para dar continuidad a los postulados del Movimiento de Conciencia Negra (BCM), fundado por Steve Biko y prohibido después de la masacre de Soweto, aunque con un mayor anclaje en los principios del marxismo-leninismo.

Desde el otro extremo del arco ideológico, algunos aseguraban que Mathebula no era sudafricano. ¿Por qué? Su familia era de origen tswana, una etnia asentada en el norte del país y en el sur de Botswana. En 1961, el Gobierno había creado la Autoridad Territorial de Bophuthatswana y el 6 de diciembre de 1977 había otorgado la independencia a este supuesto nuevo Estado (que no obtuvo reconocimiento internacional) y había privado de la ciudadanía sudafricana a la población tswana, incluso a quienes continuaban viviendo en su territorio.

El 16 de junio de 1976, ese distrito había presenciado la mayor masacre perpetrada por el régimen sudafricano: una movilización convocada por el Consejo de Representantes de Estudiantes de Soweto (SSRC) para reclamar que las clases en las escuelas se dictaran en lengua bantú y no en afrikaans fue ametrallada por la Policía. Esa tarde hubo más de 500 muertos, aunque el registro oficial solo dio cuenta de 23.

Ni la situación en Sudáfrica ni el bloqueo mundial contra el deporte de ese país ni el pedido del Comité Especial de las Naciones Unidas sobre el apartheid a la Junta Militar argentina para que impidiera el viaje detuvieron a Lectoure, quien firmó el contrato para que Laciar, quien solo había hecho dos peleas fuera del país (un empate con el chileno Jaime Miranda, en Santiago, y una derrota con el inglés Charlie Magri, en Londres) y nunca había combatido a 15 rounds, retara a Mathebula.

No era la primera vez que el promotor llevaba a uno de sus boxeadores al “país maldito”. Víctor Emilio Galíndez había hecho cuatro defensas de su título mediopesado de la AMB en Johannesburgo: frente a Fourie (dos veces), Richie Kates y Kosie Smith. Con él habían viajado otros púgiles argentinos como el sanjuanino Avenamar Peralta y el bahiense Carlos María Giménez.

Mientras Laciar se preparaba para el combate más importante de su vida, la Organización Popular de Azania (Azapo) convocaba a boicotear la pelea por considerar que los eventos deportivos internacionales servían para limpiar la imagen del gobierno sudafricano. La Azapo se había formado en abril de 1978 para dar continuidad a los postulados del Movimiento de Conciencia Negra (BCM), fundado por Steve Biko y prohibido después de la masacre de Soweto, aunque con un mayor anclaje en los principios del marxismo-leninismo.

Desde el otro extremo del arco ideológico, algunos aseguraban que Mathebula no era sudafricano. ¿Por qué? Su familia era de origen tswana, una etnia asentada en el norte del país y en el sur de Botswana. En 1961, el Gobierno había creado la Autoridad Territorial de Bophuthatswana y el 6 de diciembre de 1977 había otorgado la independencia a este supuesto nuevo Estado (que no obtuvo reconocimiento internacional) y había privado de la ciudadanía sudafricana a la población tswana, incluso a quienes continuaban viviendo en su territorio.

na semana antes de la pelea, la Azapo levantó el boicot, tras negociar con los promotores. La condición fue que antes del combate, además del Himno argentino y del sudafricano, también fuera ejecutada “Nkosi Sikele Afrika” (“Dios salve a África”), una canción compuesta por Enoch Sontonga en 1897, que era un símbolo de la lucha antirracista y que en la década de 1990 pasaría a ser parte del nuevo Himno sudafricano.

‘De Stem’ (el Himno sudafricano) es una canción del hombre blanco, ni siquiera sé la letra. Cantaré ‘Nkosi Sikele Afrika’”, explicó Mathebula, quien aseguró estar orgulloso de que se reprodujera esa composición y hasta se puso de pie e interpretó el primer verso en la última conferencia de prensa previa al enfrentamiento.

Los organizadores habían estimado que la primera pelea por un título mundial que se llevaría a cabo en Soweto convocaría a 60.000 personas en el Orlando Stadium, construido en 1959 para albergar a los Orlando Pirates, el equipo de fútbol del distrito. Pero el 28 de marzo de 1981 hubo poco más de 30.000.

