Vivió apresurado sus casi 32 años. Fue campeón del mundo de los mediopesados (AMB) y conoció la gloria y el ocaso en pocos años. Quiso ser corredor de TC pero sólo llegó a ser acompañante y una víctima más de las carreras en rutas.

Por Edgardo Peretti / Diario La Opinión

El 2 de noviembre de 1980 iba a cumplir 32 años. Había nacido en ese día, pero del año 1948, en la localidad de Vedia, provincia de Buenos Aires. El domingo 26 de octubre de 1980 estaba en las adyacencias de la ciudad de 25 de Mayo (Bs. As.), más precisamente caminando a la vera de la ruta, convertida en la ocasión en un circuito semipermanente del Turismo de Carretera, donde se había reunido lo mejor de la que se considera la categoría más popular del país.
Quería combatir el ocio de su precoz jubilación profesional corriendo en autos.

Para ello había iniciado contactos para adquirir la máquina de Antonio Lizeviche, un Dodge considerado del “medio del pelotón” y como parte de esa negociación participaría de la competencia programada para el 26 de octubre de 1980, como acompañante con aquel como piloto.

La carrera no fue propicia para el auto y en un momento la caja de velocidades dijo “basta” y tuvieron que abandonar dejando la máquina a un costado de la ruta emprendiendo el regreso a los boxes a pie, no sin antes dialogar con algunos asistentes (en ese tiempo sólo separados por unas líneas de alambre) y se rechazó el convite de un asado.

Prefirieron seguir al costado de la cinta asfáltica y en ese sitio los encontró la salida descontrolada de otro participante, el auto de Marcial Feijoó, un Falcon con el número 71. Esa imprudencia les costó la vida.

En el contexto global del hecho hay algunas contradicciones, ya que el periodista Carlos Irusta, de “El Gráfico”, destaca la cobertura de la carrera a cargo del colega Néstor Straimel, quien menciona al auto de Lizeviche como “el Chevrolet N° 19”. El deceso de piloto y acompañante fue tan violento como instantáneo. Marcial Feijoó no volvería a correr y falleció el 24 de octubre de 2000.

Se llamaba Víctor Emilio Galíndez. También lo conocían como el “Leopardo”. Había sido campeón del mundo de boxeo en 1974 (versión Asociación Mundial de Boxeo) cuando se consagró en el Luna Park ante Len Hutchins, convirtiéndose en el primer titular ecuménico que obtuvo el cetro en el país, siempre de la mano de Juan Carlos Lectoure.

Su record (BoxRec, mediante) fue de 69 combates, 54 ganados, 9 perdidos, 4 empates y dos sin decisión. Su estatura era de 1,77 m. y se desempeñaba en la categoría mediopesados, cuyo límite por entonces era de 79 kilos, cifra que le costaba en exceso a su físico y a sus (malos) hábitos alimenticios, a lo que se agregaba el desapego al gimnasio y toda una serie de actitudes alejadas de un profesional. Pese a este glosario de defectos hay que decir que el hombre, más allá de la noche, los tragos y todo lo que viene junto, tenía una adicción que nunca pudo abandonar, causante de todos sus problemas: la Coca Cola.

Su carrera a la fama comenzó en 1967 cuando se consagró como Medalla de Plata en los Juegos Panamericanos de Winnipeg (Canadá). Dos años después, en 1969, debutaría como profesional en un tramo de la historia boxística del país donde debía compartir cartel, peleas y terribles combates con colegas de la talla de Avenamar Peralta, Pedro Rimovsky, Juan Aguilar, Raúl Loyola y Jorge “Aconcagua” Ahumada, este último su más notorio rival y amigo. Un caso de pintoresca leyenda, ya que a los dos humildes muchachos los vio pelear el mítico ring del Madison Square Garden de Nueva York. Ganó Galíndez, pero esa noche la estrella fue otro argentino: Carlos Monzón, que vapuleó a Tony Licata.

DIA DE GLORIA

Saltó a la gloria en mayo de 1976 cuando sobrellevó un combate adverso ante el estadounidense Richi Kates, por el título y en Sudáfrica. A poco de comenzar la pelea el argentino sufrió un terrible corte en una ceja y Lectoure tuvo que hacer malabares para que no paren el combate.

Si bien irían a las tarjetas, allí el moreno tenía claras ventajas. El “Leopardo” salió a jugarse la vida y el mundo lo vería batirse con la visión impedida por la sangre; para alivianar esto se limpiaba en la camisa del árbitro, Stanley Cristodoulos, hasta que en el último round ganó por KO con un terrible piñazo. Ese día, en un prostíbulo de EE.UU. habían asesinado a su ídolo Oscar “Ringo” Bonavena.

Quedó la crónica inolvidable y el recuerdo para los que la vimos por TV (blanco y negro): Galíndez campeón en continuidad y al Salón de la Fama, la camisa en el Museo del Box, el juez a la vidriera de los amados por los argentinos y Kates, justamente olvidado, decimos nosotros.
Anunció su retiro en agosto de 1980. Debía operarse del desprendimiento de retina de sus dos ojos. Tantas batallas pasaban factura.

DIA DE DRAMA

No hay demasiadas explicaciones para lo que pasó aquel domingo de TC en 25 de Mayo; agregar riesgo en un deporte de riesgo, es sumar aportes a la tragedia, como una cuestión de aritmética, como una lógica de la que no se puede huir.

Víctor Galíndez, al igual que su amado “Ringo”, era un guapo. Cobraba y daba; recibía y no se quejaba. Porque en el boxeo no hay cobardes; todo el que sube es un valiente, aunque algunos lo tienen más en claro. Porque, estimados lectores, todas las piñas duelen y el que gana también recibe.

Curioso final de los grandes ídolos del box argentino. Salvo Horacio Accavallo, que juntó la guita para llegar cómodo a viejo, y el gran Nicolino Locche, que perdió con el pucho, muchos de los otros terminaron en las páginas policiales.

“Hay que salir en El Gráfico, no en la Así”, dicen que citaba Lectoure, apelando a la publicación deportiva por excelencia y a un semanario “amarillo”, aunque fuese color sepia, el cual -se decía- entregaba sangre al retorcerlo.

Gatica terminó bajo las ruedas de un colectivo. Monzón, en una ignota ruta de la costa santafesina. Bonavena con una bala en el pecho ante la puerta de un kilombo. Galíndez al borde de una ruta. Casi un mismo libreto para un festival de guapos, aunque el “Leopardo” marca una excepción compartida con “Ringo”: vivieron rápido y murieron jóvenes.