¿Qué pasó? Las entradas más caras valían 130 dólares, más que lo que la mayoría de los habitantes de Soweto ganaba en un mes. Las más baratas, poco más de 9 dólares, más del doble de lo que costaban para un partido de fútbol del campeonato nacional. Además, no muchos blancos estaban dispuestos a asistir. Y las empresas de colectivos se habían negado a sumar servicios adicionales al estadio, alegando que el riesgo era demasiado alto.

Ese día, los púgiles se pesaron al mediodía y subieron al cuadrilátero a las 18, cuando el sol todavía calentaba la tarde en Soweto. Mathebula y miles de compatriotas, con un puño en alto, cantaron “Nkosi Sikele Afrika”. De pie en el ring side escuchó en silencio Piet Koornhof, ministro de Cooperación y Desarrollo del gobierno segregacionista. Pocos asientos lo separaban de Nthato Motlana, un reconocido médico y activista antiapartheid que el 1952 había sido juzgado y condenado junto a Nelson Mandela.

Nada de eso condicionó a Laciar. “Cuando el árbitro nos llamó el centro del ring, miré fijo a Mathebula y él agachó la cabeza. Entonces supe que estaba más cerca. Y apenas arrancó la pelea, me di cuenta de que estaba mejor parado y con mejor predisposición”, recuerda. Después de un comienzo parejo, una derecha en swing de Falucho en el tercer round hizo trastabillar al local. “En ese momento me agrandé, lo llevé por delante y me convencí de que iba a ganar”, explica.

En el quinto episodio, el combustible físico y anímico del campeón parecía agotado. Dos veces cayó en ese asalto y solo la ayuda del árbitro estadounidense Stanley Berg lo salvó: en la primera, llevó la cuenta hasta ocho en cámara lenta; en la segunda, consideró que Mathebula había viajado fuera del cuadrilátero debido a un empujón y no a un golpe.

El retador no pudo ponerle el broche a su labor en el sexto round, que Mathebula atravesó ya sin demasiado convencimiento. En el arranque del séptimo, el sudafricano volvió a visitar el tapiz y arrastró en la caída a su adversario. Berg nuevamente omitió la cuenta y reprendió a ambos púgiles, vaya uno a saber por qué. El griterío de los primeros capítulos se había convertido en un murmullo. El público presentía el desenlace.

Cuando faltaba poco más de un minuto para la campana, una combinación de cinco golpes envió al sudafricano al piso por cuarta vez. La cuenta lerda del árbitro poco pudo hacer esta vez ante la decisión de Mathebula, quien miró a su entrenador, Willie Lock, y sacudió la cabeza. No más. Casi obligado por Tito Lectoure, Berg levantó el brazo izquierdo del nuevo campeón, el décimo (y el más joven) en la historia del boxeo argentino.

Pese a los pronósticos más sombríos, la derrota del local no dio lugar a un estallido ni mucho menos. La multitud la digirió con tristeza, pero con entereza y respeto. “A la salida del estadio, nos trataron espectacularmente bien. Y cuando volvimos, la gente del hotel también fue una fiesta”, enfatiza Laciar.

Esa experiencia inolvidable fue solo la primera en la larga carrera mundialista de Falucho, que incluyó tres títulos en dos categorías y 16 combates con cinturones en juego. Varias veces más peleó y ganó sintiendo fuerte la condición de visitante: entre otros, superó en suelo ajeno al mexicano Juanito Herrera (en plena Guerra de Malvinas), al venezolano Betulio González (“El mejor boxeador de todos los tiempos en la categoría mosca”, lo define el cordobés), al japonés Shuichi Hozumi y al surcoreano Shin Hi-Sup.

Para Mathebula, ya no hubo grandes victorias después de ceder la corona. También en 1981, cayó dos veces en Venezuela ante Betulio González y en agosto de 1983, tres semanas después de haber cumplido 31 años, hizo su última pelea. Murió el 18 de enero de 2020, a los 67 años, y fue despedido como un héroe en el cementerio de Greenhill, donde a su lado fue enterrada su esposa Emma, quien falleció cinco días después que él.

Sudáfrica tuvo que esperar hasta marzo de 1990 para tener otro boxeador negro campeón del mundo: Welcome Ncita conquistó el cetro supergallo de la Federación Internacional de Boxeo, al superar el francés Fabrice Benichou en Tel Aviv. Y tuvo que esperar unos meses más para que empezara a desmembrarse el entramado legal que sostenía el apartheid.

HS